-Isabel Pereira ha dejado instrucciones precisas respecto de su legado -dijo Casacordero mientras espaciaba su mirada aguda y filosa de la cara de Juan a los papeles de un voluminoso folio que se encontraba dentro de la carpeta de la calavera.
Casacordero era extremadamente delgado, casi se podría decir enjuto. Detrás de los anteojos redondos se podían distinguir dos ojos grises y fríos como el aluminio. Sus manos larguísimas tocaban los papeles con tal magnetismo que éstos parecían moverse no por acción de esos dedos filiformes, sino por un cierto imán que emanase de ellos. Estaba vestido con un traje perfecto, del mismo color de sus ojos, y todo en él emanaba impecabilidad, pensó Juan.
-¿Pero por qué Isabel me dejaría un legado a mí, que sólo era su vecino de casa? ¿No tenía parientes, amigos?-.
-No. Le ha dejado a usted un importante instructivo que le sugiero que leamos ahora mismo, no hay tiempo que perder-.
-¿Instructivo?-.
-Bueno, algo así-. Casacordero mantenía abierto el dossier con una mano y se detuvo a mirarlo con esos ojos de lanza, al tiempo que esbozó una sonrisa entre espantosa y seductora. Juan pensó que de ese modo debería sonreír el conde Drácula un instante antes de clavar sus colmillos en el delicioso cuello de una presa a la que antes había hipnotizado con sus poderes sobrenaturales.
-La señorita- y el abogado pareció subrayar la palabra señorita -Isabel Pereira lo ha nombrado a usted, Juan Arriaga, único heredero de todos sus bienes, con las condiciones que a continuación se detallan.
Juan pensó en un instante que los únicos bienes que Isabel Pereira podía haberle legado debían limitarse a esa araña de caireles que había sido su patíbulo, y un montonazo de muebles viejos dentro de los cuales vaya a saber qué había, un tesoro de diamantes sin dudas no. Y encima condiciones, esta mujer estaba totalmente desquiciada, acabó de pensar en el momento en que Casacordero, apuntando a un documento sus lacerantes ojos grises dijo: -El departamento del primer piso en el que habitaba la difunta, con todo su mobiliario, y los restantes siete departamentos que conforman el complejo denominado “el pasillo”, entre los cuales se encuentra el que actualmente alquila el beneficiario de este testamento, señor Juan Arriaga. También lega a la misma persona su casa de calle Olascoaga al 500 del departamento de Las Heras, y su finca de Vistaflores, departamento Tunuyán, con su casa anexa, cultivos, frutales, etc. A estos inmuebles se suma una cuenta bancaria cuyo monto -que le revelaré si usted decide aceptar el legado- le permitiría vivir de rentas, digamos, durante tres o cuatro vidas.
Juan Arriaga estaba tan clavado en su silla como un Jesús sentado. Sólo atinó a pensar en qué clase de condiciones debería aceptar para heredar semejante fortuna. No tuvo tiempo para explicarse cómo Isabel Pereira había mantenido en secreto que era la dueña del conventillo, y además era rica, ni en el porqué de las advertencias de Melchor Montoya, porque Casacordero prosiguió con una voz -que se le antojó sibilina-, con la lectura de las condiciones indispensables para recibir la herencia, y que habían sido puestas como requisito insoslayable por la difunta.
Al salir del edificio donde se encontraba el estudio legal, Juan Arriaga se sentía como si hubiera tomado tres vodkas puros y se hubiera fumado tres porros al hilo. Tenía muy claro que había aceptado todas las condiciones requeridas por Isabel Pereira sin chistar, porque quería heredar todos esos bienes y dejar de enseñar sujeto y predicado mientras se las ingeniaba para llegar a fin de mes. Llevaba bajo el brazo una carpeta de papeles y un libraco ajado que formaba parte de los “instructivos” a los cuales podría recurrir en caso de haber aceptado las condiciones de la herencia.
-No se preocupe. Es decir, sí, hay riesgos, naturalmente, pero las condiciones solicitadas -digámoslo así- por la señorita Isabel Pereira son absolutamente de índole justa, es más, me atrevería a decir, humanitaria -había dicho Casacordero sacándose los anteojos redondos y mirándolo con esos ojos grises que parecían cortarlo en pedazos mientras sonreía con una suerte de bonhomía que tenía algo de piedad tácita.
El departamento, o ese lugar que constaba de una sala hacia la que se abría un arco de medio punto que pretendía separar la mínima cocina del resto, y que sólo constaba de un escueto dormitorio y de un baño insólitamente grande e igualmente vetusto como todo el resto de la construcción, le pareció extraño cuando regresó, mucho tiempo después, tras haber recorrido tantas cuadras que sin saberlo había hecho todo el trayecto a pie desde el centro de la ciudad. No tenía patio como presumía que tenían los restantes seis departamentos del pasillo (ahora le parecía que era más elegante decir pasillo y no conventillo), pero tenía la ventaja que sus dos únicas ventanas daban a la calle. La del salón era grande y dejaba entrar bastante luz, si luz se podía llamar a ese fulgor apaleado que se filtraba entre los grandes árboles de la calle y que en la Cuarta siempre parecía salido más de un juego de espejos que del propio cielo. Se sentó en su poltrona y acarició con las manos los desplumados apoyabrazos. Sobre las rodillas se apoyaban la carpeta y el libraco que desde ahora eran no sólo parte de su herencia, sino tal vez la clave de su vida misma.
Casi sin darse cuenta apoyó la cabeza en el alto respaldo de la poltrona estampada, y se quedó dormido. Había sido un día inesperadamente agotador y sentía en la cabeza la voz de Edelmiro Casacordero, que se apoyaba en un rayo gris plateado, reluciente como un astro de aluminio, que se le acercaba peligrosamente bajo la forma de una espada y lo llenaba de miedo, pero en el instante en que parecía que iba a atravesar su cuerpo, se ablandaba y lo acariciaba con morbosa lascivia, buscando entre su saco y su camisa alguna hendija para tocarle el pecho tembloroso. La espada plateada se había convertido en una suerte de lengua delgada como el mismo Casacordero, y empezaba a penetrar su piel, a pasar debajo de sus tetillas con un cosquilleo extraordinario que le producía un aterrorizado placer. Se quedó inmovilizado por ese látigo de carne argentada que estaba envolviéndolo por dentro, sintiendo cómo iba bajando desde su pecho a su vientre, y morosamente se asomaba por su ombligo como uno de los ojos grises del abogado, para luego volver a entrar en su cuerpo y seguir descendiendo hasta su pubis. La sensación de placer y abismo eran tan grandes que en el momento en que esa lengua obscena alcanzó su miembro y sus testículos, un estremecimiento parecido a un terremoto lo sacudió y lo hizo despertarse casi avergonzado pero extasiado. Todavía sentía entre las piernas ese extraño fulgor plateado y empapado, cuando notó que lo que en realidad tenía sobre las piernas y se había deslizado a su entrepierna era un sobre marrón de papel madera.
Lo tomó entre sus manos aún temblorosas por la reciente experiencia onírica, y se quedó mirándolo ausente. Después lo abrió -no estaba pegado- y sacó de su interior un papel blanco doblado. Lo leyó con morosidad pero en ese mismo instante se terminó de despertar. En el papel simplemente decía, escrito con lapicera y en manuscrito: se lo advertimos, no debía aceptar el legado de Isabel Pereira.
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).













