
18. La guerra de Malvinas
Apenas se levantó, tuvo la sensación de haber tenido una pesadilla, pero no logró enfocar a los personajes; los rostros le eran familiares, aunque no encajaban en nada que pudiera reconocer. Ni siquiera sabía de qué se trataba la anécdota del sueño.
Pero sabía que había sido una pesadilla. Ya había pasado antes por esa sensación de pesadez que no estaba relacionada con la comida de anoche, aunque tampoco había sido la mejor: lo último que había comido era un choripán en la Ruta 2, al volver de Mar del Plata.
Pero no era la comida. Mientras terminaba de afeitar su dura barba -como para barrer el mal recuerdo de la noche- creyó que el origen de la pesadilla era la discusión con su esposa. Odiaba discutir con ella; entonces todo le caía mal, lo ponía de mal genio. Sobre todo, porque nunca encontraba las palabras adecuadas para responder y quedar bien parado; dijera lo que dijera, siempre quedaba en “orsai”, fuera de línea, en una posición adelantada de lo que se estaba discutiendo. Y eso lo descalificaba.
Le pesaba el viaje inútil a Mar del Plata. No había logrado el efecto buscado cuando se embarcó en tomar posesión de esa casa mal habida, añadiendo más misterios a los que podría ser capaz de responder en el juicio final. ¿Qué diría cuando aquel que está sentado a la diestra de Dios Padre le preguntara por la niña rubia? Esa que el militar había dicho que era su hija.
En ese momento se dio cuenta que un hilo de sangre le caía por el mentón. Miró la imagen que el espejo le devolvía: el pelo corto, apenas encanecido; el rostro afable, de porteño canchero, que tan bien había asimilado; la sonrisa apenas esbozada en la comisura de los labios. Y se dijo a sí mismo en voz alta:
-Qué pelotudo que sos ¿cómo es que aún no has cambiado estas mierdas de Gillette por una afeitadora eléctrica?-.
Dicho esto, se enjuagó la cara, buscó una pomada astringente, localizó el pequeño tajo en la mejilla y frenó el sangrado de la herida. Fácil.
Por la tarde, cuando salió del cuartel, pasó por un negocio de artículos para el hogar en la avenida que bordea el cuartel y compró la afeitadora de la tele. Seguramente esos holandeses eran mejores haciendo afeitadoras que jugando al fútbol, pensó mientras esperaba que le entregaran la elegante caja con todos los componentes. Sacó un fajo de billetes y pagó al contado.
Cuando llegó a casa, antes que pudiera compartir con su familia la compra de la afeitadora eléctrica, su esposa le dijo:
-Ya arreglé lo de tu sobrina. Cuando me llamó tu cuñada, le dije que hablara con mi primo, el que trabaja en la SIDE. Él me dijo que la gente del Ejército tenía a tu sobrina y que se podía solucionar…-.
El militar quedó inmóvil, con el artefacto nuevo y la cajita en la mano, parado en medio de la sala donde estaba el televisor. Miraba sin ver, y su respiración era el único sonido que alcanzaba a salir de su boca.
Al poco tiempo -para él, casi al día siguiente- lo trasladaron abruptamente. Fue a parar a una guarnición militar en el sur del país, lo que al militar le sonaba más a castigo que a un traslado común. Pensó que, si alguno de sus jefes se hubiera enterado que su esposa había ayudado a una subversiva a escapar de un destino cierto de desaparición, lo más probable era que lo hubieran dado de baja por traición. No tuvo el valor de preguntar por el motivo del cambio.
Después quedó pensando que la ayuda de su esposa podría haber significado para su carrera y su proyecto de vida, quizás un salvavidas de plomo. La duda lo carcomió. Intentó encontrar una explicación al hablar con el mayor Raúl. Éste le dio una palmada en la espalda y le dijo:
-Así es la vida del militar, pibe. Un día estás aquí, al otro, estás allá-.
Intentó una respuesta, una reflexión; quiso acotar algo y solo logró balbucear un montón de palabras juntas que sonaron como: “quelevachaché”, que le dejaron en la boca el agridulce sabor del abandono. Lo habían dejado solo.
De un día para otro se encontró en una ciudad desconocida, donde el viento soplaba al amanecer y seguía soplando al acostarse. Viajó solo en un avión militar. Su familia lo seguiría cuando él consiguiera una casa donde vivir.
En ese ámbito agreste tuvo que resignarse a la vida de cuartel y nada más. No había construcciones que realizar ni carniceros que proveer. La nómina del personal era escasa, la cantidad de construcciones también. No había nada que hacer hasta que algún iluminado pensó que, para tapar los crímenes que venían cometiendo desde el manejo del Estado, una guerra contra el Reino Unido era la mejor solución.
Nunca supo por qué él, que nada sabía de estrategia militar, fue asignado a participar en la guerra por las Malvinas, ni por qué la Beretta calibre 22 -como él- quedó en tierra firme y nunca fue a las islas.
Quizás fue mejor así. En las islas, el frío inutilizó las armas, congeló los mecanismos y dejó a miles de soldados con fusiles que no respondían cuando más los necesitaban. Muchos murieron allí; otros volvieron con algo roto que nunca pudo repararse. Algunos no volvieron del todo.
A los que sobrevivieron, nadie se supo qué hacer con ellos. Hubo castigos absurdos, hambre, humillaciones, improvisación. Y después, silencio. Un silencio largo, espeso, que siguió cobrándose vidas cuando ya no había disparos.
La Beretta calibre 22 no conoció nada de eso. Permaneció en el sobaco, tibia, protegida del viento patagónico y de la intemperie moral de una guerra inútil en una ciudad del sur.
Esa ciudad, que formaba parte de la gran unidad con responsabilidad en la Patagonia, tuvo especial importancia durante la guerra de Malvinas, al integrar el Teatro de Operaciones Malvinas y, posteriormente, el Teatro de Operaciones Sur. Allí cumplió el último destino de su vida militar en ascenso.
Porque, claro, el paso del tiempo y los buenos servicios prestados a la patria, además de los acuerdos obtenidos que sirvieron para engrosar los bolsillos y las propiedades de quienes estaban envueltos en la trenza, le habían pavimentado el ascenso en la jerarquía militar hasta el máximo posible.
Aunque estuvo dedicado a tareas administrativas en el cuartel de esa ciudad patagónica, durante la fracasada guerra fue activo en la compra de suministros y en la logística del envío a las tropas en las islas. También le tocó, como máximo oficial al mando, tomar decisiones bélicas cuando todos los demás jefes se tomaron el fin de semana largo para visitar a la familia o concretar el ansiado viaje a Miami para comprar una TV a color. No fueron sus estrategias -para las que nunca había sido entrenado- las que condujeron a la derrota.
Fue el desatino de todo el cuerpo militar. No es lo mismo perseguir a estudiantes, sindicalistas y jóvenes díscolos; secuestrarlos, torturarlos, desaparecerlos y quedarse con sus bienes o con sus hijos, que enfrentarse a una fuerza armada real.
Habían confundido obediencia con capacidad, impunidad con poder, miedo con autoridad.
El militar había sido parte de la insurrección contra el poder político, de la toma del poder mediante la guerra sucia contra los civiles de la patria y, al final, de la guerra perdida contra el ejército inglés.
Miró el arma y, en algún lugar dentro de sí, pensó que quizá se había equivocado en la elección de su carrera.

Todo en lo que había participado había salido mal.
Aun así, la vida le había devuelto algo parecido a un premio: una casa en Mar del Plata, un par de departamentos en Buenos Aires, una cuenta en dólares en un banco suizo.
Y una niña rubia que le decía “papá” con todo el amor del mundo.

Columnista invitado
Rodrigo Briones
Nació en Córdoba, Argentina en 1955 y empezó a rondar el periodismo a los quince años. Estudió Psicopedagogía y Psicología Social en los ’80. Hace 35 años dejó esa carrera para dedicarse de lleno a la producción de radio. Como locutor, productor y guionista recorrió diversas radios de la Argentina y Canadá. Sus producciones ganaron docenas de premios nacionales. Fue panelista en congresos y simposios de radio. A mediados de los ’90 realizó un postgrado de la Radio y Televisión de España. Ya en el 2000 enseñó radio y producción en escuelas de periodismo de América Central. Se radicó en Canadá hace veinte años. Allí fue uno de los fundadores de CHHA 1610 AM Radio Voces Latinas en el 2003, siendo su director por más de seis años. Desde hace diez años trabaja acompañando a las personas mayores a mejorar su calidad de vida. Como facilitador de talleres, locutor y animador sociocultural desarrolló un programa comunitario junto a Family Service de Toronto, para proteger del abuso y el aislamiento a personas mayores de diferentes comunidades culturales y lingüísticas. En la actualidad y en su escaso tiempo libre se dedica a escribir, oficio por el cual ha sido reconocido con la publicación de varios cuentos y decenas de columnas. Es padre de dos hijos, tiene ya varios nietos y vive con su pareja por los últimos 28 años, en compañía de tres gatos hermanos.











