“Cuando el día es largo y la noche, solamente la noche es tuya.
Cuando estás seguro de que has tenido suficiente…”
Michael Stipe, Mike Mills, Peter Buck y Bill Berry (R.E.M.)
Lisandro abre los ojos algunos minutos antes que suene Over the Horizon, el tono que su teléfono celular traía de fábrica y sigue sonando a las 6,35 de cada día, de lunes a viernes, desde hace casi cuatro años. Es invierno, pero está tapado solamente por la sábana que ha prometido meter al lavarropas hace tres días y una manta. Se pasa una mano por la cara refregando con la palma su ojo derecho y baja ambos pies con cuidado para sortear los pedazos de vidrio desparramados por el suelo de su cuarto; Marlon Brando parece seguirlo con la mirada manteniendo su índice levantado en el afiche que cuelga de la pared. Busca las ojotas y se mete a la cocina, enciende el fuego de la jarra de café y con paso apresurado busca la escoba y la pala para limpiar los restos de cristal de la habitación. Desayuna una taza grande de café con leche y dos rebanadas de pan tostado con mermelada mientras desliza con el pulgar de la mano izquierda las noticias recientes que sus contactos de Facebook han decidido durante las últimas horas. Se deshace de las ojotas y el bóxer y toma una ducha caliente que dura menos de diez minutos; antes de salir del baño escribe en el espejo la palabra Hola aprovechando el soporte efímero que el vapor ha fabricado sobre el vidrio. Se viste con el mismo pantalón del día anterior y busca en el placar la camisa mejor planchada. El vecino de arriba se lo cruza en el pasillo del edificio y le palmea el hombro al tiempo que enuncia alguna frase hecha que sirve de saludo matinal; él ofrece un Buen día, Don Agüero, y sonríe. La sonrisa le dura las dos cuadras que camina hasta la parada del colectivo. Un perro pasa por la vereda de enfrente y Lisandro improvisa un silbido corto mientras busca el paquete de cigarrillos en el bolsillo lateral de su mochila; está convencido que encender un pucho en la parada hace que el colectivo llegue más rápido y a pesar que no siempre los resultados le han dado la razón, sigue usando la cábala cada mañana. En el asiento doble de adelante van dos colegialas ceñidas de guardapolvos blancos y medias hasta por debajo de las rodillas, hablan casi al mismo tiempo y ríen también al mismo tiempo, las mira y siente una intención suave de erección entre sus piernas mientras pasa la tarjeta magnética para pagar el pasaje, una viejita sostiene su cartera con ambas manos en el segundo asiento, le recuerda a una tía que visitaba con frecuencia cuando era niño, la tía Elena, una solterona que le solucionaba el ingreso de divisas para las salidas de la adolescencia y el de golosinas para las sonrisas de la infancia, una madre caga a pedos a su hijo en los asientos del final porque el niño suelta cataratas de eructos repetidos y ríe a carcajadas, en el penúltimo asiento de la fila individual un hombre de unos cincuenta años mira a través de la ventanilla con los ojos brillosos y un gesto que, como el de la Gioconda, no se sabe si es de angustia o alegría, el resto de los pasajeros están concentrados en sus teléfonos celulares cuidando que Facebook no se olvide de ellos y revisando los contactos de WhatsApp para perpetuar con saludos mañaneros amistades que existen y amistades que no existen, Lisandro se sienta en uno de los dos asientos libres que quedan en el colectivo, al lado de otro treintañero de casi cuarenta, igual que él. Camina las cuatro cuadras que la parada lo separa de su trabajo con paso tranquilo, compra un menthoplus de cereza y un bon o bon en el kiosco de la Choni y cruza hasta el diario, en la puerta hay dos fotógrafos y un colega del área de deportes fumando, lo saludan y le cuentan que parece que el jefe de redacción tomó finalmente la decisión de renunciar porque ha pedido una reunión con los jefes de áreas en la mesa de directorio, Me chupa un huevo, dice Lisandro, Seguro entra uno igual o lo designan a Fontana, que es peor que él, así que la película va a seguir siendo la misma, y le roba una pitada a Miguel que asiente y agrega, Cuando tenés razón, tenés razón. Entra al diario y le regala el bombón a Marisa, ella lo abraza y le ofrece un mate, se toma dos para no irse rengo a la redacción. Enciende la computadora y luego se dirige a la oficina de Pereyra, toma su lista de notas y vuelve a su máquina a redactar y bajar cables de las agencias de noticias. Los docentes siguen de paro, el presidente denuncia casos de corrupción de la administración anterior y la administración anterior denuncia casos de corrupción del presidente, las cosas están mal en Brasil, en México y en Colombia pero él tiene que hablar únicamente de lo mal que está Venezuela. La mañana transcurre como todas las mañanas en el diario y el almuerzo es el mismo del día anterior, sale a fumar dos veces antes de la comida y otra vez cuando se termina el sánguche, Marisa le convida dos mates más y Lisandro vuelve a su máquina en donde sigue trabajando hasta las cinco de la tarde como todos los días. La reunión se llevó a cabo pero el jefe de redacción no renunció. Las bocinas, los aceleradores, las voces, los gritos, las frenadas, los semáforos, los negocios, la gente, las veredas, las vidrieras y el clima son iguales a las bocinas, los aceleradores, las voces, los gritos, las frenadas, los semáforos, los negocios, la gente, las veredas, las vidrieras y el clima de ayer y seguramente a los de mañana. Camina hasta el mercado central y compra dos bifes de lomo, cuatro bollos de pan y dos tomates peritas. Vuelve a su casa en el colectivo y se sienta en el primer asiento individual con las compras adentro de la mochila y el móvil en la mano, así transcurre todo el viaje mientras pasea por las redes sociales mirando cada tanto por la ventanilla. El portero del edificio está limpiando la vereda, lo saluda con la mano y Lisandro le grita, Bueno, por fin vamos a tener la vereda limpia, el viejo sonríe y dice algo que no se alcanza a entender. La luz del comedor está encendida, casi siempre se olvida de apagarla antes de salir por las mañanas. Son casi las ocho de la tarde cuando decide cocinar los bifes a la plancha y servirlos con un tomate partido y un vaso de agua mineral. Termina de comer, lava la vajilla, enciende la computadora y busca alguna película para ver online, se queda más de una hora frente al ordenador y no se decide por ninguna, pone algo de música desde YouTube y se desviste por completo, así desnudo vuelve a sentarse a la máquina e ingresa al perfil de Facebook de su ex pareja, en la foto de portada la ve a ella con Laura y Andrea, las tres están con anteojos de sol y con trajes de baño, él intenta adivinar el sitio e imagina que puede ser de sus últimas vacaciones, o quizás del año anterior antes de cortar con él, recorre la biografía y como no son amigos en la red social, solamente puede ver algunas publicaciones viejas y muy generales, sube el volumen de los parlantes y pone la foto de portada en pantalla completa, se masturba mirando la imagen y limpia su mano en su pecho y en su panza, va a la cocina y anuda la bolsa repleta de basura, sale al patio y la arroja al azar para que caiga en algún otro patio del edificio, Pueda ser que caiga en el de la vieja conchuda del 4, piensa, y se mete a la ducha con el agua caliente, se enjabona entero y se queda llorando abajo del agua hasta que se enfría por completo. Se pone un bóxer y se sirve un vaso de whisky hasta la mitad con dos hielos, grita fuerte, Váyanse todos a la mierda, lo grita una vez, dos veces, tres veces, cada vez más fuerte, hasta que siente que golpean el piso de arriba y retumba en su techo, lo grita una vez más lo más fuerte posible. Apaga la computadora y se mete a la cama llevándose el vaso de whisky con él, Qué mierda mirás, le dice al afiche de El Padrino y se acuesta debajo de las sábanas sucias, mira el reloj del celular que anuncia que son las 11 de la noche pasadas, se toma el resto del whisky de un solo trago y estrella el vaso contra la pared, los pedazos de vidrio se desparraman por el cuarto y algunos caen sobre los pies de la cama, se sacude y se queda mirando el techo hasta quedarse dormido.

Columnista invitado
Darío Manfredi
Nació en Mendoza, Argentina, el 29 de diciembre de 1970. Es Diseñador Gráfico Publicitario y Gestor Cultural. Fundó y co-dirigió la revista de rock y difusión cultural, Zero, entre 1999 y 2024. Se ha mantenido activo en el campo de las artes en múltiples -y amateurs- facetas de artista plástico, actor, compositor, realizador de videos y productor de espectáculos. Ha publicado cuentos en suplemento Zapping del Diario UNO entre 1994 y 1997; textos, reseñas y entrevistas en Revista Zero desde 1999 hasta 2024, y relatos cortos en el libro “La ficción en el umbral”, antología de la Dirección General de Escuelas. Desde 1996 hasta 2005 fue integrante del grupo de teatro de humor Plaza Dandy. Participó como actor en cortometrajes. En 2010 grabó su único disco con canciones propias, titulado Plop. En 2016 publicó su primera novela, “Redención (en un pueblo llamado Aspe)”, editada de manera independiente y distribuida en librerías de Mendoza y de Aspe, Alicante, España. Agotada en ambos países. En 2017 publicó en Mendoza el libro de cuentos “Siesta (y otros relatos así de cortos)” con prólogo de Liliana Bodoc, también editado de forma independiente. Actualmente se desempeña como diseñador en la editorial Leo Libros, de libros mendocinos.











