De tu Abu para Martina, mi nieta
La tarde cae suave en el living. Martina está acurrucada en el sofá, con la foto entre las manos. Tiene quince años, los ojos del mismo verde esperanza que los tuyos en 1973, y no puede apartar la mirada de la imagen.
-¿Y vos también estuviste ahí, abuelo?- me pregunta.
Me inclino hacia ella y señalo con el dedo tembloroso al joven del primer plano. Lleva una camiseta negra con rayas blancas horizontales, la sonrisa ancha bajo la pancarta que defiende los derechos conquistados por los compañeros del Banco de Previsión Social.

-Sí, vida mía -respondo, con una mezcla de orgullo y nostalgia-. ahí iba yo-.
Ese muchacho daba clases de periodismo por las noches. Y durante el día, aprendía coraje con los trabajadores del banco. Fueron ellos quienes nos eligieron -a mí y a otros compañeros- para ser su voz, cuando el miedo quería volverse costumbre y la injusticia, ley.
Martina abre grandes los ojos.
-¡Uff! Quiero saber todo: las asambleas, las discusiones…-.
-Ah, Martu… si te contara cómo temblaba el aire en esos salones… -le digo, y la voz se me enciende con una lumbre antigua-. Había gente con vaqueros y otros con corbatas. Todos participábamos de las asambleas, decidiendo lo mejor para el banco, pero también para nuestras propias vidas. Allí, sin saberlo, amasábamos nuestro destino.
Había trabajadores que recitaban a Neruda, otros que leían a Perón, cajeras que citaban a Evita. Eran tiempos de decisiones grandes, no aptos para tibios. La mayoría -los más jóvenes- apostamos por la participación y el cambio. Y aunque las piernas temblaran, las convicciones nos hacían valientes. No éramos profesionales de la bronca: aprendimos a fuerza de escuchar, de equivocarnos y de volver a intentar.
Hago una pausa.
-Hoy no es día de detalles. Hoy quiero que entiendas por qué luchábamos-.
Le señalo la pancarta. El sol de 1973 aún parece iluminar esas letras impresas con urgencia y esperanza.
-Mirá esa consigna. No pedíamos armas ni odio. Pedíamos pan -porque nadie debería dormirse con hambre-, y libros -porque un pueblo que lee es un pueblo que elige-. Y creamos la Escuela Sindical Bancaria. Éramos así, Martina: gente que creía que la dignidad cabía en dos palabras sencillas-.
Ella me mira con esa intensidad serena de quienes están creciendo sin perder la ternura.
-¿Y por qué salían a la calle, abuelo? Si eran tiempos difíciles…-.
-Porque creíamos -respondo- que Argentina podía ser un país donde un empleado no tuviera que mendigar un aumento, donde un chico de barrio pudiera estudiar medicina, donde la justicia no fuera un privilegio, sino un derecho para todos-.
La voz se me quiebra apenas.
-No sabíamos que detrás de aquel golpe venía la noche-.
Martina aprieta la foto. Siente el peso de lo no dicho.
-Tus preguntas, Martu, son las mismas que me hacía yo a tu edad: ¿por qué el mundo duele tanto?, ¿por qué algunos nacen con todo y otros con nada?. Salimos a la calle porque no soportábamos las respuestas-.
Me levanto despacio. En el estante, entre los libros, hay un pañuelo blanco que arrugo con una mano.
-Tu papá no había nacido aún -le digo-, pero ya lo llevaba acá adentro.
Toco mi pecho, con el corazón latiendo como aquel día.
-En cada asamblea, en cada marcha, pensaba: “algún día mis hijos nacerán en un país mejor”-.
Ella se acerca. Sus lágrimas no son tristes: son raíces buscando tierra.
-No lo logramos del todo, cielo. Vinieron los lobos con uniforme. Y vos sabés el resto-.
Silencio. Solo el tic-tac del reloj abuelo contando segundos de memoria.
-Pero mirame bien, Martina. Vos tenés mi misma luz en la mirada. Y cada vez que defendés a un amigo, cada vez que repartís tu merienda con quien no tiene, cada vez que decís “eso no es justo”… ahí está la victoria-.
Le entrego la foto. Sus dedos acarician el papel como si fuera piel viva.
-Guardala. Y cuando dudes de si vale la pena luchar por algo bueno… mirame a los diecinueve años, ahí, al frente, con la certeza de que valía la pena soñar-.
Porque al final, nieta querida,
ellos no mataron lo esencial:
esa semilla de dignidad
que hoy florece en vos.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













