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(viene de la edición anterior)
Caminaba por las calles de ese barrio mitológico y cada tantos pasos se detenía para apoyarse en el paredón de alguna casona. No se sentía borracho, es más, veía claramente delante de sí las casas viejas, los árboles enormes, las luces líquidas de la calle, pero a su vez lo ganaba una suerte de laxitud desacostumbrada, se sentía casi como una anguila blanda y sinuosa que necesita apoyarse en el fondo marino para descansar.
Estaba de pie frente a un caserón descascarado adornado con dos falsas columnas planas, de capiteles ya desdibujados por la erosión, y una puerta doble con un aldabón de bronce en forma de calavera. Juan Arriaga se quedó un instante mirando el extraño llamador, y casi le pareció que la calavera le hacía un guiño, en el momento en que sintió una mano en el hombro.
-¿Sí?- dijo girándose de inmediato, y notando con desazón que en ese mismo momento las luces de la calle parecían haber bajado de intensidad y haberse vuelto más amarillentas, como una miel sucia que se deslizaba por los troncos de los grandes plátanos. En la penumbra vio que tenía delante a tres hombres más bien bajos, vestidos de oscuro, y con sombreros de fieltro negro.
-Acompáñenos, por favor- le dijo el mismo que le había apoyado la mano en el hombro, mientras otro abría la puerta del caserón. Inmediatamente entraron a un zaguán y después de atravesar la puerta cancel, a una sala cuadrada, de dimensiones medianas, rematada en una mampara de vidrios de colores. Dentro no cundía el mismo abandono ni desolación que hacía temer la fachada, por el contrario todo parecía limpio, aunque increíblemente viejo. Había un sillón de gobelino de dos cuerpos y tres poltronas con el mismo tapizado, y en medio una mesita ratona con encima una colección de antiguas alcancías de plata. Los inesperados hombres de sombrero lo hicieron sentar en el sillón de dos cuerpos, y cada uno de ellos tomó sitio en las poltronas que lo enfrentaban. Juan Arriaga estaba más sorprendido que atemorizado, y le llamaba la atención que estos individuos no se sacaran el sombrero.
-Ha elegido un camino equivocado, profesor Arriaga- empezó diciendo el hombre de la mano en el hombro. Juan pudo ver sus ojos saltones, brillantes y casi melancólicos, que hacían de dosel a una nariz bastante gruesa y a una boca amplia y desdeñosa.
-Yo en realidad he podido elegir pocas cosas en mi vida, y seguro que me equivoqué la mayor parte de las veces- dijo Juan Arriaga recordando su existencia anterior a la herencia, que había sido pobre y sin demasiadas esperanzas.
-Vamos a tratar de no hacer filosofía ahora, no estamos aquí para eso- rebatió el hombre de los ojos saltones, mientras los otros dos permanecían encerrados en un inmutable silencio. -No nos interesa su vida miserable, al menos hasta el día en que aceptó los términos del testamento de Isabel Pereira.
-Ah, claro- murmuró Juan -me lo imaginaba.
-Comprendemos que consentir esas… digamos, condiciones, era el único modo de salir de la pobreza. No se ofenda, no digo que usted fuera un menesteroso, pero todos sabemos cómo tratan a los docentes los gobiernos argentinos y mendocinos, son menos que nadie; representan, cómo decirle, la carne de cañón de la clase trabajadora. Pero bueno, no le voy a decir lo que usted ya sabe. Y por favor, ahórreme el discurso de la dignidad de la educación y todo eso. No hay dignidad sin una buena paga, ¿no cree? Pero no responda, no vale la pena. La cuestión es que usted debe pensar que esa caterva de delirantes que dicen trabajar por el bien del mundo son gente de bien, que dedica sus fortunas a mejorar la sociedad y a poner las cosas en su lugar, y no lo culpo, la verdad es que son lo más teatral que yo haya conocido. En especial ese Bilbao… y ni hablar de Rubí Morales, qué aparato.
Juan Arriaga reaccionó por primera vez a las palabras del desconocido. No le habían molestado sus consideraciones sobre la educación, la dignidad, ni sobre su propia vida, que conocía demasiado bien. Pero que tratara a Rubí de aparato le pareció demasiado descortés.
-Rubí Morales es una gran mujer- dijo con firmeza.
-Sí, por así decir- sibiló el hombre de los ojos saltones, mientras esbozaba una mueca que tal vez en otra persona hubiera escondido una sonrisa, mientras que en él era más bien un gesto repulsivo.
-En fin -prosiguió. -No somos los malos de la historia, eso se lo queremos dejar bien en claro. Que no estemos de acuerdo con la acción de este grupo de… idealistas, no quiere decir que seamos nosotros los que estamos equivocados. Vemos la realidad de manera diferente, no creemos en esas “acciones salvadoras” de Bilbao y sus amigos; nosotros actuamos de acuerdo con un sistema que ha hecho funcionar a la sociedad humana desde tiempos inmemoriales, y que en definitiva es el que la mantiene en pie. Quisiera saber qué harían sus amigos si tuvieran que manejar el mundo; mejor no saberlo, sería una catástrofe. Somos nosotros los que aseguramos la continuidad de esta maquinaria en que se mueven los seres humanos, y que funciona en todo el planeta. Sin nuestra acción, los alucinados como ustedes ya habrían provocado un caos ingobernable.
-Tal vez haga falta ese caos para reconstruir todo de otra manera- dijo con renovada firmeza Juan Arriaga.
-El caos nunca es productivo, estimado profesor. El universo no nació del caos, sino del ordenamiento de todos los elementos. Sin ese orden, le aseguro que no habría ninguna posibilidad de justicia, al menos la que ustedes consideran justicia, como por ejemplo que todos coman.
-Actualmente no me parece que todos coman, en este país y en muchos otros- agregó Juan.
-En efecto, ¿y ustedes con sus acciones subversivas creen que van a solucionar eso? Por supuesto el sistema comete errores muy grandes, y no podemos asegurar que funcione con estos gobiernos… inadecuados. Pero todo tiene arreglo dentro de ciertas reglas. Nosotros custodiamos esas reglas, y como si esta tarea fuera poca cosa, tenemos que lidiar con una banda de trasnochados conspiradores. Sepa profesor que este orden no va a cambiar, que seguirá en pie siempre, al menos mientras siga en pie la humanidad.
Juan Arriaga usó una voz a la vez irónica triste: -La humanidad está de rodillas.
El hombre de los ojos saltones lo miró fijamente y a Juan Arriaga le pareció que de sus pupilas iba a salir una suerte de anaconda negra.
-Le dije que el sistema comete errores, que tiene defectos y en algunas cosas es necesario ajustar los procedimientos. No sea tan dramático.
En ese momento, por una puerta a la derecha de Juan apareció una mujer flaquísima, con el pelo recogido en un rodete entrecano, y traía una bandeja con cuatro tazas humeantes que colocó ordenadamente sobre la mesita baja, sorteando de manera admirable las cajitas de plata.
-Gracias Josefina- dijo el único hombre que había hablado, y la mujer se escurrió por donde había venido con la bandeja colgando de una mano. -Tome su café profesor. Todos se inclinaron hacia la mesita y tomaron sus tazas, y Juan no pudo dejar de notar que todas las tazas eran negras, excepto la suya, que era roja. El café era amargo, caliente y muy fuerte. Lo último que recordó fue la voz del hombre de la mano en el hombro:
-Si sigue por ese camino las cosas pueden terminar muy mal, profesor Arriaga.
Cuando despertó ya el sol entraba por la mampara. Miró a su alrededor y agradeció que al menos la casa no estuviera en ruinas, como después de la primera noche de la absenta en la casa de Paco. Se puso de pie, estaba entumecido. No había huellas de los hombres de sombrero ni de las tazas. Entró al interior de la casa por donde había aparecido la mujer flaca, recorrió un largo pasillo al que daban varias puertas, atravesó una suerte de comedor de diario, y al final la encontró lavando a mano en una batea de piedra.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












