Hoy es día de Reyes Magos.
Como siempre llevamos a la Catedral a todos los mayores.
Hoy algo pasó!
No habló fuerte el cura.
No levantó la voz.
Pero mientras hablaba, algo en el pecho se me iba arrodillando solo.
Dijo que los Magos no eran turistas del misterio.
Que la estrella no era un adorno del cielo,
sino una herida de luz que los sacó de su casa.
Y que ponerse en camino nunca es cómodo:
hay noches sin señal,
hay preguntas sin respuesta,
hay desiertos que no figuran en los mapas.
Dijo que buscar a Dios siempre desordena la agenda.
Cuando llegaron, no hicieron reverencias prolijas.
El Evangelio no dice “se arrodillaron”.
Dice algo más hondo: cayeron.
Como cae el orgullo cuando se queda sin argumentos.
Como cae uno cuando entiende, de golpe,
que está frente a una verdad que no se puede negociar.
Cayeron porque el cuerpo entendió antes que la cabeza.
Porque ese Niño no era un símbolo,
ni una idea tierna para cuadros navideños.
Era Dios respirando bajito.
Dios dejándose mirar.
Y cuando uno ve eso,
las piernas no sostienen.
Se cae lo que sobraba.
Se cae la máscara.
Se cae la autosuficiencia.
Queda solo el silencio que adora.
Después vino el gesto sencillo: abrir las manos.
No trajeron lo que no tenían.
Trajeron lo suyo.
Oro trabajado, incienso perfumado, mirra amarga.
Cada uno entregó lo que era,
lo que había cargado durante años.
El cura dijo algo que me quedó vibrando:
Dios no espera regalos perfectos,
espera corazones que ya cayeron de rodillas.
Lo demás es consecuencia.
Y entonces, cuando ya estaban llenos de esa presencia,
cuando el alma había encontrado su centro,
no regresaron por donde habían venido.
No podían.
El camino viejo ya no les servía.
Dios no nos devuelve iguales.
Nos devuelve distintos.
Por eso los Magos son de todos los colores,
de todas las tierras,
de todas las historias.
Porque ese Niño no pertenece a un pueblo solo.
Es la casa común donde todos somos recibidos.
El cura terminó sin cerrar del todo,
como dejando la puerta entreabierta.
La Epifanía no es un recuerdo.
Es una invitación.
Ponerse en camino.
Caer de rodillas.
Ofrecer lo que uno es.
Y animarse a volver a la vida…
pero por otro sendero.
Salí de la catedral despacio.
La ciudad era la misma.
Pero algo, muy adentro,
había cambiado de dirección.
FELIZ DÍA DE REYES MAGOS 2026

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













