A mí esta foto me golpeó por dentro.
Porque no muestra poder.
No muestra solemnidad.
No muestra victoria.
Muestra algo mucho más hondo: la intimidad de una misión cumplida.

Al inicio, todo era un sí.
Un sí pronunciado con el cuerpo entero, con la seriedad humilde de quien acepta una carga sagrada sin alarde, sabiendo que ciertas llamadas no vienen a engrandecer a nadie, sino a consagrarlo al servicio.
Y aquí aparece el tiempo.
No como derrota.
Sino como ofrenda.
El cuerpo está gastado, visiblemente disminuido, llevado casi hasta el borde. Y sin embargo, lo que más conmueve no es la fragilidad, sino la dignidad con que esa fragilidad es habitada. Hay cansancio, sí. Hay límite. Pero también una ternura que no se rindió.
Y entonces sucede lo más bello.
Uno se inclina hacia el otro.
No conserva distancia.
Acerca el rostro con una delicadeza que parece oración.
Y el otro responde del mismo modo, inclinando también la cabeza, ya no desde la fuerza, sino desde la confianza.
Ahí desaparece todo lo accesorio.
Se ven dos hombres tocándose desde la humildad.
Y además está esa sonrisa.
Pequeña. Cansada. Entrañable.
No nace del protocolo, sino del alma.
No transmite dureza.
No transmite posesión.
No transmite amargura.
Transmite paz.
Y por eso la foto deja de ser solo una imagen triste del deterioro. Se vuelve la prueba de que una vida entregada hasta el final no se apaga: se transmite.
El cuerpo se ha ido encogiendo, pero el sentido se ha vuelto inmenso.
Hay algo sagrado en ver a alguien llegar casi sin fuerzas, pero lleno de amor.
Como una lámpara encendida
que pasa su fuego
antes de apagarse.
Y tal vez esa sea la forma más alta de cumplir una misión:
gastarse por amor,
llegar herido pero fiel,
y dejar en otras manos, con ternura y sin miedo,
lo que nunca fue de uno,
sino de Dios.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













