
“Contratapa
“El día que faltaba en el almanaque libertario
“Los argentinos regresamos de la última dictadura con demasiadas heridas en la piel, el alma y los bolsillos. La borrachera de impunidad con la que se ejecutó a sangre y fuego el cambio de la matriz económica desgastó la fuerte imagen simbólica que la clase media tenía de los uniformes en el 76. Ese extraño sinónimo de “orden y honestidad” en el que se había convertido la vida castrense se pulverizó después del terrorismo de Estado y Malvinas. El bronce de esas estatuas infames bajaron tanto su cotización que tuvieron que pensar nuevos mecanismos de dominación. Los aliados de siempre ya no servían. Otra vez el pueblo tenía que hacerse cargo de la reconstrucción, pero en esta oportunidad, no solo teniendo que levantar la quiebra habitual en la que siempre los liberales dejaban el balance. Regresábamos a la Constitución después de un genocidio y una guerra perdida. Treinta mil desaparecidos y 649 muertos en combate encabezaban la larga lista de ausencias. Madres, Abuelas, exiliados, presos políticos, el sindicalismo de “Paz, pan y trabajo” y los pibes que pelearon contra los restos del imperio británico lideraron la resistencia.
“Sobre la espalda del pueblo argentino quedaron todas las responsabilidades: el regreso de las urnas, reinstalar los derechos, recuperar la industria nacional, salir de la dolarización cotidiana, padecer la extranjerización de los medios de producción, pagar la deuda externa desde las cenizas y gritar por las calles “juicio y castigo a los culpables”. Y a pesar de todo, volvió la democracia como derecho a la esperanza.
“Los gerentes escaparon de sus culpas, en esa Argentina amarga de la “plata dulce”. De la mano de la medida más “socialista” que recuerda el archivo de los Chicago Boys, lograron la estatización de la deuda externa privada y el pobrerío cargó en sus cuentas por generaciones el pago de 17 mil millones de dólares que salvó a 70 grupos millonarios.
“La democracia de los 80 en toda América latina fue condenada a ser rehén del FMI y el Consenso de Washington, amenazada por las “patrias financieras” de aquí, de allá y de todas partes. Se puso en marcha en todo el continente la segunda fase del “Plan Cóndor”, a través de la dependencia que prometían los compromisos impagables que habían firmado los gobiernos ilegales e ilegítimos. Y entre la falta de rebeldía económica y la traición política, se consumieron los primeros 20 años de neoliberalismo. Vacaciones en Miami por YPF o una foto con Mickey en Disneylandia, a cambio de los ferrocarriles. Muchos de los voceros de la esperanza que habían prometido enfrentar al enemigo se dedicaron a dar clase sobre cómo administrar la escasez en lugar de resolverla.
“Sin embargo, y a la salida de la peor tormenta que construyeron privatizaciones, deuda, importados y convertibilidad, hubo un tiempo en que los viejos derrotados agarraron de la solapa a la utopía, para transformarla en realidad. Terminaron con las leyes de perdón y dejaron al futuro en manos de memoria, verdad y justicia. Un tiempo de revancha, muchísimo más largo que el imaginado y más corto que el necesario; una democracia de carne y hueso en la misma Patria que había perdido la brújula. Después de la década ganada, vino la perdida y otra restauración conservadora volvió a convertir lo elemental en quimera, para que los sueños más nobles fueran diagnosticados como arrebatos irracionales. En el presente, sobrevivimos pataleando en un sistema de baja intensidad, chiquitito, casi imperceptible; solo destinado a profundizar la crisis generada por una ultraderecha obscena dispuesta a todo, despojada de la vergüenza que antes le producía publicar sus planes. La democracia se convirtió en un territorio invadido por sus enemigos, pero que extrañamente ahora lucen banda presidencial en el pecho.
“Aquel 10 de diciembre de 1983, en el que salimos a copar las calles sin necesidad de DNI en el bolsillo, encontramos miles de cómplices lejos de nuestras propias banderas para confirmar la realidad de ese día multipartidario y fugaz. Se mixturaban en las calles, la veteranía cruelmente apaleada y la juventud ilusionada; pero en el living y frente a la tele se había quedado la supuesta madurez que auspiciaba el equilibrio imposible entre el bien y el mal. En la porción del planeta que se percibe teóricamente democrático, 42 años después manda la economía concentrada que lideran los monopolios que nadie vota. Reinan la especulación financiera y las corporaciones que culpan a la política de todos los males que ellas mismas generan. Sin embargo hay una Argentina que resiste, que atesora recuerdos épicos de las generaciones que, a partir del siglo XX, estrenaron orgullo los derechos nuevos, cuando ya no podían seguir esperando.
“A casi tres meses del medio siglo que nos separa del 24 de marzo de 1976, la democracia del sur está en peligro de extinción. Un tiempo dominado por el poder de fuego de las usinas de discursos de odio que ensanchan peligrosamente sus límites a través de la voracidad de sus medios de comunicación y redes sociales. La antipolítica logró que la violencia disciplinadora se naturalice, que millones desarmados frente a una pantalla contemplen inermes la consecuencia fatal de estrategias persecutorias. El resultado temporario de esta mezcla de tolerancia y resignación al dolor se traduce en un hostigamiento sin par al sistema democrático. Instalaron una grave sensación de desamparo, que bautizaron “insatisfacción democrática”. El producto en el que convirtieron a millones es un ser demasiado funcional al enemigo, controlado por los efectos de una rara ausencia de condena pública a todas las decisiones que se toman en su contra.
“Milei ya pasó dos 10 de diciembre y en ninguno sintió la necesidad de una refencia hipócrita, mínima o protocolar. Una fecha fundamental, que no por casualidad falta en el almanaque libertario, porque quizás su ausencia se deba a que nadie festeja derrotas.
“Al presidente de la antipolítica le tocó asumir cuando el sistema cumplía cuatro décadas de aquel regreso que abrió la etapa más duradera desde que el pueblo entró a la Rosada por primera vez, con el voto universal y secreto. No cree en “un hombre, un voto” y siente que la política ejerce su propia teoría del derrame; que los derechos de los nadies son ropa usada del “poder real” que casi siempre te queda un par de talles más chica. La comparsa aplaudidora que lo acompaña, en la que conviven estafadores, coimeros, apologistas del “Proceso”, mesadineristas, cipayos, represores, la familia judicial, negacionistas, terraplanistas y antivacunas, tomaron a la democracia como botín de guerra.
“En 2025 ella existe aunque la nieguen y si está viva a pesar de todo, aún puede ser ese escenario de dignidad posible, que alguna vez nos prometieron.
“Pagina12.com.ar
“Gustavo Campana
“8 de diciembre de 2025”.













