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Miró por uno de los ventanales de su departamento, tocando apenas las cortinas de voile; abajo la calle estaba tranquila y arbolada. Siempre había sido un barrio decente, de calles limpias y veredas escrupulosamente barridas por los porteros de los edificios. Los negocios, por lo general escaparates de ropa elegante o de accesorios para la casa, eran decorosos y discretos. La señora Pacini amaba el orden, la pulcritud, y en especial la belleza. Pero no cualquier belleza, ella amaba la belleza que se manifiesta en la armonía, en el método, en el equilibrio impecable de cada cosa. Sus crisis nerviosas siempre habían tenido como desencadenante alguna alteración de ese orden, una perturbación que podía llevarla al desmayo, o incluso a realizar acciones extremas.
Obstinadamente se negaba a tomar medicinas que pudieran estabilizar sus nervios, que ella consideraba totalmente estables, con excepción de esas irreparables anomalías que podían desembocar en un paroxismo. Cuando Augusto, su marido, la había dejado por su secretaria, la señora Pacini no se había alterado demasiado, en cierto modo era un retorno al orden. Desde ese momento el amplio departamento con vistas a la calle se convirtió en su reino inalterable, y ya no tendría que sufrir una crisis si veía los zapatos de su marido fuera de lugar. Augusto hubiera querido tener hijos, se lo había expresado tantas veces, pero esa desorganización biológica y todo lo que hubiera implicado la presencia de un ser que no sólo se haría todo encima, sino que iba a llorar y a gritar, y hubiera sembrado un caos intolerable a su alrededor, no encontraba lugar en su cabeza. Quién sabe si con esa fulana de su secretaria al fin Augusto habría conseguido su objetivo de desorden eterno. Ya de eso habían pasado años, y desde entonces la señora Pacini habitaba un mundo perfecto, impoluto, en el que no tenía cabida ninguna irregularidad.
Esa mañana, cuando salía de su edificio para dirigirse a la peluquería, pudo ver con horror que un armatoste espantoso, discordante, había aterrizado en la vereda pocos pasos más allá de su portón. Un ramalazo de indignación estalló en la cabeza y en el pecho de la señora Pacini. Avanzó algunos metros, casi sosteniéndose de las paredes para no derrumbarse de indignación, y vio un carrito de hierro y madera, oxidado, descascarado, con una suerte de hule azul, lleno de algún tipo de fruta o verdura sin duda de pésima calidad. Dos jovencitos esmirriados y negros -según el colorímetro personal que ella usaba para calificar a los seres humanos-, estaban vendiendo paltas justamente en su vereda, en la vereda que el portero del edificio se encargaba de mantener barrida, y por donde debía circular la gente, ordenada y puntualmente. Casi al borde de una convulsión, y corriendo el peligro de llegar tarde a su turno en la peluquería, buscó con agobio en su cartera hasta que dio con el celular, e inmediatamente llamó al 911. Las palabras se le agolpaban en la boca, tantos eran sus nervios que sólo la fuerza de la indignación le permitió explicar a la policía que unos delincuentes mal entrazados estaban vendiendo no sabía qué porquerías -no le venía a la mente la palabra palta- de manera ilegal en la calle. Justamente en su vereda. La operadora prometió que en minutos llegaría un móvil a lugar, y la señora Pacini tuvo que volver a apoyarse en la pared para no desmayarse.
No habían pasado diez minutos cuando una sirena anunció que, en la calle, a la altura del edificio de la señora Pacini, se detenía un móvil policial del que bajaron numerosos agentes vestidos con chalecos antibalas y armados con fusiles. Los uniformados se abalanzaron con velocidad sobre los dos muchachos del carrito, voltearon las paltas por la vereda -lo cual agitó aún más a la señora Pacini- y pusieron a los vendedores ambulantes en el piso, con las manos detrás de la espalda. El registro de los infractores era una tarea superflua, estaban vestidos apenas con una remera raída y pantalones que escasamente les llegaban a los tobillos. A los empellones, la policía se llevó a los delincuentes, esposados, y fue en ese instante absurdo cuando uno de los jovencitos se dio vuelta y miró a los ojos a la señora Pacini. La miró con dos pupilas oscuras, lisas como la piel de las pequeñas paltas criollas. No había odio ni rencor en esa mirada. No había nada.
Los uniformados subieron a los dos vendedores al móvil, que partió ondulando su sirena por la calle y se perdió gambeteando en el tránsito. Sobre la vereda quedaron las paltas verdes, desparramadas e indecisas.
El portero le alcanzó un vaso con agua a la señora Pacini, que se había quedado apoyada en la pared y movía las manos como si tuviera que sacar nuevamente algo de su hermosa cartera de cuero esmeralda. Tomó el agua, apenas un sorbo, y le devolvió el vaso al portero sin mirarlo, pero murmurando un gracias de cortesía, como una persona educada. Cuando se repuso, decidió reanudar su camino hacia la peluquería, y al dar un primer paso su zapato de taco bajo pisó una pequeña palta. El estallido del fruto volvió a agitarla, y la obligó a volver a su departamento para cambiarse el calzado.
Esa noche, después de haber relatado varias veces el indignante episodio a sus amigas, en la peluquería y por teléfono, la señora Pacini se sentó en el sofá de terciopelo verde con una copita de anisado en la mano, mientras miraba los relámpagos momentáneos de la calle allá abajo, a través de las cortinas de voile. Pensó en lo difícil que era vivir tranquila en un mundo tan desordenado. Poco después se fue a dormir.
A la mañana siguiente, cuando llegó la empleada doméstica, la señora Pacini ya estaba repuesta del incidente del día anterior, aunque le retumbaba la cabeza, como si hubiera tenido pesadillas. La empleada puso sobre la mesada de la cocina las bolsas con las compras para el almuerzo, pero una se resbaló y se abrió, dejando escapar de su interior unos frutos verdes y ovalados que rodaron brillantes sobre el mármol, y cayeron al piso. Uno de ellos rodó inexplicablemente hasta la puerta de la cocina, donde se hallaba parada la señora Pacini, y se detuvo en la punta de su zapato. Ella lo miró con una mezcla de horror y anonadamiento, levantó la vista y frente a sí vio a la empleada atemorizada que se apuraba en reordenar el desquicio, agachada sobre las baldosas de granito verde. La muchacha alzó la mirada y la señora Pacini vio, como en una revelación aciaga, que las pupilas de su empleada eran oscuras, oscuras como su piel, esa piel lisa como la piel de las paltas criollas.
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












