Carta abierta a los que llevan el gremialismo en la sangre.
A mis compañeros de la Comisión Gremial Interna del Banco de Previsión Social.
A Pablo Marín, compañero bancario desaparecido.
Y a tantos trabajadores que no volvieron, pero siguen presentes cada vez que alguien defiende la dignidad de los suyos.
Hay cosas que uno no aprende en los libros, aunque después los libros ayuden a ponerles nombre.
Yo aprendí algunas de las más importantes a los dieciocho años, cuando la vida todavía me quedaba grande, las manos se me llenaban de grasa y el alma empezaba a despertarse debajo de la camisa.

Después vendrían otras trincheras más oscuras.
Vendría el miedo organizado desde arriba. Vendría el D2. Vendría el ruido de un ascensor bajando a los tumbos y una voz llamándome Marucho como si esa falsa familiaridad pudiera domesticarme el alma.
Pero esta historia empieza antes.
Empieza allí donde uno descubre que el salario no es una cifra escrita en un recibo.
Es el pan llegando a la mesa del compañero. Es el guardapolvo del hijo que empieza la escuela. Es el remedio de la abuela que no puede esperar. Es la olla humilde, el alquiler pagado con angustia, el zapato nuevo comprado después de muchas vueltas frente a la vidriera.
El salario tenía olor a casa.
Y por eso era sagrado.
En la trinchera aprendí también que organizar no es juntar firmas ni llenar papeles, aunque a veces haya que hacerlo.
Organizar es escuchar.
Escuchar el temblor en la voz del trabajador que tiene miedo. Escuchar la rabia del que aguantó demasiado. Escuchar el silencio del compañero que no sabe cómo defenderse solo.
Organizar es convertir la soledad en ronda.
La queja en propuesta.
El cansancio en palabra compartida.
La desconfianza en mesa común.
Años después, en otro fondo más oscuro de la vida, entendí que también el miedo necesita organizarse para no devorarnos. Abajo, en el D2, los presos anónimos se pasaban saberes mínimos como quien pasa una brasa entre las manos. Una advertencia, una palabra, una forma de resistir el espanto. Eso también era comunidad. Eso también era humanidad organizada en voz baja.
Con el tiempo comprendí que un dirigente no es un pedestal.
Es un puente.
Y un puente no se mira a sí mismo. Sirve para que otros pasen. Para que el miedo cruce. Para que la esperanza llegue al otro lado, aunque venga con los zapatos embarrados.
Si las bases no te sienten suyo, no sos dirigente. Sos apenas una voz sin pueblo.
La honestidad tampoco se negocia.
El poder rara vez compra de golpe. Primero se acerca con una palmada. Después ofrece una comodidad. Más tarde pide silencio. Y cuando uno quiere darse cuenta, puede estar demasiado lejos de aquellos que confiaron en él.
Por eso hay que cuidar el alma.
Cuidar la firma.
Cuidar la palabra dada.
Cuidar la mesa donde se sientan los compañeros.
Yo prefiero mil veces el mate amargo en una mesa sencilla, con papeles desordenados y olor a madrugada, antes que cualquier copa brillante servida lejos de los que esperan justicia.
Porque firmar a espaldas de los trabajadores no es una picardía.
Es romper una confianza.
Y la confianza obrera, cuando se rompe, no se arregla con discursos.
La vocación gremial no es un discurso encendido.
Es levantarse antes que el barrio. Es conocer el frío del galpón, el cansancio de la oficina, el viaje largo en colectivo, los hijos dormidos cuando uno sale y dormidos cuando uno vuelve.
Es aprender leyes no para trepar, sino para defender mejor al que no tuvo oportunidad de estudiarlas.
Es leer un convenio sabiendo que detrás de cada artículo puede haber una vida más protegida.
Ahí me acuerdo de Llorens.
De su manera de entender la justicia no como adorno, sino como pan compartido, barrio organizado, dignidad de pie.
El gremialismo que no estudia repite derrotas.
Pero el gremialismo que solo estudia y no camina con los suyos termina oliendo a oficina cerrada.
Hace falta ese equilibrio sagrado:
cabeza lúcida y corazón caliente.
Argumento y abrazo.
Acta y calle.
Pensamiento y pueblo.
Porque detrás de un luchador, aunque muchos no lo sepan, suele haber un poeta.
Un poeta sin escritorio limpio.
Un poeta con olor a colectivo temprano, a café recalentado, a recibo de sueldo doblado en el bolsillo.
Un poeta que no escribe versos en servilletas perfumadas, sino en actas, reclamos, convenios, esperas, asambleas y silencios compartidos.
Un poeta que sabe que una mejora pequeña puede rimar con la vida entera de una familia.
También aprendí que a quien defiende derechos muchas veces lo nombran mal.
Le dirán molesto.
Exagerado.
Conflictivo.
Como si la paz consistiera en que nadie reclame.
Como si el orden fuera que algunos decidan y otros callen.
Pero no hay que buscar el enfrentamiento por orgullo, ni enamorarse de la pelea. La verdadera fuerza no está en gritar más fuerte, sino en sostener con claridad lo justo.
Con firmeza.
Con inteligencia.
Con unidad.
Con memoria.
Y aquí no puedo seguir sin que se acerquen los nombres.
No vienen como consigna.
Vienen como rostros.
Algunos fueron compañeros de banco.
Otros, trabajadores de oficios distintos.
Todos dejaron una silla vacía y una obligación moral: no vender con comodidad lo que otros defendieron con la vida.
Cada vez que un dirigente se sienta a negociar, debería sentir detrás de su espalda esa presencia.
No para endurecerse.
No para volverse ciego.
Sino para recordar que hay acuerdos que protegen y acuerdos que lastiman.
Que hay prudencias nobles y prudencias cobardes.
Que la memoria de los compañeros no puede usarse como adorno, sino como conciencia.
Porque hay presencias que no ocupan una silla y, sin embargo, ordenan la mesa.
Me pasó una vez, en el D2, cuando empecé a rezar el Padre Nuestro no por mí, sino por un chileno al que estaban golpeando. No sé si el rezo los detuvo. No sé si fue milagro, cansancio o misterio. Pero algo pasó.
Y desde entonces sé que la memoria de los que sufren puede detener, aunque sea por un instante, la mano que lastima.
También puede detener una traición.
También puede enderezar una firma.
También puede recordarle a un dirigente que no está solo en una mesa de negociación: detrás de él están los que confiaron, los que esperan y los que ya no pueden hablar.
La liberación no es una palabra bonita.
Es un techo sin goteras.
Una escuela pública con libros.
Una jubilación que no humille.
Una obra social que atienda.
Un contrato que proteja.
Una mujer de limpieza que vuelva a su casa sabiendo que su delegado no la vendió.
Un joven trabajador que empieza frágil e inseguro, y necesita saber que alguien estará de su lado.
La vocación se prueba cuando nadie mira.
Cuando uno revisa actas.
Prepara una asamblea.
Contesta una llamada.
Acompaña un despido.
Escucha a un compañero que se viene abajo.
Ahí conviene preguntarse:
¿Reconozco todavía al muchacho de dieciocho años que fui?
¿Sigo teniendo las manos cerca del pueblo?
¿O me fui acostumbrando demasiado a la comodidad del cargo?
Porque el cargo pasa.
La firma pasa.
La foto en el diario pasa.
Los congresos pasan.
Lo que no pasa es la mirada del compañero cuando descubre si fuiste leal o no.
Esa mirada queda.
Como una sentencia.
Como una bendición.
Como una brasa.
Por eso, cuando llegue la hora de dejar cualquier responsabilidad, no busques primero recortes de prensa ni aplausos de salón.
Parate frente a tres testigos.
El joven que empieza ahora, tan frágil como vos a los dieciocho años.
La mujer que limpia oficinas ajenas y confía en que su delegado no se vende.
Y los compañeros que faltan, los trabajadores que fueron voz cuando todo era silencio.
Si podés mirarlos a los ojos sin bajar la cabeza, algo habrás hecho bien.
Si un viejo trabajador te llama compañero sin dudar, algo habrás salvado.
Si alguien bajo la lluvia te abraza sin palabras, algo de la causa habrá pasado por tus manos sin pudrirse.
Y entonces, solo entonces, podrás decirlo sin soberbia, casi en voz baja:
fui sindicalista.
No perfecto.
No puro.
No dueño de ninguna bandera.
Pero estuve donde había que estar.
Y cuando llegó la hora de elegir entre la comodidad del silencio y la responsabilidad de defender a los míos, elegí no apartarme.
Porque en aquella trinchera de papeles arrugados, mates lavados, manos duras y corazones despiertos, aprendí que la dignidad de un trabajador no se mendiga.
Se cuida.
Se organiza.
Se estudia.
Se abraza.
Y se defiende de pie.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













