Los siemprevivos
No eran héroes de bronce.
Eran panaderos que dejaban la masa leudar
mientras soñaban con justicia,
maestros que dibujaban el futuro en un pizarrón gastado,
estudiantes que se jugaban la vida
por un mimeógrafo manchado de esperanza.
Eran como cualquiera del barrio:
con la risa fácil,
los bolsillos vacíos,
las manos dispuestas.
Los acusaron de peligrosos
porque pensaban en los demás.
Y los arrancaron de la mesa familiar,
como si quitaran un plato
y creyeron que así borraban un destino.

Pero los desaparecidos
-igual que las estrellas-
solo se ven cuando la noche es más negra.
Carta a una madre que sigue esperando
Madre,
¿cómo consolar una silla vacía?
Te dicen que busqués en papeles viejos,
en archivos manchados de miedo.
Pero vos sabés,
y yo también sé,
que tu hijo no es un número.
Está en el olor del jazmín que entra por la ventana,
en el canto del panadero que amasa la esperanza,
en el puño de un pibe que no soporta la injusticia.
Y cada día, desde que te arrancaron tu hijo,
lo sentís en tu corazón
y lo abrazás muy fuerte,
para que no te lo quiten de nuevo,
para que te acompañe a la mesa,
para reír con vos y probar el vino nuevo.
A veces, en las mañanas de niebla,
el plato suena.
Un tintineo leve, como si un cuchillo rozara el borde.
Es él, madre.
Es su manera de decirte
que esta mesa, esta casa, este país,
no se cuentan solo con los que están visibles.
Cincuenta años son nada
cuando el amor detiene el tiempo.
No tengo llaves que abran prisiones,
ni palabras que devuelvan nombres.
Pero te abrazo, madre,
te abrazo como hijo, te abrazo como abuelo,
y te digo bajito, con respeto y con ternura:
tu hijo vive en vos,
y en todos los que no lo olvidamos.
Los hijos del silencio cantan
Medio siglo.
Las botas se oxidaron,
pero las fosas aún sangran raíces.
Los pañuelos blancos siguen andando,
y ya no son solo de las madres:
los llevan nietos que crecieron buscándose,
hijos que descubrieron tarde su verdadero nombre,
jóvenes que besan en las plazas
bajo rostros que nunca envejecen.
¿Cómo explicarle a la historia
que la dictadura duró una noche
y el duelo dura generaciones?
Hoy, a 50 años,
el mundo habla de desaparecidos.
Nosotros hablamos de presencias que insisten.
Madre, tu hijo no se fue.
Se quedó en un pliegue del tiempo,
en esa esquina precisa donde la justicia se demora
pero no se niega.
Y cada vez que ponés su plato,
le das de comer al futuro que vendrá.
Los opresores pensaron
que el tiempo sería su cómplice.
No sabían
que la memoria -como musgo-
crece en la humedad de las pesadillas.
Y que los que dieron la vida por los demás,
aunque los maten mil veces,
nunca dejan de nacer.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













