El programa económico libertario (por llamarlo de alguna manera) hace claramente una elección por la estabilidad de precios, por sobre el crecimiento. La sociedad en las últimas elecciones ha ratificado la elección. Pero esto implica sacrificar las posibilidades de crecimiento.
La estabilidad requiere un dólar estable. que apacigüe inflación. El tipo de cambio es uno de los puntos centrales en la formación de los precios internos¸ asi su control es central para le estabilidad de precios. Pero eso conlleva controles sobre su adquisición, sea para importaciones, turismo, giro de ganancias o para el ahorro. Pero la postergación de la devaluación generó atraso cambiario.
El descubrimiento de A. W: Phillips, la relación inversa entre inflación y desocupación, no fue una elucubración teórica acerca de cómo se relacionan ciertas variables económicas, ni de teorías del comportamiento, sino fruto de la estadística.

Este descubrimiento nos enseña que inflación y desocupación evolucionan de forma inversa: si pretenden disminuir la desocupación tendrán un costo inflacionario, y viceversa. Si el objetivo es bajar la inflación “a toda costa”, es sabido que los indicadores de ocupación empeoraran.
El crecimiento requiere de inversiones, que los extranjeros las traigan, y/o que los nacionales no se las lleven. Nuestro problema es que los nacionales prefieren la fuga, no la inversión, y los extranjeros no vienen porque no pueden transferir sus ganancias por el “cepo”.
El gobierno decidió desoír los consejos de acumular reservas para pagar los vencimientos de la deuda (de Washington y el FMI), porque comprar dolares haría aumentar su precio, y con ello la inflación. Está apostando a nuevos préstamos para pagar los viejos; lo que no es sustentable por mucho más, y economistas de muy diversos pensamientos lo vienen advirtiendo.
Profundizando la heterogeneidad estructural
La economía argentina exhibe una dinámica profundamente heterogénea, con sectores que consolidan ganancias y otros que continúan en retroceso. Esto se manifiesta en los niveles de actividad, de empleo y del salario real.
La actividad económica permanece estancada desde febrero. Los sectores “ganadores” -agro, energía, minería e intermediación financiera- operan un 11 % por encima del nivel de noviembre de 2023. En cambio, los sectores “perdedores” -construcción, industria y otros servicios- se ubican un 9 % por debajo.
El problema es que comercio (20,1 %), industria (18,5 %); transporte (8,2 %); construcción (6,1 %) y restaurantes y hoteles (4,5 %), los perdedores, generan 6 de cada 10 empleos; y a todos les va muy mal.
La crisis del sector industrial esta acelerándose. Whirlpool, que tenía el proyecto de exportar electrodomésticos, cesa actividades despidiendo los últimos 200 trabajadores. General Motors redujo su personal y pasó de 1000 a 600. Kimberly-Clark (Huggies y Kleenex) cerró su planta de Pilar, Dánica cerró su planta en Llavallol.
Muy diversas industrias cierran o reducen personal: Color Living (muebles), Granja Tres Arroyos clausuró su planta de Entre Ríos; cierran TN Platex (textil), cerámicos Ilva, Cramaco (generadores y alternadores eléctricos), la textil Luxo, paneles solares Solartec y calzados Vulcar. La Suipachense se declaró en quiebra, la autopartista Corven, Nike y Adidas, despiden empleados. Frávega cierra locales.
En el sector pymes la situación es aún peor, aunque no goza de la misma publicidad. Por ejemplo, la Cámara de Industriales Panaderos informó que desde fines de 2023 cerraron 1.800 panaderías y se perdieron entre 11.000 y 15.000 puestos de trabajo. Consultores especializados estiman que se están perdiendo cerca de 10.000 empleos privados mensuales en 2025.
El INDEC recalculó al alza la estimación de actividad económica (EMAE) de dos meses previos (julio y agosto); y para septiembre dibujó una mejora, evitando así la recesión técnica: 3 caídas consecutivas. Además septiembre se explica principalmente por el sector Intermediación Financiera. Por ello Marco Lavagna está acusado de adulterar las estadísticas.
Para los bancos el tercer trimestre fue recesivo. Los informes Santander y BBVA lo afirman.
“Las perspectivas de crecimiento económico se han deteriorado en el tercer trimestre”, advirtió BBVA.
“La situación es más complicada de lo que pensábamos”, dijo Santander.
La UIA señaló que la actividad industrial acumulada permaneció estancada y se ubicó en niveles similares a los del cuarto trimestre de 2024 y aproximadamente 10 % por debajo de 2022 y 2023.
Se posterga el crecimiento para obtener estabilidad de precios, al punto de llevarnos a la recesión. Pese a ello se estima que la inflación anual 2025 será de 41 %, un 3 % mensual como en los últimos meses. Inflación de 1 dígito (menor al 10 %) sería estabilidad, objetivo aún lejano.
¿Y si dolarizáramos?
Se piensa en la dolarización como la “solución final” a los problemas inflacionarios. Se mira la necesidad de moneda internacional (dólares, o los yuanes del swap chino) como una existencia, un stock. Esto es un grave error conceptual, porque esta necesidad es un flujo: todos los años necesitamos X dólares para cubrir el comercio externo, las ganancias de las multis, los viajes al exterior, el ahorro interno (en dólares) y los vencimientos de deuda externa. Lo que se necesita no es una cantidad (un stock) sino un flujo, un monto periódico (anual, mensual).
Muchos (incluyendo reconocidos economistas) hacen una cuenta de stock, incluyendo la cuentita de la convertibilidad (con X dólares compro todos los pesos), sin contar que después se necesitará un superávit externo permanente. Lo que debe estimarse es un tipo de cambio que permita obtener un superávit o que elimine demandas (dólar caro mata viaje a disneylandia).
Y si dolarizáramos: ¿qué precio tendrían los bienes y servicios, o los salarios? Y si a ese precio no son competitivos ¿qué hacemos? Devaluar ya no se puede. Que los precios disminuyan, una deflación, es solo posible con una profunda contracción económica. Es lo padecido a fines de la convertibilidad (de 1997 a 2001), pero más pronunciado.
Los irresponsables que plantean la dolarización solo ven que podrían fugar más fácil, no la trampa que se le impondrían a la economía nacional.
Restricción externa
Obtener divisas legitimas para las reservas supone ciertos superávits. Pero los balances externos son desfavorables
La desindustrialización, que fomenta un déficit en la balanza comercial como en la década de 1990.
En el turismo sucede otro tanto: los ingresos caen un 5,9 % en octubre, mientras los egresos crecieron un 10,8 %.
La imposibilidad de girar dividendos (por el cepo) explica los retiros de las multinacionales
Incluso las reservas netas han caído de U$S -11.000 de Masa a U$S -16.000 hoy.
Estos elementos tienden a profundizar condiciones estructurales de la economía argentina, la estructura productiva desequilibrada y la restricción externa. Estos generan fenómenos no deseables, como la inflación, que se proyecta en un 41 % anual.
El gobierno sueña con volver a los mercados internacionales para refinanciar deuda, pero eso exige una seria baja en el riesgo país, contradictoria con pedir más deuda.
El Banco Central debió usar encajes para cubrir el vencimiento de más de USD 1.000 millones. El anunciado próximo salvataje, de unos U$S 5.000 millones, solo alcanza para enero.

El programa no es sustentable. Sólo lo salva el apoyo político externo: primero, del FMI, luego del tesoro de EE. UU., pero los rescates duran cada vez menos. ¿Y después? Cuando no llegue el salvataje habrá impago y probablemente una brusca devaluación.
El gobierno estadounidense exige, además de las “reformas estructurales” (laboral, tributaria y previsional), una apertura política y el fin de las agresiones verbales. Términos como “mandriles” o “ensobrados” desaparecieron, pero, ni Karina ni Adorni aportan a la apertura reclamada.
Ya en recesión, sin alcanzar la estabilidad de precios, y haciendo malabarismos para superar el próximo vencimiento de deuda externa, la Argentina está con escasas probabilidades de terminar bien.

Columnista invitado
Hugo Castro
Licenciado en Economía en la Universidad de Buenos Aires (UBA) en 1993. Trabaja en la Cámara de Diputados del Congreso de la Nación desde 2004 como asesor en temas económicos del Frente de Todos. Especializado en el rol del Estado en la economía, finanzas públicas y análisis presupuestario. Participa en la evaluación de diversos proyectos de inversión. Además, ejerce la docencia universitaria en la UBA desde los años ’90













