
(viene de la edición anterior)
Juan Arriaga no sabía por qué Melchor Montoya le había dado una pistola para exterminar las eventuales ratas del merendero. Le pareció un poco desproporcionado, aunque pensó que se trataría de un arma fabricada específicamente para esa función. Además, no sólo jamás había tenido una pistola en las manos, ni siquiera la había visto personalmente, sólo en las películas. La miró con más curiosidad que temor, era una copia perfecta de una pistola, se dijo, mientras imaginaba que los proyectiles serían algo parecido a los perdigones o balines.
El merendero era un galpón alto, con techo parabólico, que había servido como desarmadero, y los vecinos del barrio lo habían ocupado cuando finalmente la policía desmanteló el negocio de autos robados; lo limpiaron, lo blanquearon, y pusieron tablones, sillas rescatadas de las casas, y armaron como pudieron una cocina. Ese día habían asistido todos, y Juan Arriaga se sentía un poco un sapo de otro pozo, a pesar que estaba muy familiarizado con la pobreza, había sido su hogar toda la vida. La alegría y la fuerza de esa gente le daba un poco de vergüenza, pero lo peor fue cuando vio que de un automóvil con escolta se bajaba el intendente para inaugurar el merendero. En ese momento comprendió la humillación, y se escabulló a la cocina para no ser mirado como otro infiltrado en ese logro popular. En la cocina observó las cajas de leche en polvo y de fideos, y comprobó con estupor y asco que estaban siendo atacadas por unos pericotes del tamaño de gatos. Sacó de su mochila la pistola y como pudo apuntó a los gigantescos roedores. Los disparos eran sordos, tal vez sería por el caño tan largo de su arma, pero al ser realizados desde tan corta distancia no fallaban. Una verdadera masacre. Se sorprendió de su propia sangre fría, tal vez se debía a que había visto a toda esa gente del barrio, al intendente, y eso le dio fuerzas para matar a los pericotes.
Buscó dónde habría una escoba para recoger los varios cadáveres que habían quedado inertes alrededor de las cajas, pero cuando pensaba cómo hacerlo, su mirada se topó con la de Melchor Montoya.
Estaba de pie en la salida al exterior de la cocina, y sonreía con ese aire un poco sobrador que le encendía los ojos. -Deje nomás, yo me encargo- dijo sin moverse ni sacarse las manos de los bolsillos del paletó. -Usted vaya tranquilo, ya va a tener noticias nuestras-.
Juan Arriaga salió de la cocina por la puerta que daba detrás del galpón merendero, y se alejó un poco desconcertado. Se dio vuelta para mirar y vio que Montoya sacaba a la rastra un bulto de nylon negro, largo y que parecía muy pesado. Apuró un poco el paso mientras pensaba en la velocidad de ese hombre para poner todos los pericotes en esa bolsa, y se preguntó dónde la cargaría, pero ya se acercaba su colectivo y lo tomó sin volver a darse vuelta.
Cuando regresó al departamento se dio cuenta que estaba cansadísimo. Se tiró sobre la gran cama con respaldo de madera tallada y se durmió en el acto. Soñó que entraba a una suerte de hangar, o depósito inmenso, vacío, y caminaba hacia el centro, donde se apilaban bolsas de naylon negro como la que había visto que arrastraba Melchor Montoya de la cocina del merendero. Se acercaba y mientras las miraba con algo de estupor horrorizado, vio que se movían, entonces con un cuchillo sacado quién sabe de dónde se ponía a cortar una, y al abrirla veía que contenía un cuerpo humano, pero que a la vez no era humano, era monstruoso en cierto sentido, tenía un disparo en la cabeza y cuando lo observaba más detenidamente, el cadáver abrió dos ojos de un color imposible, y empezó a balbucear algo con voz pastosa, “no vas a poder exterminarnos”, le pareció que decía. De un salto, aterrorizado, se alejaba de la bolsa, y en ese momento ese cuerpo extraño se convertía en un amasijo de ratas muertas.
Se despertó arrugado como un papel, y mecánicamente se desvistió, fue al baño y se metió bajo la ducha. Parecía que no terminaba de despertarse. Los azulejos le parecían más brillantes, como lustrados, y el vapor se escapaba por la ventanita abierta como si hubiera un incendio. Cuando se hubo secado, se puso una bata y se sentó a tomar whisky. Entre las tantas cosas que había heredado de Isabel Pereira había una buena cantidad de botellas de las mejores marcas. Lo consideró un regalo personalizado de su vecina y benefactora, y se dedicó a beber tratando de no hacerse preguntas, lo que le resultaba imposible a pesar de los efectos benéficos del alcohol. Todo lo que había sucedido desde la muerte de su misteriosa amiga se apretujaba en su mente intentando encontrar la estantería adecuada para acomodarse, pero no la encontraba, entonces se transformaba en interrogantes que caían en el lago de su conciencia con estridente impacto. En este sonoro silencio se encontraba cuando sonó su celular. Como no estaba muy acostumbrado a este nuevo accesorio, en un primer momento pensó que serían mensajes, pero la repetición del mismo sonsonete lo obligó a levantarse de su poltrona y buscar el aparato, que había quedado en el bolsillo de su campera.
-Buenas noches Juan- la voz era joven aunque vidriosa. -Nos vemos mañana a medianoche en las ruinas de San Francisco-.
-¿Quién habla?- estaba por preguntar cómo sabía su número, pero al instante recordó que ése no era su viejo Nokia.
-Soy Paco, te veo mañana-.
Y colgó. Qué manía de dar citas en lugares raros y cada vez más tarde en la noche, pensó Juan Arriaga, volvió a la poltrona y prosiguió con su amable ocupación de beber whisky. Para el otro día a medianoche faltaban más de veinticuatro horas, podía ser que un meteorito impactara la Tierra, o que un terremoto de escala mil arrasara con el país y el mundo, o sencillamente que no pasara nada y él estuviera puntual, como todo ex docente, en las ruinas de San Francisco, esperando al Paco.
Cuando llegó a las ruinas, le parecieron los esqueletos inermes de ciclópeos dinosaurios petrificados por los milenios justamente en una esquina de la ciudad vieja. Vio que el portón estaba abierto, y entró a la penumbra terrosa de ese relicario que más que a una antigua basílica le hacía pensar en la desidia y el abandono de los gobiernos. Junto a una de las carcomidas torres de ladrillo divisó la figura de un hombre no muy alto, delgado, de cabello largo atado en una cola detrás de la nuca. El hombre le hacía señas de que se acercara, y cuando estuvo a su lado pudo ver que no era un joven como su voz le había hecho creer cuando la escuchara a través del celular, aunque tenía algo de cándido, impresión que se reforzó cuando vio sus ojos celestes y sin malicia. Inmediatamente respiró con alivio, no era la mirada de Montoya, de Casacordero, ni siquiera de la misma Rubí.
-Mirá- Paco le señaló un hueco al pie de uno de los paredones de ladrillos. -Este lugar está lleno de pericotes-.
Juan Arriaga recordó al instante la matanza de los pericotes en el merendero, la bolsa que arrastraba Melchor Montoya y el sueño del hangar, y un mareo lo obligó a apoyarse en el paredón.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).











