Es posible que los seres vivos que evolucionamos hasta tener un sistema límbico compuesto por áreas del cerebro en el que fundamentalmente se asientan las emociones y la memoria, tengamos nuestras vidas ancladas a puntos de referencia. Estos puntos de referencia, firmemente registrados en nuestra memoria no consciente, como símbolos, anteriores al lenguaje y también después de él, integran un sistema simbólico que incorporamos con el desarrollo cerebral y constituirán nuestra subjetividad; no serán lo que pensamos, sino fundamentalmente lo que sentimos y los que nos marquen no solo el camino a seguir sino que jalonen sus costados, los posibles desvíos y los posteriores retornos al camino inicial.
En consecuencia podemos afirmar que no pensamos, senti-pensamos, ya que toda nuestra relación con lo que nos circunda, con la vida, con el mundo en que vivimos y en el que experimentamos dolor o alegría, sorpresa o esperanza, dudas o certezas, estará filtrada por nuestra subjetividad.
En los humanos la pérdida de los puntos de referencia puede implicar sumergirnos en un desierto simbólico que ocupa nuestro presente y nos obliga a elaborar un relato nutrido de recuerdos y emociones pasadas en un desorden aleatorio; así se construye el delirio y a esto le llamamos psicosis, sea esta transitoria o permanente.

Ese territorio sin límites precisos, sin inicio y sin final, expresado, precisamente, por la carencia de puntos de referencia nos pone en un estado de indefensión emocional en el que nuestra percepción puede alterarse. Este fenómeno puede iniciarse a partir de experiencias traumáticas intolerables, o a la pérdida de proyecto (dicho en singular como totalizante) porque se desmorona una creencia, o su carencia por imposibilidad de imaginarlo. Esto nos deja sin futuro, o al menos sin un futuro deseable. Surge entonces la pregunta ¿lo que puede afectar a uno, puede afectar a muchos? Pero no a muchos como sumatoria de individualidades sino colectivamente. Una suerte de psicosis colectiva que como epidemia se apodera de sujetos sociales y en la que por supuesto debe cumplirse como condición una previa destrucción de la subjetividad cultural, ¿la subjetividad social?
Si hay algo que identifica a la subjetividad, ese algo son las creencias, y no sólo las religiosas, sino todo aquello que precalificará como bueno o malo, deseable o no, aún antes de pensarlo o conocerlo en profundidad, por eso nuestro sentir va un paso adelante de nuestro pensamiento.
De acuerdo a lo expresado, sólo cuando tenemos puntos de referencia en los que confiamos y nos resultan coherentes podemos planificar nuestro futuro y vivir el presente con un estrés controlado, si esto falta caeremos en un estado de anomia, lo que puede tener como consecuencia que la vida, nuestra vida, se convierta entonces en una involuntaria aventura.
Pero ¿qué es la aventura? Sin caer en una obligada polisemia hay un concepto romántico de la aventura que nos hace pensar en las novelas de Salgari, de Harold Foster o de tantos autores, pero básicamente la aventura es en lo esencial un pasaje a lo imprevisible, aunque todos estos “héroes romantizados”tenían una fuerte referencia ética o moral que los dirigía en su conducta.
La palabra aventura, deriva de la voz latina ad-ventus: viento que viene de afuera. O sea que estamos aceptando contextos en los cuales no tendremos la mínima intervención sino que estaremos a merced de ellos.
Obviamente, cualquier parecido con la realidad es porque estamos tratando de entender la que sufrimos y ver cómo podemos modificarla para recuperar otra realidad, una previsible en la que no nos desayunemos cada día con un nuevo desastre para nuestro bolsillo, nuestra salud, el futuro de nuestros hijos y, en concreto, el riesgo cotidiano inclusive de nuestras propias vidas.
La ciencia nos enseña que los fenómenos nunca responden a causas únicas sino a una combinación de factores para cada consecuencia. De tal manera que también en este caso la interacción entre la presión hegemónica de la derecha vernácula y sus amos corporativos, fundamentalmente estadounidenses, a los que reportan, con todos sus medios económicos y de comunicación, una justicia colonizada que anualmente es invitada a conferencias de actualización en EE. UU. (este es el reemplazo de la escuela de las Américas de Panamá donde se enseñaba a los militares latinoamericanos a torturar y hoy allí se enseña el “lowfare”) y la inflación como factor de inestabilidad constante, no son causas exclusivas. A ellas se deben agregar las inconsistencias del gobierno de Alberto Fernández con una macroeconomía en crecimiento pero sin reflejo en la microeconomía, lo inconcebible de un gobierno pretendidamente peronista, una mesa popular flaca. No debemos excluir del análisis la amplia gama de personalidades dentro del movimiento peronista que han mostrado conductas corruptas, no diferentes a las de otros personajes pertenecientes a otros espacios políticos pero sí más notables para la mirada del resto de la población.
Este conjunto, destruyó la expectativas que podía generar en la sociedad, referido a los estratos populares y clases medias, que olvidaron el estado de bienestar que se vivió después de salir de la crisis del 2001 y que implicó la creación de fuentes de trabajo como consecuencia de la recuperación industrial sostenida por las retenciones a la agroexportación.
Esto permitió la dinamización de la economía, la mejoría de los salarios y el consumo. Muchos pudieron tener por primera vez automóvil, vacaciones y viajes, se construyeron viviendas, caminos y otras obras públicas con el sustento de un estado planificador. La creación de nuevas universidades con cercanía a las distintas ciudades permitió las primeras generaciones de universitarios para sectores populares que no habrían podido sostener a sus hijos en otras ciudades o cargar con el costo del transporte a distancias importantes. Los planes de subsidio a la población de menores recursos se redujeron de dos millones a doscientos mil.
Hoy paradójicamente, como consecuencia de la destrucción de puestos de trabajo, tanto por la expulsión de trabajadores del estado como fundamentalmente por la destrucción de la industria, el industricidio que advertimos, advertencia que no fue escuchada; hay en dos años del gobierno de la ultraderecha 25.000 empresas industriales o ligadas comercialmente a la industria que cerraron sus puertas. Milei logró en dos años lo que Macri provocó en cuatro, ya que ambos representan los intereses del imperio y el capitalismo financiero, para sus amos nuestro país sólo interesa como productor de materias primas y producción primaria del agro, sin desarrollo industrial. A esto hay que sumarle la caída del valor del salario. Hoy tenemos por un lado seis millones de personas que reciben subsidios como planes sociales y otros subsidios llegan a 22 millones de personas, secuela de las conductas económicas perpetradas por los que hablaban en contra del clientelismo.
¿Pero cómo se ha instrumentado esta tragedia? Históricamente la derecha se sirve de la ultraderecha en situaciones de crisis. Los integrantes de la ultraderecha suelen ser personas resentidas, muchas veces con algún nivel de paranoia, que están fuertemente vinculadas al fracaso; gente enojada que necesita echarle la culpa a otros por sus carencias materiales o emocionales. Marx y Engels hablaron en 1845 del “lumpen proletariado” en “La ideología alemana”, refiriéndose a personas que se encontraban en una situación de marginalidad laboral, con trabajos ocasionales que no llegaban a ligarlos con la clase obrera, la clase proletaria, y por tanto no se identificaban con sus intereses y con sus luchas. Los tiempos han cambiado, las relaciones socioeconómicas, si bien se mantienen en lo esencial, han establecido algunas variaciones en su estratificación. Hoy las clases medias, lo que alguna vez se llamó la ‘pequeña burguesía’, también tiene sus lúmpenes. El lumpen tiene como consecuencia de su condición no integrada una ética particular, que podría llamarse la ‘no ética’ o ética del sobreviviente, que incluye el delito y la traición porque no hay límites ni pertenencia, sólo la salvación individual. El profundo resentimiento que los habita les hace necesario encontrar enemigos a quienes odiar para depositar en ellos la carga de su frustración, cuando no encuentran el odiado específico derraman su odio sobre la sociedad, en este caso con la salvaguarda de sus amos, aunque a veces se les puede escapar algún odio lateral, verbigracia Madanes Quintanilla o Paolo Rocca.
Es llamativo como la caracterización del ultraderechista, del fascista; y recuerdo lo que decía Bertold Brecht para entender el parentesco entre Macri y Milei o entre Martínez de Hoz y su tribu con los militares de la dictadura del ’76, “nada más parecido a un fascista que un burgués asustado”; como decía más arriba, la caracterización del fascista es notablemente parecida a lo que el DSM IV (manual de trastornos de la conducta utilizado en psiquiatría) dice del sociópata. Odia a la sociedad y querría vengarse de ella cruelmente, tiene amor patológico por algunas personas que funcionan como su fetiche y está caracterizado por ataques de ira incontrolables.
Es sabido que cuando las tropas estadounidenses invadieron Irak con el pretexto de buscar las armas de destrucción masiva que no existían, sólo existieron cuando EE. UU. le dio a Sadam armas químicas y las usó contra los Kurdos; contrataron tropas mercenarias ataviadas con uniformes negros, y estas iban rematando a los civiles heridos, hombres, mujeres o niños, jóvenes o ancianos, haciendo lo que los soldados se negaban en muchos casos a hacer. Esta es la ética del lumpen, en este caso como ‘soldado de fortuna’ que Hollywood en muchas ocasiones ha llevado a la condición de héroe.
Cuando un paciente internado en terapia intensiva hace un brote psicótico como consecuencia de una experiencia que le resulta intolerable, la vuelta a la realidad que todos compartimos se produce cuando puede recuperar el contacto con sus seres queridos, sus puntos de referencia.
Tal vez sólo cuando logremos recuperar la condición de ser puntos de referencia desde nuestra conducta y nuestras propuestas con los integrantes de nuestro pueblo logremos que mucha gente salga de este estado de psicosis colectiva que les hizo elegir la aventura, que permitió que se estableciera este gobierno de lúmpenes al servicio de las corporaciones multinacionales, del capitalismo financiero y de un imperio norteamericano en decadencia que se comporta como el burgués asustado.

Columnista invitado
Daniel Pina
Militante. Ex-preso político. Médico especialista en Terapia Intensiva. Jefe de Terapia Intensiva del Hospital Milstein. Psicoterapeuta dedicado al tratamiento de Trastornos post- traumáticos.













