Creo que este malestar que sentimos está relacionado con el corre-corre de los últimos días del año. Con este impulso de terminar incluso aquello que nunca empezamos. Tan concentrados estamos en cerrar, que no nos detenemos a darle a cada cosa su minuto de reflexión.
Corriendo entre las propias responsabilidades y las invitaciones al brindis, que parece imprescindible hacer como si fuera la última vez.
Si nos falta dinero en el bolsillo, aquello más escaso aún es el tiempo. Cómo encajar en estos pocos días antes de fin de año, dar cumplimiento a todas las obligaciones que se acumulan. Ya empiezan a sonar, aunque todavía no lo notemos, las primeras campanadas de las doce que marcarán el fin del 31 de diciembre de 2025.

El malestar está justificado por la precariedad de los ingresos en relación con lo necesario para cubrir lo básico. Algunos llevamos incluso una planilla de Excel que nos muestra, con asombrosa exactitud, cuánto nos falta hoy, cuánto en dos años y cuánto en diez -si es que llegamos-.
Hay ahí un déficit que no siempre nombramos, pero que es la base sobre la que se construye nuestra manera de percibir el mundo.
Cuando nací en la ciudad de Córdoba, tenía aseguradas la vivienda, la salud y la educación en todos sus niveles. No como promesa, sino como realidad efectiva. Un Estado de bienestar que empezó a erosionarse con el derrocamiento, las mentiras y los militares. Algo que es difícil de digerir en Argentina, por la mitad de sus habitantes, y en el resto del mundo aún hoy es una incógnita que requiere incontables horas de conversación, un par de libros y muchas estadísticas.
El modelo del Estado de Bienestar sobrevivió aún durante algunas décadas, como una concesión de quienes tenían mucho o casi todo. Hubo hitos claros que han venido jalonando su disolución: la derrota sindical en Inglaterra, las huelgas en Gdansk, el papado de Juan Pablo II, la caída del Muro de Berlín y el sueño húmedo del capitalismo global de ver disolverse la Unión Soviética.
Se dijo entonces que asistíamos al “fin de la historia”: el colapso del bloque socialista dejaba la sensación que no había alternativa viable al capitalismo.
Con esa idea llegamos a 2008. La crisis bancaria en Estados Unidos mostró el destino de la especulación financiera sin límite y dejó al descubierto una tensión estructural: el 1 % concentrando la riqueza frente al 99 % restante.
Menos de veinte años después, la reapropiación grosera de la renta por un puñado de mega billonarios vuelve a borrar una lección que la Segunda Guerra Mundial había dejado clara: el mundo es desigual y los Estados deben cuidar, mediar y garantizar condiciones de vida que tiendan a la felicidad.
Intento comprender este contexto para no caer en la trampa de pensar el malestar de fin de año como algo puramente individual. Tal vez sea, más bien, una expresión contemporánea de aquello que Freud llamó el malestar en la cultura.
Mientras escribo esto en Toronto, en el hemisferio norte ya es de noche y apenas pasan las cinco de la tarde del primer día del invierno. Es la inclinación de la Tierra y su distancia al Sol. Imagino que este mismo momento ocurrió hace unos 250 mil años, cuando el Homo sapiens empezaba a caminar por el mundo. Días cada vez más cortos, más fríos, y tal vez el recuerdo transmitido oralmente de largos períodos de oscuridad. ¡Qué angustia!
Hoy sabemos que los impactos de asteroides provocaron inviernos prolongados: polvo en suspensión, interrupción de la fotosíntesis y colapso de las redes alimentarias. En noches así, largas y frías, la esperanza no era un lujo: era una condición de supervivencia.
A lo largo de la historia, esa esperanza adoptó formas colectivas. Rituales, encuentros, comidas compartidas, bebidas, música y danza. Festividades que permitían permanecer en pie. Qué bueno que eso exista. Tal vez haya que empezar a concretar esos encuentros antes que termine diciembre.
Dato al pasar: en Toronto, las radios comienzan con música navideña el 1 de noviembre. Gracias.
Las fiestas de fin de año están atravesadas por el consumo, pero no alcanza con explicarlas solo desde ahí. En contextos difíciles, encontrar motivos para la alegría no implica negar los problemas, sino buscar un equilibrio que permita sostenerse emocionalmente.
Ese equilibrio se apoya en los vínculos, la amistad, la solidaridad y la ayuda mutua. También en la capacidad de valorar la salud, el bienestar y los pequeños momentos cotidianos. Supone asumir que los cambios empiezan cerca: en acciones pequeñas, en el cuidado del entorno inmediato, en decisiones personales que no son heroicas, pero sí transformadoras.
La historia muestra que la humanidad ha sido capaz de resistir y adaptarse, apoyándose en los demás, en la esperanza o en creencias profundas. Esa resiliencia colectiva no garantiza finales felices, pero sigue siendo una razón válida para seguir adelante, incluso -y sobre todo- en tiempos adversos.
Seguramente vamos a cambiar el mundo que heredamos, pero lo que debemos es cambiar la forma en que atravesamos este fin de año. Que estemos juntos, conscientemente y más humanos.
Toronto, 21 de diciembre de 2025

Columnista invitado
Rodrigo Briones
Nació en Córdoba, Argentina en 1955 y empezó a rondar el periodismo a los quince años. Estudió Psicopedagogía y Psicología Social en los ’80. Hace 35 años dejó esa carrera para dedicarse de lleno a la producción de radio. Como locutor, productor y guionista recorrió diversas radios de la Argentina y Canadá. Sus producciones ganaron docenas de premios nacionales. Fue panelista en congresos y simposios de radio. A mediados de los ’90 realizó un postgrado de la Radio y Televisión de España. Ya en el 2000 enseñó radio y producción en escuelas de periodismo de América Central. Se radicó en Canadá hace veinte años. Allí fue uno de los fundadores de CHHA 1610 AM Radio Voces Latinas en el 2003, siendo su director por más de seis años. Desde hace diez años trabaja acompañando a las personas mayores a mejorar su calidad de vida. Como facilitador de talleres, locutor y animador sociocultural desarrolló un programa comunitario junto a Family Service de Toronto, para proteger del abuso y el aislamiento a personas mayores de diferentes comunidades culturales y lingüísticas. En la actualidad y en su escaso tiempo libre se dedica a escribir, oficio por el cual ha sido reconocido con la publicación de varios cuentos y decenas de columnas. Es padre de dos hijos, tiene ya varios nietos y vive con su pareja por los últimos 28 años, en compañía de tres gatos hermanos.











