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Quisiera ser como la chica de los reels.
Quisiera ser la chica de los reels.
Quisiera ser Giulia.
Es rubia, tiene unos ojos azules como el cielo, y una piel de durazno lisa y suave. La miro todos los días, y muchas veces en el mismo día también. Es mi ideal de belleza. Habla de cosmética, de perfumes, de indumentaria, en fin, de todo lo que hay que saber para ser una chica a la moda, para ser admirada y aceptada en todos los grupos, para conquistar y resplandecer donde sea. Claro, ella lo puede hacer, es tan hermosa.
Algunos de sus reels me los sé de memoria, cada palabra, cada movimiento de su boca, siempre fresca y brillante. He tratado de copiar sus ademanes, la manera que tiene de mirar, con los ojos bien abiertos, pero entornándolos cuando termina las frases; la modulación de la erre, tan particular que se la he escuchado sólo a ella, y le da un encanto increíble. Como si le hiciera falta algo más para ser perfecta. Y ese pelo, imposible de imitar, dorado como el oro, lacio y pesado, que se mueve al compás de sus gestos como si fuera de seda.
Se llama Giulia. Claro, no Mónica, ni Yanina, ni Paola. Giulia. Suena tan bien. Cómo quisiera ser ella.
Mi amiga Sabri me trató de estúpida cuando le conté que yo quería ser como Giulia. Claro, como Giulia, no le dije que en realidad quisiera ser ella. Sabri me dijo que si yo era tonta, que no me daba cuenta de que Giulia estaba hecha con inteligencia artificial. No le contesté más los mensajes a la Sabri. Creo que la voy a bloquear. Ella no entiende que un ser tan perfecto como Giulia existe. Existe en el paraíso donde debe vivir, con pileta de natación, una pieza así de grande sólo para ella (a veces la muestra en los reels), en una casa de dos pisos con escaleras blancas y algún perro de ésos finos, no los callejeros que andan por aquí revolviendo la basura.
A veces detengo el reel y me quedo mirándola, trato de memorizar sus rasgos y me quedo enganchada en sus pupilas azules. Si yo tuviera esos ojos.
Mi vieja también me tiene harta. Que me deje de mirar el celular todo el día, que le ayude con la casa, que haga las tareas de la escuela, que ordene mi pieza. Como si cambiara algo con ordenar esta pieza horrible que tengo que compartir con mi hermana más chica; hace años que no pintan las paredes, hay una ventana mugrienta que da a un patio lleno de cachivaches, el cielorraso es bajo y está manchado de humedad. No es como la pieza de Giulia, que tiene enormes ventanales con cortinas semitransparentes, y dan a los jardines y a la pileta de natación. En mi casa la única escalera es un armatoste de madera que usa mi viejo para subirse al techo a poner parches para que se deje de filtrar la lluvia. Inútilmente, claro.
Estoy harta.
Quiero ser Giulia.
Quiero ser rubia, de ojos azules, tener la piel perfecta y dorada, esa boca roja y lustrosa, esas manos finas con uñas perfectas, largas, modeladas. Quiero tener esa cintura minúscula y esa cola redonda (la veo de espaldas cuando se levanta de la silla y muestra su habitación). Es tan alta, no demasiado, lo suficiente. Seguro que los sábados sólo tiene que sentarse y elegir entre todos los chicos que van hasta su casa a invitarla a bailar, o al restaurante, o a pasear.
Le he hecho muchas capturas de pantalla y las he puesto en todos mis sitios. La Sabri me dijo también que parecía que yo estuviera enamorada de Giulia. Tanta admiración, tanta veneración, tanta obsesión, me dijo.
No, yo no estoy enamorada de Giulia.
Yo quiero ser Giulia.
Terminé hipnotizada frente a la pantalla. ¿Puede ser que me haya quedado dormida? Tal vez, la pantalla está negra. La toco. Se enciende. ¿Quién es esa chica morena que me observa de ese modo? Parece que me quisiera taladrar con la mirada. Pero es… pero soy yo. Del otro lado de la pantalla. Estoy del otro lado de la pantalla. O sea que, si estoy del lado de los seguidores, la que está mirando ahora de este lado es Giulia. Soy Giulia. ¿Es posible? ¿Se cumplió mi sueño? Bajo el celular, me miro en el gran espejo ovalado que pende sobre mi escritorio y me veo: rubia, blanca, de ojos azules, boca roja. Perfecta. La felicidad casi no me deja respirar. Me doy vuelta y veo la habitación de grandes ventanales, la cama amplia con el acolchado de seda rosado. Me pongo de pie y sí, soy alta, tan delgada que no siento los pies. Me dirijo hacia uno de los ventanales y corro las cortinas con mis finas manos de uñas decoradas. Allá afuera están los jardines perfectos, la pileta con sus reposeras, todo es tan bello. Pero empiezo a notar algo raro, pareciera que el verde se mueve, que la pileta se borronea y en lugar de todo eso va apareciendo un pueblo marrón, destruido, hay niños y mujeres con la ropa hecha jirones corriendo por las calles, entre las ruinas; un ruido atronador llega desde el cielo, son aviones que descargan bombas sobre las personas, aviones con una bandera con una estrella azul. El espectáculo es insoportable, los gritos de los niños llegan hasta mis oídos. Cierro las cortinas, voy hacia el otro ventanal, lo abro y veo personas rebuscando en tachos de basura, pequeños desnutridos llorando en el piso; la miseria y el hambre gimen de un modo insoportable. Me aparto del ventanal y no comprendo qué está sucediendo, si yo soy Giulia, y vivo en un mundo perfecto. Me tiro en la cama de mullida seda rosada, miro el cielorraso decorado con molduras florales, y poco a poco se empieza a incendiar, no es el yeso blanco, son bosques, inmensos bosques verdes que arden y crepitan; los animales intentan huir, pero el fuego los alcanza y muy pronto se convierten en bolas de fuego que corren un poco y se detienen, consumidas por las llamas. Me gana el horror, me levanto de la cama, sobre la cual caen ascuas, y camino hasta el gran espejo ovalado. Detrás de mi cuerpo sinuoso veo miles y miles de personas marchando con carteles de protesta, camiones de la gendarmería los atropellan, y la policía les arroja balas de goma. Muchos caen, pero la mayoría sigue marchando y gritando. Cierro los ojos, los abro, busco una salida. Veo la puerta de la pieza y la alcanzo, la abro y en lugar de los alfombrados pasillos de la mansión veo un recinto semicircular, de madera, donde se retuercen serpientes de todas clases, escorpiones, alimañas que reptan entre los cuerpos de horrorosas prostitutas, personajes diabólicos que se ríen a carcajadas y de sus bocas escapan vómitos nauseabundos. Criaturas infernales, cubiertas de escamas, se enredan en una orgía inconcebible sobre el estrado. Cierro la puerta y me vuelvo, la habitación se está deshaciendo, convirtiéndose en filas de números, en planos flotantes como enormes vidrios giratorios. Me miro los pies y se están deshaciendo, como si un ejército de hormigas invisibles hubiera empezado a devorarme desde el piso. Paso mi mano por el cabello dorado y los mechones caen y se disuelven en el aire eléctrico. Poco a poco me desintegro, me reincorporo al flujo inacabable de lo intangible. Quiero gritar, y de mi boca ya borroneada surge un vapor de cristales.
Soy Giulia.
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












