Sí, fui seminarista.
Lo fui de verdad,
con fe y silencio,
con rezo y esperanza.
Y en esos pasillos aprendí
que Dios habita tanto en los templos
como en las grietas de lo humano.
Eran los años sesenta,
y llegó a mi vida una zamba
con su grito desgarrado:
“No soy ni siquiera el eco
de un canto perdido
que quiere volver…”
Esa ausencia me resonó dentro,
pero elegí no quedarme en el lamento.
Porque la vida no es solo lo que no fue,
sino lo que puede ser
cuando uno se anima a reinventarla.
Elegí la vida,
aunque a veces doliera.
Elegí cantar aunque la voz se quebrara,
acompañar aunque no tuviera respuestas,
y servir desde otro altar:
el altar de lo cotidiano,
donde el pan se comparte,
la guitarra consuela
y la palabra justa
sana más que mil sermones.
Aquella zamba decía:
“Mi voz será un río seco
que el hombre sediento lo maldecirá”.
Pero yo vi otra cosa:
que el sediento no maldice
cuando el agua es honesta,
cuando la compañía es real,
cuando alguien se sienta a su lado
sin pretender salvarle,
sino solo acompañarle.
Y eso hice.
Eso sigo haciendo.
No desde arriba,
no desde la certeza,
sino desde la humildad
de quien sabe que servir
es también dejarse servir,
que consolar es también dejarse consolar,
y que la vocación
no se pierde: se transforma,
se abre en otros altares.
Hoy miro atrás y no veo una ausencia:
veo un camino.
No veo una huella invisible:
veo pisadas que otros siguen
—sin saber quizá quién las marcó—,
pero sintiendo que ese rumbo
les hace bien al alma.
Y hoy, mientras mis dedos recorren estas cuerdas gastadas,
mi guitarra me susurra así:
“No proclamo, solo digo lo que viví:
que la vida no se rinde,
que el amor no claudica,
y que la fe verdadera
ve a Dios en todos lados.
Porque el eco de un canto perdido
puede convertirse en un nuevo grito.
Y este río que creyeron seco
todavía canta en una guitarra bien tocada,
en una voz que espera,
en toda fe que se anima”.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.











