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No hace mucho que estoy en esta casa. Me transferí aquí cuando murió mi papá, es decir, cuando se suicidó. Mi padre no era una persona depresiva, si bien cuando se jubiló, ya solo, sin mi madre y viendo que su jubilación era miserable, se vino abajo. Salía muy poco y se había vuelto retraído, callado, pero con un silencio extraño, no como si no quisiera hablar, sino como si estuviera mascullando algo internamente y se hablara a sí mismo. No me miraba a los ojos, miraba el suelo. En varias ocasiones le ofrecí que alquilara la propiedad y se fuera a vivir a un departamento, tal vez en el centro de la ciudad, en una zona con más movimiento. Pero no quiso abandonar su casa, la que habían comprado con mi madre con enormes sacrificios, y donde yo había nacido y crecido. Cuando le propuse volver yo a quedarme con él, así no estaba tan solo, se alteró muchísimo, me puso las mano en el pecho como si quisiera empujarme, y esa vez sí me miró a los ojos. -No, no quiero. Ni se te ocurra -me dijo. Tenía una mirada tan aterrada como jamás le había visto. Mi padre era una persona mansa, generosa, de una gran bondad, pero no era un cobarde. Y esa mirada parecía reunir toda la villanía y el miedo de una vida, no la vida del hombre que yo había conocido, sino una vida ignota, tenebrosa, que quería empujarme fuera para seguir confinada en la sombra.
Sin embargo, nunca hubiera pensado que mi padre fuera a suicidarse. El suicidio es un acto tan desesperado, tan cruel y tan doloroso, que no podía tener cabida en la índole de un hombre como él; un hombre que había afrontado una existencia de trabajo durísimo, la enfermedad de mi madre, mi diversidad, con la mirada siempre esperanzada y optimista de quien cree que, a pesar de todo, la vida es un don que se debe ganar cada día con voluntad, y al cual no se debe renunciar.
No sé decir con exactitud cuándo empezó su cambio. No fue con la jubilación, que lo obligó a buscar changas como si tuviera veinte años; ni con la muerte de mamá, que, a pesar del dolor, significó un alivio económico muy grande, porque su dolencia requería enfermeros, y una cantidad de remedios que excedían la exigua cobertura de la obra social. Creo más bien que la pesadilla tuvo su comienzo cuando vendieron la casa de al lado, que había estado vacía durante años, y que incluso después de que le sacaron el cartel de venta seguía cerrada, aunque algunos días se veía algún auto estacionado, pero sin que esto significara ni siquiera que abrieran las ventanas del frente. Era extraño, una casa tan grande, que debía haber sido muy bella en sus buenos tiempos, y que hacía tanto que decaía en el abandono. Recuerdo que mi padre alguna vez había comentado que a los dueños se los habían llevado, allá a finales de los años setenta. Pero nunca especificó quién se los había llevado, ni dónde, ni por qué. Sólo veíamos la casa decaer lentamente. Y un día empezaron a pararse autos y a escucharse ruidos.
Yo ya no vivía con mis padres, y este misterioso movimiento empezó después de la muerte de mamá. Justamente en la época en que mi padre se volvió taciturno.
Lo encontré colgado de una viga del garaje un domingo en que fui a almorzar con él. Le llevaba una bandeja de merengues con crema, que le gustaban tanto en otros tiempos. La dejé en la cocina. Me extrañó no ver nada dispuesto para la comida, porque su especialidad eran los ñoquis caseros y me los preparaba siempre que yo iba a visitarlo. Pensé que la depresión podría haberlo abatido y que estaría tirado en la cama, o algo así. Aunque mi padre nunca fue de tirarse en la cama, ni aún en los peores momentos, cuando pasaba las noches en vela cuidando a su esposa. Igualmente miré en su dormitorio, en el mío (mamá había querido que quedara igual por si algún día yo volvía a vivir con ellos), y finalmente miré en el garaje. La camioneta la había vendido hacía tiempo para afrontar los gastos médicos de mi madre, así que el lugar estaba ocupado únicamente por algunas cajas de herramientas y algún cachivache de ésos que recorren toda la casa antes de terminar en la vereda en espera de un nuevo dueño. Pendía de una cuerda vieja que yo recordaba haber visto muchas veces, porque se usaba para fijar la lona en la parte de atrás de la camioneta cuando transportaba cajas de verdura y fruta. Pendía con los pies en el aire, y debajo agonizaba una silla del comedor de diario, derribada, último apoyo en una vida que le había deparado más sinsabores que alegrías.
Fue sólo cuando vino la policía y yo me senté a la mesa de la cocina, que encontré el papel debajo de la azucarera. “Vendé la casa inmediatamente y no volvás nunca a vivir acá”. Como mensaje de despedida era bastante técnico y poco afectuoso, aunque mi padre no era de demostrar cariño con palabras. Me guardé el papel en el bolsillo y decidí no mostrarlo a la policía, en el fondo era algo personal: las últimas palabras de mi padre, dirigidas únicamente a mí.
Me mudé a la casa de mis padres para ahorrarme el alquiler del departamento, y ordenar muebles y cosas antes de venderla. Pensé que iba a ser algo muy rápido, pero una casa está tan repleta de objetos, utensilios, recuerdos, que la tarea se fue extendiendo mucho más allá de lo planeado. Pero fue en la segunda semana cuando empecé a escuchar los ruidos.
Era de noche, yo estaba sentado frente al televisor cuando sentí un golpe contra la pared que daba a la casa vecina, la casa abandonada. Bajé el volumen y me quedé escuchando, pero no volvió a repetirse. Miré por la ventana del frente y vi un gran auto negro estacionado frente a la casa de al lado.
La noche siguiente la rutina fue la misma, pero esta vez estaba más atento, ya había comprobado que el auto negro estaba en el mismo sitio de la noche anterior, y apenas sentí un ruido a través de la pared, apagué el televisor y fui hasta el lugar de donde me parecía que provenía. Pegué mi cabeza a la pared hasta que el viejo empapelado empezó a hacerme cosquillas en la oreja, y estaba a punto de apartarme cuando el choque de algo del otro lado me hizo dar un salto. Era un ruido estremecedor, porque tenía algo de orgánico, de blando dentro de una solidez quebradiza, casi frágil. Me aparté de la pared y me quedé mirándola con espanto. Lo que estuviera sucediendo en la casa vacía sin duda no era un banal incidente doméstico. Me senté en el suelo, y lo que escuché el resto de esa noche no puedo describirlo con palabras. Me desperté a la mañana siguiente hecho un ovillo sobre la polvorienta alfombra del living. El auto negro ya no estaba.
Pasaron algunos días y no volví a ver el auto frente a la casa vecina. Cuando regresó, yo estaba preparado. Me había munido de un estetoscopio de alta fidelidad, y esperaba el primer golpe. A eso de las diez de la noche lo escuché, y de un salto me pegué a la pared con el estetoscopio como tercer oído. Ojalá no lo hubiera hecho nunca, ojalá no hubiera descubierto la causa por la cual mi padre se había quitado la vida. Los golpes contra la pared precedían a los quejidos más lastimeros que nunca había escuchado y quisiera no volver a escuchar nunca más. No sé si eran azotes, puñetazos o golpes asestados con un palo. Pero distinguí claramente que esas torturas caían sobre un cuerpo humano, un cuerpo que gemía del modo más lastimero jamás concebido, gemía pidiendo piedad.
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).











