Soy vida nueva
Doy mis primeros pasos después de las tinieblas. Pisando las grandes baldosas de la costanera, reconozco la ciudad que me convocó. El sol pone sus llamas lejanas sobre el Atlántico; es el anuncio del nuevo amanecer. Veo la línea de un horizonte anaranjado, casi rojo, llegando hasta las olas que se ponen doradas. Mientras camino escucho el canto de las gaviotas que corean una alegre canción, parece que se pusieran contentas de verme. Yo también estoy tan contenta como ellas y no es para menos: el mar me salpica, me canta, me regala nuevamente la vida.
Las olas que ruedan por la playa me traen a la memoria la mujer joven, la desaparecida que quedó sepultada en el fondo del mar, Cristina, de 23 años, estudiante de medicina, que comienza a hablar con la otra, la que ahora tendría más de 60 años. La joven me da consejos. La primera sugerencia es que retome la universidad a pesar de la edad. El consejo me parece acertado. Le digo que lo haré apenas me saque las lágrimas de esta pesadilla y después que vea y hable con los míos, que nos contemos todo este derrotero de adentro y de afuera.
Primero hablaré con mis hermanos, Ricardo, Mabel y Verónica. No sé cómo estarán los papis, si vivos o muertos, gran incertidumbre. Inmensa tarea la que tengo por delante, además de redescubrir la vida que no me dejaron vivir, encontrar a los viejos amigos que quizás no estén más. De los parientes, no sé quién quede.

Me mira la del mar, me dice que tengo la mirada extraviada. Tampoco es para menos: tendré que reencontrarme o encontrarme a mí misma en medio de un total desconcierto, como si volviera a nacer después de un doloroso parto.
El reencuentro
Vine a Alta Gracia después de unos días en Mar del Plata. Alguien me dijo que mi hermano Ricardo vivía aquí. Es una ciudad chica y no me resultó difícil ubicarlo. Desde la última vez que lo vi, el mundo dio más de cincuenta vueltas alrededor del sol y ha viajado por el tiempo, no se sabe hacia dónde. Quedé detenida en un segmento de ese tiempo, pero necesito recuperar mi historia. Seguro que Ricardo me ayudará.
El día es apacible, así me siento en este momento. La suave y cálida brisa invita a la caminata y a la confidencia en Alta Gracia, una ciudad satélite de Córdoba capital. No conocía ni una ni la otra.
Lo vi venir a mi hermano, flaco como hace tanto tiempo, por un sendero, bordeando un pequeño lago que tienen en Alta Gracia, el famoso Tajamar. Para mí no era famoso, lo vi por primera vez, un bello parque lo rodea. Habíamos coordinado el encuentro, alguien nos había contactado para lograrlo. Lo reconocí a pesar de los años sin verlo. Lo seguí de cerca un trecho mientras buscaba la forma de abordarlo. Por fin me decidí y lo alcancé.
-Hola. ¿Sos vos, Ricardo? ¿Ya no me recordás ¡Soy tu hermana Cristina!-.
Se detuvo y me miró largamente, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Fueron muy raros y confusos los sentimientos que me invadieron; muy extraños los que demostraba Ricardo, muy difíciles de describir. No pudimos pronunciar palabra hasta que logró contarme cuánto tiempo me estuvo buscando y que él intuía que iba a volver algún día, mientras nos manteníamos en un abrazo. Fue un instante maravilloso, duró una eternidad… tanto que el tiempo pareció detenerse.
Luego de esas pocas palabras caminamos en silencio, como cuenta esa hermosa canción de Simon & Garfunkel llamada Los sonidos del silencio. Escuchábamos aquellos sonidos inexistentes mientras los pájaros cantaban a lo lejos, o cuando los patos emitían su hermoso canto como un coro distante, pese a estar muy cerca nuestro.
El silencio se fue quebrando con el murmullo de gente cercana y el graznido de los patos, y el canto de los pájaros pareció más nítido. A la par que nuestras emociones disminuían, la realidad empezaba a hacerse verdadera. Estaba regresando a la vida, después de brotar del mar. La película de terror estaba siendo parte del pasado. Eso sí, la otra Cristina nunca me abandonó, a pesar de haberse quedado en el mar.
La última vez que lo vi fue en la cárcel de Mendoza. Hacía poco que lo habían detenido, fue en una visita junto con mis padres hace casi cincuenta años. Pensar que cincuenta años no es nada, que febril la mirada…
Reanudamos la marcha. Camina rápido el flaco, tiene piernas largas. Cuesta seguirle el paso, pero logré ponerme a su lado. Cada palabra que nos decíamos estaba cargada de emoción. El pecho se me apretaba, Ricardo me decía que sentía lo mismo.
La búsqueda
¿A dónde van los desaparecidos? / Busca en el agua y en los matorrales. / ¿Por qué es que desaparecen? / Porque no todos somos iguales, según canta Rubén Blades.
Caminamos en silencio nuevamente, como si tratáramos de desandar toda esa ausencia, todos esos años sin nosotros y los otros, cuando nuestras vidas estuvieron irremediablemente separadas. Qué daría por estar dentro de la mente de mi hermano, de sus pensamientos, para llenar ese enorme agujero en la memoria, donde gira como en una nebulosa todo lo vivido y todo lo sufrido, los recuerdos, los hechos, las cosas que pasaron y las personas que, en cierto momento, formaron parte de nuestra historia. Las palabras se anudan, se niegan a salir. Cuesta mucho formar frases coherentes. Se nos acumulan recuerdos tristes y también felices, sufrimientos incontables, pero es innecesario traerlos aquí y ahora. Entramos en el primer café que se nos puso frente a nuestro caminar. Él pidió un café con leche; yo, un submarino con Bay Biscuits, como en aquellas épocas.
Me contó Ricardo que salió en libertad en 1981. Fue una media libertad y recién fue total en 1982. Dijo que los milicos habían perdido la guerra de las Malvinas -quedé sorprendida con eso de la guerra- y eso sumado a la economía, que estaba muy mal, los había puesto contra las cuerdas. Mi hermano me contaba cosas sin parar, como tratando de decirme todo a la vez; pero era mucho para mí, tantas noticias o historias juntas fueron demasiado para mi mente adormecida.
La prisión -la pérdida de la libertad a la fuerza- configura un segmento del tiempo detenido, en el que se evaporan los sueños, y las esperanzas quedan fuera de las rejas o de los lugares de encierro. Las esperanzas, nunca perdidas, ni fuera ni dentro de las rejas; tampoco el optimismo.
Suena extraño. Me decía que los viajes en la cárcel son los cuatro pasos que podés dar dentro de la celda, pero nadie te quita viajar con los libros que podés leer. Entonces pensé que yo no pude leer libros. No teníamos acceso a ellos; teníamos nuestra propia fantasía, con viajes ilimitados a cualquier lugar del mundo.
Cuando uno vuelve al mundo real -decía-, es necesario tener un plan para vivir, una hoja de ruta. Él la tuvo antes de salir, cuando percibía cercana la libertad. Yo no tuve tiempo de eso, fue todo muy repentino. Después de salir pude hablar con la otra, la del mar, mientras caminaba por la costa marplatense. El daño que me hicieron fue tan grande… a veces, insoportable. Pero las tormentas siempre llegan a su fin, como los tormentos.
Una espera ver un mundo nuevo. Finalmente, ese mundo es en parte nuevo y en parte viejo, aunque es demasiado pronto para sacar conclusiones. Tengo que acomodar mis huesos y mi cabeza. También tengo que engordar un poco: si bien siempre fui flaca, ahora mucho más; quizás demasiado flaca para mi gusto. ¿Tal vez para los demás seré linda? Por momentos me siento sumamente abrumada. Después de estar en el infierno del Dante, trato de sacarme esos pensamientos perturbadores.
Mi hermano seguía hablándome sin parar.
-Espera un poco- lo frené -es mucho y muy intenso-.
Entonces, más tranquilo, fue explicando su vida después del regreso, después de los seis años y algo más que estuvo tras las rejas. Me contó que salió rápidamente a construir una familia. No fue fácil, pero trató de hacerlo lo mejor posible. Como buen ansioso que es -ansioso con amor- no pudo dedicarle mucho tiempo a mi pérdida ni a la vida de nuestra familia original. Pero el alma le gritó fuertemente que tratara de seguir el derrotero de mi ausencia de tanto tiempo. Fue reconstruyendo lo sucedido y no registrado. Pero esa noche existió, estaba oculta, como también nos ocultaron a nosotras. Ricardo, con ayuda de algunas personas que fueron testigos circunstanciales -personas de buena fe que le brindaron a mi hermano su memoria y desinterés-, lo fue armando. De no contar con esa humanidad, la historia de lo ocurrido seguiría oculta, cumpliendo el deseo de los responsables de lo maligno, que querían borrar la memoria de esa madrugada cuando nos llevaron, en la que nos acarrearon a lo desconocido.
Yo estaba tan ensimismada en la profundidad de la charla que olvidé lo que había pedido para tomar. Hice un parate en el diálogo y dejé de prestarle oídos a mi hermano. Era todo muy fuerte, difícil de digerir.
Poco a poco fue recopilando datos, como los periodistas o los investigadores. Solo hilvano recuerdos de las personas que esa noche vieron cómo pasábamos a otro estadio de la vida, de una manera brutal y despiadada. Mi cuerpo empezó a temblar mientras relataba cómo fue descubriendo lo que ocurrió sin previo aviso, cuando el verano estaba terminando y empezaba una temporada lúgubre. Logré contener mi temblor después de un gran esfuerzo. Faltaba mucho por contarme. Recuperé la escucha, las palabras, le pedí que fuera pausado para poder asimilar su relato.
Hizo varios viajes a Mar del Plata. En un principio no pudo lograr nada concreto, todo muy vago, ninguna dirección. Fue recopilando datos de organismos del Estado gracias a un habeas corpus de una de las amigas que se llevaron conmigo. Luego viajó nuevamente a Mar del Plata y esos datos le sirvieron para poder encontrar la dirección de la casa, desde donde tan “amablemente” nos llevaron hacia las tinieblas.
Mientras lo escuchaba, mi mente y mis pensamientos se iban de Alta Gracia hacia el infinito o hacia lo desconocido, o tal vez navegaban hacia el pasado, a más de cuarenta años. Me trasladaba como en el túnel del tiempo a esa casa de Mar del Plata, donde volví a escuchar los gritos para imponernos muchísimo miedo y nuestros gritos de mujeres aterrorizadas: los más potentes eran los de los que vestían uniforme o no. Empezó a hablar nuevamente… Me costó volver a la realidad para poder escucharlo y entenderlo.

(continuará)

Columnista invitado
Ricardo D´Amico.
Nuestra familia era de clase media, los cuatro hermanos con posibilidades de estudiar. Vivíamos en un barrio semi acomodado, cerca de la Casa de Gobierno de Mendoza. Nuestra infancia la vivimos en escuelas católicas. Nuestra juventud la pasamos entre jóvenes del Club Hípico. Nos atravesó la tremenda inquietud de los años ’60/’70 y nos sensibilizó como a gran parte de la juventud de occidente, buscando un cambio rápido y profundo. La realidad nos cacheteó durísimo, como a tantos. Mi hermana desaparecida, los otros dos presos, la cuarta sin comprender. Eso significó una profunda depresión para mi padre. Mi madre se convirtió en una luchadora aguerrida, fundadora de Madres de Plaza de Mayo Mendoza. A muchos de los que fuimos golpeados, torturados, encarcelados… no nos destruyeron, hicimos un libro, “No nos pudieron”, se llama. Y aquí sigo trayendo a la vida a Cristina, mi hermana a quien se llevaron al mar, torturada. La traigo porque está con nosotros.

Cristina D´Amico













