El humanista que vive especialmente atento al devenir de un mundo en el que los sistemas se han sucedido en base a la violencia y el despojo de las mayorías, revisa una historia que al mismo tiempo decide contarnos. Lo hace convencido que alguien debe ponerle voz a ese submundo oprobioso, en el que los deseos y los sueños volaban muy alto, a pesar de lo achaparrado de la arquitectura polvorienta de la aldea. La imaginación trabaja a mil y todo lo convierte en algo especialmente lúdico.
Al leer el libro necesitaremos completar cada historia, suponiendo avatares que probablemente sean sólo un ejercicio de nuestra imaginación. En algunos casos supondremos las meretrices -como se denominaba a aquellas mujeres en esos tiempos de ñaupa- quizás lograron ser desposadas por algún adinerado que las visitara, al modo putañero, en esos rincones oscuros del placer. Como si pudiéramos ayudarlas desde esta posteridad que nada cambiará de todo lo ocurrido.
En la amplia mayoría de los casos, las chicas quizás serían víctimas de enfermedades de transmisión sexual para las que aún los científicos no habían encontrado cura. Desde esos cuartos en los que la moral casquivana nada tenía que hacer, las condenadas al descrédito público soñarían con otro futuro, gracia que Dios nos concede a todos ¿no es cierto? Aunque unos minutos después de terminar con un cliente, otro viniera a poner en dudas cada proyección, tornándola delirante.

Simone Leblanú
Francesa, de Marcella. 23 años, soltera, ojos pardos, cabello negro, alta
Entró al calabozo el 13 de abril de 1913. Pasó a Ituzaingó 2475
Gota a gota cae la oscuridad sobre la celda
Aquí en la cárcel solo canta el grillo del aburrimiento
Duele la noche duelen las paredes el pelo las uñas
Duele esta almohada de piedra con la que me han coronado
También los recuerdos traen su sopa de bronca
Recuerdo una casa vieja muy vieja llena de arrugas y de Alzheimer
Un pueblo cerca de Marsella sin pájaros ni trigo
Huelo frio y escarcha huelo vacas lluvias quesos rancios y pobreza a borbotones que crecía en cada árbol
Éramos muchos los Leblanú y alguien tenía que irse
Mi padre no estaba solo trabajaba y puteaba
Venía a la noche cuando venía Hablaba de la guerra que se estaba preparando miedo le tenía un miedo antiguo del padre de su padre decían que los alemanes nos las tenían jurada y que pronto volverían por nuestras tierras
Mi padre tenía miedo olía miedo transpiraba miedo
Mi madre se había plantado en el dolor
Siempre enojada siempre enrabiada siempre amasando el rencor con el pan
Siempre lavando las mismas mugres
Siempre cosiéndonos el mismo deshilachado vestido del resentimiento
Alguien tenía que irse y yo fui la tercera en marcharme
Éramos muchos los Leblanú y alguien tenía que irse
En mi pueblo la gente nacía para irse
Recuerdo campos abandonados viñedos muertos olivos quemados una iglesia sin palomas una escuela sin niños ni maestros
¿Qué iba a hacer? ¿Para qué quedarme? ¿Pará qué seguir tomando el mismo guiso lavado de siglos?
Nos parían para marcharnos
Hoy lejos muy lejos de mi tierra con la noche como única frazada he vuelto a sentir lo mismo
Alguien tiene que irse
Alguien tiene que irse…

Prólogo
No por casualidad llegaron a mis manos fotos y registros de prostitutas encarceladas en Mendoza entre los años 1912-1918. Dichos documentos fueron tomados del Libro de Prontuarios de Trabajadoras Sexuales, elaborado por la Policía de la época.
Perdidas en un rincón, desabrochadas de la Historia, estas fotos venían con nombres, edades, procedencias, color de cabello, grado de instrucción, fechas en que fueron apresadas, etc.
Jóvenes y no tan jóvenes, estas mujeres procedían de distintas partes de Europa y de la Argentina. Mendoza nunca fue una isla y su vida y su historia estuvo ligada siempre a procesos sociales que llegaron a esta provincia con su larga sombra. Así conocemos que hubo organizaciones que trabajaban y mercadeaban con lo que fue llamado posteriormente “la trata de blancas”. Entre las organizaciones más conocidas estaban la famosa Mafia Polaca ZWI MIGDAL y también la organización francesa MILIEU que continuamente traían y repartían mujeres para prostituirse por toda la República Argentina
El método es conocido, en una Europa empobrecida y marcada por la guerra, se les ofrecía a mujeres de distintos países que vinieran a América a casarse y formar una familia signada por la prosperidad y la abundancia… luego aquí en nuestra Patria, la realidad era muy distinta y caían en una red de esclavitud y servicios sexuales denigrantes.
Nuestras autoridades civiles, religiosas y militares ayudaron haciendo la vista gorda y muchas veces propiciando las llamadas “casas de tolerancia”.
Cuando estas mujeres caían presas eran alojadas, aquí en Mendoza, en las Monjas del Buen Pastor, ubicada en la calle Martín Zapata, de la quinta sección, o también se las derivaba al viejo Hospital de San Antonio (fundado en 1563), ubicado en la manzana delimitada por las calles Santa Fe, José Federico Moreno, Tucumán y Montecaseros de la Cuarta Sección.
Siendo muy chico, nueve o diez años, mi padre me llevó a un prostíbulo por primera vez. Contarlo es una cosa, vivirlo es otra. Recuerdo mujeres muy pobres, tan pobres que ni vestidos tenían… Vecinas de la calle Salta o Federico Moreno en la Cuarta Sección… recuerdo verano… recuerdo poca ropa y hombres en bata y chancletas…
Tanto mi padre como yo no íbamos a consumir sino a vender. El viejo Miremont era lechero, como su padre y su abuelo lo habían sido… las chicas eran mujeres que nos compraban leche y yogur, no solamente para ellas sino también para sus hijos. Ese fue mi encuentro con los piringundines mendocinos… seguramente en ese momento se comenzó a escribir este libro.
La Historia de Mendoza no es solamente el relato de próceres y gobernadores, también es la historia del sufrimiento humano que tantas veces los cronistas de lo antiguo se han empeñado en ocultar.
Con el fin de ahondar sobre los hechos ocurridos en nuestra provincia he intercalado poemas con crónicas policiales, en ambos casos he transcripto fielmente relatos de los diarios mendocinos Los Andes y La Tarde.
Vayan estos versos en homenaje a tantas mujeres que fueron víctimas y engranaje de una historia manchada de sangre y violencia.
Mi respeto y memoria hacia ellas.

Columnista invitado
Oscar Miremont
“Nació en Mendoza en 1957. Estudió Filosofía y Teología en el Centro de Estudios Filosóficos y Teológicos en Córdoba. Se ordenó sacerdote en 1983 y trabajó en distintas tareas sociales en el norte cordobés y en las villas de Berazategui, del conurbano bonaerense. Casado en 1989, estudió y se recibió de Enfermero Universitario en la Universidad Nacional de Quilmes (1993). Posteriormente se recibió de Profesor de grado Universitario en Historia, en la Universidad Nacional de Cuyo (2003). Ha ejercido la docencia en Córdoba, Buenos Aires y Mendoza. Se jubiló como Director del Cens 3489 de Guaymallén, Mendoza. Tiene dos hijos, un nieto y desde siempre se ha dedicado al arte en sus diversas ramas (literatura, teatro, fotografía). Ha publicado seis libros de poemas, tres de ellos sobre la historia de Mendoza: “La Orilla y los Fantasmas”. Poesía. Editorial Qellqasqa. Mendoza 2004. “No me pidas que me muera contigo” Poesía, Editorial Aguirre. Auspiciado por el Fondo Nacional de las Artes. Mendoza 2007. “Los Hijos de Huar” Historias poéticas de los Huarpes. Editorial Zeta Editores (2010). Financiado por el Fondo Provincial de la Cultura. Gobierno de Mendoza. “Negradas. Historias poéticas de los Negros en Cuyo”. Editorial El Espejo. (2012) Mendoza. “Un pájaro canta en mi cuerpo”. Poesía. Editorial Qellqasca. 2013. Financiado por el Fondo Provincial de la Cultura. Gobierno de Mendoza. “Esas Muertes” Historias Poéticas de la Provincia de Mendoza. Libro editado gracias al Auspicio del Fondo Nacional de las Artes 2023. Participaciones. “Las Hojas, Testimonios”. Colección Libros de la calle. San Luis 2010. “Antología Federal de Poesía. Región Cuyo Andino”. Consejo Federal de Inversiones 2016. Sus poesías han sido publicadas en distintas revistas literarias así como también en distintos medios digitales y analógicos











