
“Desaparecido en democracia
“Veinte años sin Jorge Julio López: las historias que su relato en la Justicia ayudó a reconstruir
“Mientras el Estado sigue sin dar respuesta sobre su ausencia, hay una resistencia imbatible en la fuerza de los testimonios que dejó y que permitieron avanzar en causas de lesa humanidad.
“No hay modo de reparar el vacío de las desapariciones y este país lo sabe bien. Se cumplen 20 años desde la segunda desaparición de Jorge Julio López, único testigo de los juicios de lesa humanidad secuestrado nuevamente en democracia, y el Estado sigue sin dar respuesta sobre su ausencia. Pero hay algo de resistencia imbatible en la fuerza de los testimonios que dejó. En los mensajes que transmitió. En la información que recabó y compartió. Dos décadas después de su segunda desaparición y a casi medio siglo de la primera, la presencia de López está en las historias que con su voz ayudó a reconstruir.
“A Mariana De Marco le cuesta encontrar una palabra para empezar a hablar de López. Dice que tal vez no exista el término que necesita. Será porque su historia está construida con palabras redefinidas. Cuando habla de su familia nombra a una mamá-abuela, un papá-abuelo, hermanos-tíos. Porque Mariana tenía 25 días cuando la dictadura cívico-militar le arrancó a su mamá y su papá, Patricia Dell’Orto y Ambrosio De Marco. El drama de esas desapariciones obligó a redefinir roles para criar a una bebé recién nacida.
“Un día antes de cumplir 15 años, en 1991, Mariana y su mamá-abuela recibieron la visita de un ex compañero de militancia de Patricia y Ambrosio. Les contó que había alguien que sabía cuál había sido su desenlace. Ese alguien era Jorge Julio López, quien había presenciado sus fusilamientos en Arana, parte de la red de centros clandestinos de La Plata.
““Toda esa etapa, el fin de mi secundaria y el principio de la facultad, el paso a la juventud, estuvo marcada por esa noticia de la ausencia definitiva. No es que yo tuviera esperanza de encontrarlos, sino que ya ni siquiera tenía eso”, subraya Mariana sobre el impacto de lo que supo gracias a López.
“Un mensaje desde el cautiverio
“Además de la información, hubo un mensaje: “López, no me fallés. Si salís… el único que puede salir de nosotros sos vos. Andá, buscalos a mi mamá o a mi papá, a mis parientes, a mis hermanos y deciles… y dale un beso a mi hija, de parte mía”. Eso contó López que le dijo Patricia, o «Tate», como la conocían en el barrio de Los Hornos, donde estaba la unidad básica montonera en la que ambos militaban.
““No había día, no había momento, en que no pensara en eso”, relata Mariana. Sin embargo, durante casi ocho años, no habló sobre aquello que pensaba de forma constante. Ni ella ni su mamá-abuela volvieron a tocar el tema. Se habló nuevamente en voz alta recién a fines de los ’90, cuando el resto de la familia se enteró de lo que López había puesto en circulación.
“Comenzaban por entonces los Juicios por la Verdad. En ese marco López dio el primero de sus dos testimonios judiciales. Fue el 7 de julio de 1999. Parte de la familia de Patricia estaba allí para escucharlo. Mariana también, sentada en el fondo de la sala. Lo que escuchó ya lo sabía, pero fue la primera vez que lo oyó de boca de López.
““Siempre me acuerdo del cuidado que tuvo de no contar ciertas cosas porque sabía que estábamos nosotros. Que estaba yo. Lo que se notaba era una deuda sobre todo con ella, con mi mamá”, recuerda Mariana. Hacer llegar ese mensaje era un compromiso que López había asumido en cautiverio. En aquel momento, Mariana no quiso conocerlo. Sentía que no podría hablarle sin llorar. López tampoco pudo acercarse: ya le habían avisado que Mariana se parecía mucho a su mamá. Ninguno de los dos se animó a ese encuentro.
“El 28 de junio de 2006, en el primer juicio por crímenes de lesa humanidad que comenzó tras la anulación de las leyes de impunidad, López declaró con lujo de detalles contra el genocida Miguel Osvaldo Etchecolatz. Mariana no fue a esa audiencia. Sí fue el día de los alegatos, el 18 de septiembre de hace veinte años. Finalmente, López y Mariana iban a conocerse. La segunda desaparición del testigo impidió ese abrazo.
“Charlas en el umbral
“Marcelo Sánchez vivía en Los Hornos. Enfrente de la unidad básica donde militaban López, Patricia y Ambrosio en los ’70. Todavía se acuerda de ellos, aunque tenía siete años cuando los vio por última vez. A esa edad se mudó a la Patagonia con su mamá y sus hermanitos: fue el camino que eligió su papá, Alejandro, para protegerlos.
“Alejandro Sánchez está desaparecido desde que la represión arrasó con esa unidad básica, entre octubre y noviembre de 1976. Marcelo, su hijo mayor, activó la búsqueda de su historia a medidos de los años ’90. Fue entonces cuando una integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) lo conectó con López. Le dijo que tenía información sobre su papá. Fue a verlo a su casa. Aunque lloviznaba, se quedaron hablando en el umbral.
““Tuvimos una sola charla. Cuando me vio quedó medio petrificado, porque comparto muchos rasgos con mi viejo”, recuerda Marcelo desde El Bolsón, en diálogo con Tiempo. “Me dijo que había visto a mi viejo en centros clandestinos de Arana y en la comisaría quinta. Y me contó: ‘tu papá rompió tanto las bolas para que me dejen ir, que me soltaron’. Cuando dijo eso de mi viejo, se me cayó la estantería. Aun estando adentro, peleaba para que otro se salve”, se emociona.
“Por el peso que tuvieron las palabras de López, fue su segunda desaparición la que motivó a Marcelo a retomar una búsqueda activa. El EAAF logró identificar los restos de Alejandro en 2011. Su hijo los llevó al Sur, para una ceremonia de despedida que tardó demasiados años en poder concretarse.
“En 2021, Marcelo declaró contra los represores Miguel Osvaldo Etchecolatz y Julio César Garachico. En ese juicio se proyectó el testimonio que López había dado en 2006. En ausencia, desaparecido por segunda vez, López ayudó a obtener justicia por Alejandro. “La justicia tardía no es justicia –lamenta-. Y justicia hubiese sido que dijeran qué hicieron con López”.
“En ese juicio también declaró Leticia Cano. Su hermano Guillermo era policía cuando lo secuestraron. Pasó 105 días desaparecido. Su padre, también de la fuerza, movió cielo y tierra para encontrarlo. Conocía a quienes se lo habían llevado: ninguno de sus contactos le aportó dato alguno para ayudarlo. Gracias a un mensaje anónimo supo que estaba en la comisaría quinta, por donde también pasó López.
““Salió flaco, muy flaco. Era otra persona. Nunca más volvió a ser mi hermano. Tenía miedo. Hablaba súper bajito. Debíamos tener siempre las puertas cerradas, no abrir ventanas, todo lo asustaba”, relató Leticia sobre el estado en el que salió su hermano de la detención clandestina.
“A Guillermo Cano le costó mucho poner en palabras lo que había vivido. López fue parte de ese proceso: “Con el correr de los años cada tanto López llegaba a la casa de mi hermano. En bicicleta. Se ponían capaz que una hora a hablar en la puerta. Hablaban de todo lo que pasó”, recordaba la mujer sobre esas otras charlas en el umbral. “Cuando López tenía que declarar lo vino a buscar a mi hermano. Le dijo ‘¿Vamos Canito? Así declaramos’. Pero mi hermano no quiso, tenía terror. Después a veces lloraba, pobre. Cuando pasó lo de López, decía: ‘A lo mejor, si lo acompañaba, no pasaba lo que pasó’”. Los alcances de la crueldad pueden ser infinitos.





“Tiempoar.com.ar
“Luciana Rosende
“19 de setiembre de 2026”.
Foto: Helen Zout













