Un día se me ocurrió visitar las casas de Santa Teresa.
No las de ladrillo.
Las otras.

Las de adentro.
Esas moradas que ella fue nombrando como quien camina por una casa inmensa, llena de puertas, de silencios, de luces que no entran por la ventana y de habitaciones donde el alma se va descalzando poco a poco.
Yo había oído hablar muchas veces de esas mansiones interiores. Y como siempre tuve cierta curiosidad por las casas raras, por las casas que no se ven desde la calle, me dije: habrá que entrar.
Entré como pude.
No con mérito.
Con curiosidad.
Con respeto también, claro, porque Santa Teresa no era mujer para andar haciéndole turismo espiritual sin sacarse antes un poco el barro de los zapatos.
Pero confieso algo.
No todas esas mansiones me gustaron como destino final de mi alma.
Me parecieron hermosas, sí.
Altísimas.
Llenas de oración, de recogimiento, de esa intimidad con Dios que a veces uno desea y a veces le da un poco de vértigo.
Porque una cosa es rezar, y otra muy distinta es quedarse a vivir para siempre en una habitación demasiado silenciosa.
A mí me gusta la oración, no lo niego.
Pero tampoco es cuestión de exagerar.
Yo siempre sospeché que rezar no era solamente juntar las manos y cerrar los ojos. Eso también, claro. Pero no solamente eso.
Rezar, para mí, fue muchas veces hacer bien lo que había que hacer.
Ajustar una letra en su sitio.
Preparar una mesa.
Escuchar a alguien sin mirar el reloj.
Decir una palabra bella cuando la vida venía fea.
Hacer una caricia donde antes había tensión.
Escribir una frase con cuidado, no para lucirse, sino para que algo verdadero encuentre cuerpo.
Con los años fui entendiendo que la oración también puede tener olor a tinta, a pan, a madera, a sopa caliente, a cuerpo cansado que por fin descansa.
Y ahí empecé a afilar el lápiz.
No para explicar a Dios, que sería una imprudencia.
Sino para escribir esas intuiciones que me visitaban sin pedir permiso. Pensamientos raros, sí. Pero reales. Tan reales como una mano sobre el hombro. Tan reales como una certeza que llega sin ruido y se sienta.
Una tarde, no sé si pensando, rezando o simplemente dejando que el alma caminara sola por sus pasillos, me cayó una ficha extraña.
Si todo lo creado por Dios es bueno, me dije, entonces Dios no pudo haber creado un lugar llamado infierno como quien construye una cárcel al final del camino.
No me cerraba.
No me cerraba un Dios Amor absoluto fabricando un sótano eterno para guardar allí a sus hijos perdidos.
No digo que no exista el mal.
El mal existe.
Lo he visto.
Lo he olido.
Lo he sufrido.
Sé que hay sombras capaces de romper una vida, sé que hay decisiones que enfrían el corazón, sé que hay crueldades que no se pueden decorar con palabras lindas.
Pero una cosa es el mal que nace de la libertad herida, torcida o cerrada, y otra cosa es imaginar a Dios levantando con sus propias manos una casa para el espanto.
Ahí fue cuando sentí algo parecido a una lluvia de certezas.
No una doctrina.
No una clase.
Una lluvia.
Como si desde alguna parte cayeran gotas de luz sobre pensamientos que yo tenía secos.
Entonces volví a Santa Teresa.
Quizá, pensé, lo que ella quería decir, si es que yo la entendí un poquito y no la estoy haciendo responsable de mis alucinaciones, era que hay un lugar del alma muy cerca de Dios.
Un lugar donde el Amor ya no se mira desde lejos.
Un lugar donde la belleza, el bien, el arte, la plenitud y el gozo no son adornos, sino clima.
Como una fiesta que no se acaba.
No una fiesta de ruido.
Una fiesta de sentido.
Una mesa larga.
Una música sin dueño.
Una luz que no enceguece.
Un encuentro de almas que, después de mucho caminar, reconocen por fin la casa.
Y entonces me hice otra pregunta.
Si la vida es una invitación a esa fiesta grande, ¿qué pasa con los invitados que dijeron que no?
Porque siempre se ha dicho, de una manera u otra, que cada nacimiento trae una invitación.
No sé si la traen los ángeles, las cigüeñas, las abuelas rezadoras o el mismo Dios escondido en el primer llanto.
Pero algo llega con cada vida.

Una especie de sobre invisible.
Una entrada.
Un “vení”.
Nacer sería eso: recibir una invitación antes de saber leerla.
Después uno vive.
Se equivoca.
Ama.
Hiere.
Repara.
Rechaza.
Acepta.
Se abre.
Se cierra.
Y al final, quizá, se ve si aquella invitación fue guardada, olvidada, rota o aceptada.
Entonces volví a preguntarme: ¿y los que no aceptan?
¿Dónde están?
Si Dios no fabrica infiernos, ¿dónde va el que se niega para siempre a la fiesta del Amor?
Una gota de aquella lluvia me corrió por la cabeza y me mojó los ojos.
Y vi lo que no se ve.
Algunos lo llamarán nada.
Otros ausencia.
Otros oscuridad.
Otros noche.
Yo no sé cómo llamarlo.
Pero sentí que no era un lugar.
Era más bien una pérdida.
Una vida que se fue quedando sin respuesta.
Un corazón que dijo tantas veces no, que al final ya no supo escuchar el sí.
No un castigo inventado por Dios.
Más bien la tristeza inmensa de quedarse fuera de la fiesta teniendo la invitación en la mano.
Y entonces entendí de otra manera aquello de que somos polvo y al polvo volvemos.
No como desprecio del cuerpo.
No como amenaza.
Sino como advertencia humilde.
Somos barro sostenido por un soplo.
Si rechazamos el soplo, queda el barro.
Si rechazamos la vida que nos llama, queda el polvo.
Si rechazamos el Amor, no hace falta que nadie nos eche de la casa: uno mismo se va volviendo intemperie.
Y ahí me cayó otra ficha.
Esta fue grande.
La vi casi como se ven las cosas en los sueños verdaderos: el Jordán, el cielo abierto, una pila bautismal, y yo, pequeño otra vez, sin títulos, sin obras, sin explicaciones, sostenido por unas manos que no eran solamente humanas.
Y entendí, o creí entender, que en el bautismo no se entrega un premio.
Se reserva una entrada.
No porque los demás queden despreciados.
No porque Dios se vuelva empleado de taquilla.
Sino porque allí alguien dice por nosotros, cuando todavía no sabemos decir nada:
Este niño pertenece a la fiesta.
Esta vida queda marcada para la Vida.
Esta criatura no nace para la nada.
Nace invitada.
Después habrá que vivir.
Habrá que responder.
Habrá que aceptar, rechazar, volver, caerse, levantarse, aprender a amar, aprender a pedir perdón, aprender a no romper la invitación en un arrebato de soberbia.
Pero la entrada fue puesta en la mano.
El agua la selló.
El cielo, aunque uno no lo viera, se abrió un poco.
Desde entonces miro la vida de otra manera.
No como una carrera para ganar el cielo.
Más bien como el camino de alguien que ya fue invitado y todavía está aprendiendo a vestirse para la fiesta.
A veces con oración.
A veces con trabajo.
A veces con belleza.
A veces con una palabra limpia.
A veces con una mano tendida.
A veces, simplemente, no diciendo que no cuando el Amor llama.
Porque quizá la salvación sea eso.
Aceptar la invitación.
Entrar.
Sentarse.

Reconocer que la mesa era más grande de lo que pensábamos.
Y descubrir, al final, que Dios no estaba esperando para cobrarnos la entrada.
Estaba esperando para abrazarnos en la puerta.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













