“La derecha se fue al carajo”, dijo y no como consigna ideológica, sino con una mezcla de preocupación y desconcierto. En ese momento, mi amiga dejó de prestar atención a la charla en la pantalla y empezó a discutir conmigo si todavía tenía sentido hablar de derecha e izquierda, retomando una eterna controversia.
Le dije que, nos guste o no, necesitamos algún código común para entendernos. Tal vez las categorías ya no alcancen para explicar el mundo en el que vivimos, pero todavía nos sirven para orientarnos un poco en medio de tanta confusión. La brújula gira demasiado rápido en la rosa de los vientos y cuesta saber hacia dónde vamos.
Porque lo que estamos viendo hoy -cincuenta años después del golpe en Argentina- no es sólo un problema de etiquetas ideológicas. Es algo más inquietante.

La escena de la tele era curiosa. Escuchar a alguien que se reconoce de derechas criticar a los gobiernos que hoy se identifican con ese mismo campo. Y, casi al mismo tiempo, escuché a un referente de la izquierda argentina coincidir con un analista de derecha de Estados Unidos. Esa coincidencia inesperada me hizo pensar que quizás mi amiga tenga razón: las categorías tradicionales ya no explican del todo lo que está pasando.
En medio de esa discusión apareció otro argumento muy repetido últimamente. Algunos de estos analistas, que durante años ayudaron a promover o legitimar a muchos de los actores políticos que hoy gobiernan, dicen que están preocupados por el futuro de la humanidad. Pero no ponen el foco en las decisiones políticas que esos gobiernos están tomando -incluida la posibilidad de conflictos cada vez más destructivos-, sino en los peligros de las nuevas tecnologías.
El problema, dicen, es la inteligencia artificial.
A mí me cuesta aceptar esa explicación.
La tecnología acompaña a la humanidad desde el primer palo usado como herramienta y arma. Desde entonces hemos desarrollado inventos extraordinarios y también hemos usado esos mismos avances para destruirnos. No hacen falta computadoras que tomen por asalto el mundo para hacernos desaparecer. Solamente hacen falta humanos.
Las máquinas no organizaron campos de concentración, no diseñaron centros clandestinos de detención ni decidieron secuestrar personas en la madrugada. Todo eso lo hicieron seres humanos.
Por eso tiene vigencia y es pertinente detenernos en los cincuenta años del golpe de Estado de 1976 en Argentina.
No quiero entrar en discusiones simplistas sobre vencedores o vencidos. Tampoco me interesa la cómoda narrativa de ángeles y demonios ni la teoría de los dos demonios. Han pasado cincuenta años y el mundo ha cambiado muchas veces desde entonces. Las ideas se revisan, las certezas se caen, la historia se vuelve a pensar.
Pero hay algo que permanece.
Permanece la ausencia. El vacío que dejó alguien que no volvió. La silla que sigue vacía en torno a una mesa familiar. La identidad robada a un bebé que creció sin saber quién era. La brutalidad de la tortura infligida a cuerpos indefensos para obtener información que llevara a otros cuerpos, a otros nombres, a otros tormentos.
Ese proceso de terror se detuvo hace décadas, pero sus consecuencias siguen ocurriendo. Mientras haya personas desaparecidas cuya identidad no se conoce, mientras haya hijos apropiados que aún buscan saber quiénes son, esa historia no está completamente cerrada.
La dictadura fue posible porque hubo militares que ejecutaron el plan, pero también porque otros actores lo hicieron posible: sectores empresariales, eclesiásticos, políticos y mediáticos. Y también porque hubo una sociedad que, en muchos casos, aceptó explicaciones que hoy resultan insoportables.
“Por algo será”.
“Algo habrán hecho”.
Esas frases permitieron convivir con el horror.
Las tragedias históricas no se sostienen solo con verdugos. Necesitan colaboradores. Necesitan intermediarios. Necesitan personas que ejecuten órdenes, que justifiquen, que callen o que miren hacia otro lado. El patrón siempre necesitó del capataz, del sargento y del capanga que garantizaran que el sistema funcionara.
Por eso la responsabilidad nunca es completamente individual ni completamente ajena. También es social.
A lo largo de la historia hemos justificado demasiadas cosas en nombre de una idea que se presenta como natural: la competencia. Nos dicen que ese es el motor del desarrollo. Que el progreso surge de que unos ganen y otros pierdan.
Pero el verdadero motor de la vida humana es la colaboración. Ninguna sociedad se sostiene sin ella.
El problema aparece cuando esa cooperación se organiza para beneficiar a unos pocos y se instala la ilusión de que todos podremos ganar si jugamos el juego que se nos propone, el único correcto. En algún punto de esa ecuación siempre hay alguien que pierde más de lo que gana, alguien cuya fuerza de trabajo es apropiada, alguien que paga el costo invisible del sistema.
El desarrollo nunca fue obra del mercado que funcionaba por sí solo. Siempre hubo una instancia de poder que organizó y reguló ese proceso: el consejo de ancianos, el rey, el príncipe, el tirano o el Estado. La pregunta sigue siendo la misma desde hace siglos: ese poder, ¿a quién sirve?
Hoy vemos en distintas partes del mundo escenas que deberían estremecernos. Hospitales bombardeados, poblaciones enteras privadas de alimentos o medicinas, ciudades convertidas en campos de destrucción. Y, sin embargo, todavía aparecen voces que buscan justificar lo injustificable.
Otra vez la misma lógica.
“Por algo será”.
“Algo habrán hecho”.
El que da la orden, el que la ejecuta, el que observa cómo se ejecuta, el que mira hacia otro lado, el que se beneficia directa o indirectamente de la destrucción de las condiciones de vida de otros, forman parte del mismo entramado.
Y, sin embargo, seguimos buscando explicaciones tranquilizadoras. Algunos hablan de conspiraciones globales o de planes maestros que controlan el destino del mundo. A mí me cuesta creer en eso. La historia parece mucho más caótica.
Muchas de las cosas que vemos son el resultado de decisiones humanas, errores acumulados, ambiciones desmedidas y una enorme capacidad para justificar lo injustificable.
No necesitamos imaginar máquinas que decidan eliminar a la humanidad. La historia demuestra que los seres humanos somos perfectamente capaces de hacerlo por nuestra cuenta.
Tal vez por eso convenga recordar, a cincuenta años del golpe, que el peligro siempre estuvo -y sigue estando- en nosotros. Y también -por suerte- de nosotros depende impedirlo.
Toronto, 17 de marzo 2026

Columnista invitado
Rodrigo Briones
Nació en Córdoba, Argentina en 1955 y empezó a rondar el periodismo a los quince años. Estudió Psicopedagogía y Psicología Social en los ’80. Hace 35 años dejó esa carrera para dedicarse de lleno a la producción de radio. Como locutor, productor y guionista recorrió diversas radios de la Argentina y Canadá. Sus producciones ganaron docenas de premios nacionales. Fue panelista en congresos y simposios de radio. A mediados de los ’90 realizó un postgrado de la Radio y Televisión de España. Ya en el 2000 enseñó radio y producción en escuelas de periodismo de América Central. Se radicó en Canadá hace veinte años. Allí fue uno de los fundadores de CHHA 1610 AM Radio Voces Latinas en el 2003, siendo su director por más de seis años. Desde hace diez años trabaja acompañando a las personas mayores a mejorar su calidad de vida. Como facilitador de talleres, locutor y animador sociocultural desarrolló un programa comunitario junto a Family Service de Toronto, para proteger del abuso y el aislamiento a personas mayores de diferentes comunidades culturales y lingüísticas. En la actualidad y en su escaso tiempo libre se dedica a escribir, oficio por el cual ha sido reconocido con la publicación de varios cuentos y decenas de columnas. Es padre de dos hijos, tiene ya varios nietos y vive con su pareja por los últimos 28 años, en compañía de tres gatos hermanos.













