Mientras el mandatario argentino Javier Milei intenta, en forma desesperada, colgarse del tren geopolítico de Occidente conducido por Donald Trump, el nuevo orden global se encarga de restringir paulatinamente el unilateralismo que caracterizó las relaciones internacionales desde fines del siglo XX. Las dos cumbres realizadas en las dos últimas semanas, en las que Xi Jinping recibió al presidente estadounidense y luego al líder de la Federación Rusa, Vladimir Putin (foto), expusieron con claridad este cambio de época. El primero de esos encuentros mostró a Trump dispuesto a aceptar las condiciones fijadas por la República Popular China, luego de haber impulsado aranceles del 140 por ciento, un año atrás, y de verse obligado posteriormente a retroceder para resguardar los intereses de las empresas transnacionales estadounidenses necesitadas tanto del inmenso mercado chino como de insumos básicos para su apuesta tecnológica ligada a la Inteligencia Artificial.
Todos los analistas internacionales leyeron aquella visita del dirigente neoyorquino como una señal de la debilidad de Washington ante su anfitrión, que lo recibió con serenidad, parsimonia y referencias históricas a la llamada Trampa de Tucídides. La segunda reunión se presentó como una cumbre destinada a encauzar lo ocurrido una semana antes: Vladimir Putin y el presidente chino se mostraron sonrientes, se definieron como viejos amigos y recordaron que, 25 años atrás, ambos países firmaron su primer Tratado de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación, y que, desde la llegada de Xi Jinping al poder en 2013 hasta hoy, mantuvieron 25 encuentros bilaterales en la capital del País del Centro, haciendo añicos el sueño húmedo de Nixon y Kissinger de enemistar a ambos actores centrales de la arena internacional.
De ambas reuniones se desprenden cuatro derivaciones primordiales: en primer lugar, que Donald Trump optó por retroceder frente a la solidez exhibida por la economía china; en segundo término, que Xi Jinping se afianzó como uno de los árbitros del nuevo orden global, con capacidad política suficiente para recibir, en el lapso de dos semanas, a los líderes de las dos mayores potencias militares del mundo, ambos condicionados por conflictos bélicos en Asia Occidental y en el Golfo Pérsico; en tercer lugar, que la articulación geoeconómica entre Moscú y Beijing se profundiza con el inicio de la construcción del gasoducto denominado Poder de Siberia II, de más de 2.600 kilómetros de extensión, que conectará la península de Yamal, en el Círculo Polar Ártico, con China. Esta tendido añadirá 50 millones de metros cúbicos anuales a los 38 millones que ya suministra el gasoducto Poder de Siberia I, operativo desde 2019. De este modo, Moscú podrá reemplazar e incluso superar el volumen de exportaciones que dirigía a Europa occidental a través de los gasoductos Nord Stream I y II, inutilizados por un atentado con explosiones planificado por la OTAN el 26 de septiembre de 2022. De esa manera, Moscú podrá seguir sorteando las sanciones dictadas por el sistema que le mantiene congelados 330 mil millones de dólares de sus activos soberanos.
La cuarta derivación apunta a lo discutido en la última reunión de cancilleres de los BRICS, celebrada en Nueva Delhi en los mismos días en que Trump recorría la plaza Tiananmen. Allí, entre el 14 y el 15 de mayo, se delineó la agenda que los mandatarios debatirán en la cumbre prevista para septiembre. La cita adquiere un peso político ineludible: entre socios y adherentes, los BRICS ya concentran el 40 por ciento del PBI global medido en paridad de poder adquisitivo (PPA), por encima del llamado Occidente —Estados Unidos, Canadá, la UE y Japón—, que apenas reúne el 30 por ciento. Estos datos, difundidos por el FMI, aparecen como reveladores de la magnitud del cambio estructural.
El programa de trabajo de septiembre incluirá el conflicto en el Golfo Pérsico —con dos de sus protagonistas ya incorporados al bloque, la República Islámica de Irán y Emiratos Árabes Unidos—; las alternativas al sistema financiero occidental, subordinado a las instituciones de Bretton Woods y alineado con los intereses del G7; las reformas urgentes de la gobernanza global, en particular las vinculadas al funcionamiento y la ampliación del Consejo de Seguridad de la ONU; el respaldo a Cuba, una vez más blanco del hostigamiento sistemático de Washington, ahora encarnado en el belicismo de Marco Rubio; y las guerras cognitivas desplegadas para socavar la legitimidad de los gobiernos que no se subordinan a los intereses de Occidente, como Rusia, China o Cuba.
En 2025, la OTAN incorporó a su doctrina militar el concepto de “armamento cognitivo” para blindar la hegemonía discursiva de Occidente y criminalizar las narrativas críticas que emergen desde el Sur Global contra el neocolonialismo. Bajo ese paraguas, la guerra híbrida deja de ser solo un repertorio táctico y pasa a funcionar como una coartada ideológica para justificar la persecución de voces disidentes mediante el uso coordinado de no convencionales orientados a desestabilizar sociedades y disciplinar gobiernos. Según la alianza atlántica, esas manifestaciones públicas, amplificadas por redes sociales y medios no alineados con Washington o Bruselas, deben ser combatidas porque, alegan, “generan desconfianza en el sistema democrático, socavan la cohesión social, fragilizan la gestión de los gobiernos y difunden la decadencia de los sistemas políticos”. En los hechos, la doctrina de la OTAN consagra esa guerra híbrida como una arquitectura de control y vigilancia que articula ciberataques, sabotaje, desinformación, georreferenciamiento y espionaje articulado con la Inteligencia Artificial, cuyo despliegue masivo depende de tierras raras y minerales críticos para sostener grandes servidores. Esa nueva dimensión del conflicto bélico se suma a otras cinco ya consolidadas: la terrestre, la aérea, la marítima, la aeroespacial y la geoeconómica.
Sin embargo, esa apelación desesperada a la ciberguerra no hace más que confirmar una legitimidad en ruinas. El universo simbólico que durante décadas le permitió a Occidente presentarse como destino natural del progreso social y económico se resquebrajó. La globalización, con su dogma de financiarización sin freno, erosionó la capacidad tributaria de los Estados, enriqueció a las élites y demolió el bienestar de amplias mayorías. La deslocalización industrial y el festival de las inversiones de cartera fueron aprovechados por China para desplegar el proyecto de sustitución de importaciones más exitoso de la historia. En forma paralela, el Occidente –irresponsable y mezquino– se vaciaba de herramientas para ofrecer un horizonte de ascenso social a sus propias poblaciones. El malestar occidental no es culpa de los salvajes del Sur Global y no podrá combatirse con artificiales guerras híbridas: no nace de la propaganda rusa ni de una supuesta infiltración maligna china. Es el saldo del fracaso rotundo de la falacia neoliberal que hoy Milei pretende imponer en la Argentina con una ferocidad devastadora.

Pagina12.com.ar
24 de mayo de 2026

Columnista invitado
Jorge Elbaum
Sociólogo, Profesor de Sociología, Dr. en Ciencias Económicas. Periodista. Profesor Emérito de la Universidad Nacional de La Matanza. Exembajador extraordinario y plenipotenciario, Ministerio de Relaciones Exteriores. Ex director de la Escuela de Defensa Nacional, EDENA, (Ministerio de Defensa). Ex Director Nacional del PROGRESAR. Fue presidente del Llamamiento Argentino Judío e integra, en la actualidad, su Comisión Directiva. Sus últimos libros son: “Del atlantismo al polo euroasiático. El conflicto en Ucrania como anuncio de una nueva configuración global” (2024); “La OTAN contra el mundo. El conflicto en Ucrania como expresión del cambio de época” (2023); “Imperialismo pandémico. América Latina en la nueva configuración geopolítica” (2022); y “Efecto Nisman. Los usos políticos de una muerte” (2019).













