La biología nos enseña que la vida es una cuestión de posibilidades y no implica esto que haya una sola posibilidad de que ocurran las cosas, pero sí que no todas las posibilidades que se den tengan continuidad. La conclusión más importante en torno a la evolución no es la sobrevivencia del más fuerte sino del que logra adaptarse, así las múltiples formas de vida que han logrado prosperar lo han hecho porque lograron adaptarse a los contextos que la realidad objetiva les ofrecía, las que no lo lograron, se extinguieron.
De manera análoga ha ocurrido lo propio con las distintas civilizaciones y culturas a través de la historia. En el análisis contextual de la evolución socioeconómica de estas civilizaciones su historia no ha escapado a las condiciones básicas de la vida; comer, que tiene que ver con su modalidad económica de proveer recursos; no ser comido por depredadores, dicho esto desde lo objetivo y lo simbólico por las agresiones de otras civilizaciones o grupos socioculturales; lo demográfico en cuanto a capacidad reproductiva y la gestión de la pertenencia al propio grupo y, por supuesto, la manera en que se constituyó en cada caso el ejercicio del poder. Llegado al punto del poder es necesario hacer mención a su ontogenia; nótese o no, el poder nace del miedo. A mayor inseguridad mayor necesidad de control; si temo al hambre buscaré acumular alimentos, si temo ser atacado necesitaré armas, armaduras y gente armada que me proteja, si temo ser engañado ejerzo control, si temo que mi palabra sea contradicha manipulo la información para que mi versión de la realidad sea hegemónica.
Si bien han sido muchos los imperios a lo largo de la historia, el Imperio Romano es aparentemente el modelo tomado por los imperios anglosajones, tanto el británico, como por su heredero después de la segunda guerra mundial, el norteamericano; desde los símbolos en adelante, como las águilas ostentadas en sus emblemas, a su modelo económico de rapiña sobre los países o territorios dominados, hasta la sugerencia de una pax romana, nunca lograda, si todos hubiésemos sido obedientes.

Según las necesidades económicas del imperio en cuestión y cumpliendo el objetivo del control social para mantener el poder se produjeron cambios en las matrices productivas, en las estructuras políticas y militares y también y fundamentalmente en el manejo de la subjetividad social, o sea en la creación de lo que se considera como sentido común, que no es otra cosa que la realidad relatada según la mirada, y los intereses, del poder.
Así, el cambio político más importante del imperio romano después de convertirse formalmente en imperio con Augusto, como resultado del asesinato de Julio César, fue la tetrarquía implantada por Diocleciano hacia fines del siglo III. Ante un imperio que por su tamaño era muy difícil de controlar, decidió dividirlo en dos y quedaron por un lado el imperio romano de occidente, con capital en Roma y por otro el imperio romano de oriente con capital en Bizancio, posteriormente Constantinopla y hoy Estambul. También, según la tradición de la república de a.C, que en situaciones difíciles era gobernada por dos cónsules con mandato temporario, nombró dos Césares y dos Augustos; un César y un Augusto para cada imperio, por eso la tetrarquía. Este experimento duró poco y en un par de décadas el poder quedó centralizado en Constantino que se movió entre las actuales Italia y Turquía.
El cambio económico que representó un cambio de la matriz productiva fue la implantación del “colonato”, instituto jurídico, económico, por parte de Diocleciano en principio y continuado por Constantino. Ante la baja eficiencia de producir en latifundios con mano de obra esclava se dividió la tierra en colonias a cargo de un dueño, con presencia militar, que no era propietario solo de la tierra sino también de los que la habitaban, ya que estos estaban atados a ella; parte de lo que producían era para ellos y el resto para el señor. La única forma de liberarse de la servidumbre por parte de los hombres era integrarse a los ejércitos del imperio. Los impuestos que pagaban los “señores” en dinero o en producción sostenían el imperio. Esto fue el germen económico y social del feudalismo europeo luego de la caída del imperio romano de occidente.
El modelo colonial se reprodujo en América, Asia y África, como colonias, semicolonias o neocolonias hasta la actualidad, según que la extracción de riquezas fuera a través de vasallaje o “protectorados”, propiedad de empresas o a través de “préstamos” y constitución de deudas que permitían condicionar la economía de estos países dependientes.
Una de las maneras con las que el poder históricamente manejó la subjetividad social fue a través de las creencias religiosas, por eso todos los estados antiguos hasta la revolución francesa fueron teocracias. Esto resultó particularmente claro para Constantino. Vio como Diocleciano desató la segunda gran persecución de los cristianos después de Nerón sin éxito. Diocleciano persiguió, mató y confiscó bienes pero fracasó en su intento de hacer desaparecer esa religión que no paraba de crecer. Se calcula que la ciudad de Roma tenía en el 150 entre 30.000 y 40.000 cristianos, la proyección al imperio podía estar en 200.000 o 300.000, pero hacia el año 300 los cristianos eran más de 6 millones. En el proceso de reunificar el poder luego del fracaso de la tetrarquía, Constantino advirtió que ante el crecimiento del cristianismo este podía servir para unificar la subjetividad del imperio en una religión única, y esto era poder. Organizó entonces el concilio de Nicea y puso a la jerarquía eclesiástica cristiana a su lado y haciendo gala de una gran inteligencia sincrética tomó del cristianismo, pacifista, opuesto al homicidio, cuestionador de la propiedad y la riqueza, sólo su creencia en un único dios, uno y trino. Aprovechó las diferencias con el arrianismo, una de las primeras “herejías”, léase disidencias entre cristianos, y este, como consecuencia del concilio, no sólo fue anatemizado sino que se decidió que quien lo sostuviera sería decapitado; logró mezclarlo con la ética romana, al disidente se lo reprime, inclusive hasta la muerte; el poder se constituye como sujeto único, el resto son objetos que deben acatar.
Hizo al cristianismo parte del poder, en unos años llegaría a ser religión oficial del imperio, incrementó su propio poder garantizando el manejo de la subjetividad social, el sentido común.
Hoy también estamos ante un cambio de paradigma económico y social que incluye un cambio de la matriz productiva global. Si bien se inició con el neoliberalismo y la financiarización de la economía, en donde la riqueza se obtiene a través del dinero que produce más dinero y no por la producción, teniendo como consecuencia el mayor proceso de acumulación capitalista de la historia, la evolución tecnológica ha desplazado el poder a las corporaciones, un proceso que recuerda a la caída del imperio romano y la entronización del feudalismo europeo. Al decir del brillante ensayo de Yanis Varoufakys, el tecno feudalismo. Hoy los estados retroceden y las corporaciones avanzan o inclusive los estados son los mercenarios de las corporaciones, los que administran la violencia contra la población en defensa de los intereses de ellas, posiblemente el primero sea el imperio en decadencia.
La cibertecnología ya no supone, simplemente, que existan máquinas que fabriquen máquinas, eso lo venimos viendo con la robotización industrial. Hoy con la IA se puede eliminar toda actividad humana en muchas áreas y esto crece exponencialmente.
¿Cabe ahora la pregunta? ¿Si nosotros como trabajadores tenemos la posibilidad de ser eliminados de la ecuación, lo que nos daría una supervivencia incierta, tenemos algo que decir?
Uno de los posibles análisis de la vida, este fenómeno maravilloso del cual pretendemos ser protagonistas, puede invitarnos a visitar la neurociencia que viene dando sustento, o no, al pensamiento filosófico que los humanos hemos acumulado a través de la historia.
Hablemos del deseo, posiblemente el motor fundamental de la conducta. Tenemos deseos, algunos básicos, como comer y reproducirnos, y otros complejos, derivados de los básicos; el tema es que entre la aparición del deseo y su concreción o su frustración transcurre el tiempo, la vida, tener tiempo es estar vivo. Qué hacemos con nuestro tiempo implica decidir cómo organizamos nuestra vida. Sí somos capaces de decidir sobre ella la estamos ejerciendo, hay en nuestra conducta presencia de voluntad; posiblemente la voluntad no sea otra cosa que el compromiso con el deseo.
Cuando estamos privados de libertad, y no solo las cárceles nos privan de libertad, sino toda circunstancia en que nuestra voluntad no pueda ejercerse, podemos decir que la vida simplemente nos ocurre, no somos dueños de nuestro tiempo.
El tecno feudalismo avanza sobre nuestra subjetividad a través de los teléfonos celulares, con el uso de las redes sociales y también con la IA; los algoritmos leen, no lo que pensamos sino lo que sentimos a través de nuestras preferencias y la inteligencia artificial a la vez que nos informa nos dirige.
Los nuevos amos tecnológicos piensan un mundo con muchos millones de personas menos. ¿Cómo hacer para que vayamos silenciosos y confiados al matadero? Si bien los estados son los gendarmes del mundo, y como dijimos fungen como mercenarios de los tecnólogos, el manejo de la subjetividad y la anulación de la voluntad de la población son fundamentales para el manejo de las grandes mayorías por parte del poder. El primer requisito es lograr desarmar lo colectivo, evitar la solidaridad e impedir la organización de las masas y debilitar las organizaciones existentes. Esto se logra a través del discurso meritocrático que desarma la imagen del semejante para cambiarla por la del competidor, práctica ya ejercida por los “campeones de la democracia liberal y el teórico mundo libre” desde hace décadas, siendo EEUU uno de los países con menos leyes sociales del mundo; pero hay ahora un salto de calidad en el manejo. A través de las redes sociales sociales se produce una sobre exposición de estímulos en donde todo es breve e instantáneo, la vida pasa a ser un circuito corto de estímulo respuesta que excluye la posibilidad de reflexión, la lectura extensa e inclusive el vínculo cara a cara, esa otredad que confirma la mismidad, que crea y refuerza el sentido de pertenencia; a esto le llamamos la “colonización del tiempo”, se suma a la manipulación del deseo constituida por la sociedad de consumo, una práctica adictiva.
Hay quienes dicen o temen que las nuevas generaciones sean menos inteligentes que sus padres y por ende imposibilitados de acceder al pensamiento crítico, el único que nos permite cuestionar nuestras propias creencias, revisar no solo nuestro pensamiento sino la manera de pensar y sentir, revisar aquello que la creación de sentido común generada por los que dominan nos han naturalizado. Esto puede o no ser cierto lo que sí puede decirse, recordando a Heidegger, que decía que hay dos clases de personas: las que piensan y las que son pensadas por otro, que ojalá podamos ser parte de los que piensan.
En síntesis: el capitalismo es una máquina que no para, si lo hace muere. No agota su tarea en la producción sino que necesita de la acumulación, no sólo estimuló el consumo pariendo una realidad de consumo totalmente adictiva, sino que ocupó el tiempo como si fuera un territorio a ocupar; lo que vivimos con la tecnología informática, hasta ahora el summun, ha cambiado el paradigma cultural cotidiano, no hay lectura ni reflexión, sólo estímulos constantes y mensajes predigeridos sobre qué es la realidad. El mayor logro de las clases dominantes posiblemente no ha sido establecer límites sino vender la ilusión de que los límites han sido borrados y la teledirección está en manos de los tecnólogos, los nuevos dioses, el Olimpo cibernético.

Columnista invitado
Daniel Pina
Militante. Ex-preso político. Médico especialista en Terapia Intensiva. Jefe de Terapia Intensiva del Hospital Milstein. Psicoterapeuta dedicado al tratamiento de Trastornos post- traumáticos.













