La Revolución China produjo un cambio fenomenal en la dinámica social de ese legendario país, cuna de una de las civilizaciones más antiguas de la humanidad. Como caracterización objetiva dada por un estudio serio hecho por una instancia del capitalismo, famosa por la calidad de sus productos, la Editorial Salvat -originalmente española, hoy adquirida por el grupo francés Hachette-Matra-, puede leerse en su respetada Enciclopedia (volumen 4, páginas 3.108 y 3.109):
“Hasta 1949 [año de la revolución] China fue un país atrasado: el problema alimentario no estaba resuelto, y las epidemias (cólera, peste, paludismo, etc.), eran muy frecuentes. El 75% de las tierras estaba en manos de una oligarquía de grandes terratenientes, no existían comunicaciones modernas y la subordinación al capital extranjero era absoluta. La base de la economía consistía en una agricultura arcaica, totalmente insuficiente para cubrir las necesidades alimenticias mínimas de la población. Esa era la causa de las frecuentes epidemias y de un malestar que, a veces, se traducía en estallidos revolucionarios. Según cálculos de la ONU, la renta per cápita era 5% de la de Francia y la mitad de la de la India. La industria concentrada en las grandes ciudades, pesaba muy poco en el conjunto nacional. En las fábricas, en 1941, la jornada laboral era de 12 horas y el trabajo de las mujeres y niños legal.”.
La Larga Marcha, entre 1934 y 1935, que terminaría años después con el triunfo revolucionario de los comunistas chinos -apoyados por una amplísima base social-, con la conducción de Mao Tse Tung, abrió una perspectiva nueva en el gigante asiático, mostrando que, luego de Rusia, la revolución socialista sí era posible. Un país de enormes dimensiones, con la población más grande de todo el mundo, igual que la Rusia zarista 28 años antes, dejaba atrás el capitalismo y el atraso para comenzar a construir una alternativa superadora.

Como se expresó más arriba, el país -parte del mercado capitalista global, pero sumamente atrasado en esa lógica- tenía características más cercanas al feudalismo que a una nación capitalista moderna, con desarrollados procesos industriales. Un campesinado históricamente empobrecido en condiciones de magra subsistencia constituía la amplia mayoría de la población, nunca libre de hambrunas, condenada al analfabetismo y la ignorancia milenaria, cargada de prejuicios y temores. Todo eso empezó a cambiar, y la Revolución de 1949 abrió una nueva sociedad.
II
Transformar una sociedad como la China en búsqueda de un horizonte socialista, considerando que existía allí una milenaria cultura donde no se podía mirar a los ojos al Emperador -eso puede funcionar como ejemplificadora metáfora de cómo eran las relaciones interhumanas- representaba una tarea ardua, titánica. Sin dudas, no falta de tropiezos, o si se quiere, de enormes tropiezos, tal como fue la Revolución Cultural -proceso que causó más daños que beneficios-, todo lo cual no impidió que, en unos años, se comenzaran a percibir mejoras para las grandes mayorías populares.
“Es mejor ser pobres bajo el socialismo que ricos bajo el capitalismo”, había sentenciado Mao Tse Tung durante la Revolución Cultural. Sin dudas, la revolución triunfante de 1949, si bien había comenzado a obtener logros en el campo social, no pudo modificar la situación económica estructural de base: la pobreza rural crónica, incluso las hambrunas, subsistían. Para 1976, año de la muerte de Mao, China era aún un país muy pobre, atrasado tecnológicamente, con una economía básicamente agraria, y con el 80% de su población bajo la línea de pobreza, sobreviviendo con una precaria economía de mantenimiento (arroz y papa).
En el año 1978 asume la dirección nacional Deng Xiaoping quien, sin renunciar a los principios del socialismo, comenzó a introducir importantes reformas en el ámbito económico: aparición de mecanismos de libre mercado, surgimiento de empresas privadas extranjeras y acumulación capitalista, con la aparición posterior de una clase empresarial nacional con innumerables multimillonarios. “Ser rico es glorioso”, pudo decir Deng años más tarde. Era proverbial su pragmatismo: “No importa si el gato es blanco o negro; lo importante es que cace ratones.” Años después, con el mantenimiento de ese enorme programa de transformaciones económicas, la China cambió profundamente.
Las reformas se han mantenido y profundizado, pero el espíritu socialista -al menos declarado por su dirigencia- no varió. El Partido Comunista -el más grande del planeta, con más de 100 millones de miembros- sigue conduciendo el país con, aparentemente, un norte bien claro. De hecho, ya hay trazados planes para el siglo XXII, cosa que, seguramente, solo una cultura milenaria como la china -5.000 años de historia- puede hacer, donde el tiempo se mide en ciclos inconmensurables (“¿Qué opina de la Revolución Francesa de 1789?”, dicen que le preguntaron a Lin Piao, dirigente maoísta. “Es muy prematuro para opinar todavía”).
Según datos del Banco Mundial, para nada sospechoso de posiciones socialistas, entre 1980 y 2010 la tasa de pobreza (ajustada a inflación y poder de compra) se redujo del 80% al 10%, una caída sin precedentes en la historia. Esto significa que 500 millones de personas salieron de la pobreza histórica, fundamentalmente en áreas rurales, dándose un poderoso movimiento de urbanización e industrialización acelerados. Entre 1990 y 2014 el PIB per cápita creció un 730%, mientras el PIB mundial aumentaba solo un 63%. Esto redujo notablemente las diferencias entre China y el resto de países del globo. En 1990, el PIB chino era un 83% más bajo que el PIB mundial (con un ingreso per capita promedio de 1.500 dólares anuales frente a 8.800 dólares), pero en 2014 este diferencial negativo se había reducido al 13% (12.600 dólares frente a 14.400 dólares). La economía china hoy día está vigorosa como ninguna, y sigue creciendo, no al ritmo vertiginoso de años atrás (10% anual), pero sí igualmente en forma muy abultada (6% interanual). De hecho, hoy los cuatro bancos más grandes del mundo son chinos: Industrial and Commercial Bank of China, China Construction Bank, Agricultural Bank of China y Bank of China, tres de ellos de propiedad estatal.
La Organización de Naciones Unidas -ONU-, a través de su Secretario General Antonio Guterres, reconoció los fabulosos logros chinos en cuanto a la reducción/eliminación de la pobreza, elogiando los caminos seguidos, haciendo ver que los mismos podrían utilizarse en otras latitudes para ayudar a terminar con ese flagelo: “No debemos olvidar que China ha sido la que más ha contribuido durante la última década en la lucha contra la pobreza”, agregando que “a la luz del frágil ambiente internacional, trabajar por el desarrollo es un importante canal para prevenir los conflictos”, afirmando que la República Popular China resolvió el problema alimentario a más de 1.300 millones de personas, es decir, una reducción del hambre para más del 17% de la población mundial.
Está claro, aunque el funcionario no lo haya expresado exactamente en esos términos, que fue un planteo socialista -“socialismo de mercado”, si se quiere, pero socialismo al fin- el que permitió esta transformación. Ningún país capitalista, enfrascado en esa mentira bien planificada que es la democracia burguesa-representativa, ha podido lograr algo así. Valen palabras de Luis Méndez Asensio al analizar estas falacias:
“El ejemplo chino nos incita a una de las preguntas clave de nuestro tiempo: ¿es la democracia sinónimo de desarrollo? Mucho me temo que la respuesta habrá que encontrarla en otra galaxia. Porque lo que reflejan los números macroeconómicos, a los que son tan adictos los neoliberales, es que el gigante asiático ha conseguido abatir los parámetros de pobreza sin recurrir a las urnas, sin hacer gala de las libertades, sin amnistiar al prójimo”. (Méndez Asensio: 2004).
Ese descomunal crecimiento económico de la República Popular China plantea interrogantes al ideario socialista. Contrario a lo dicho por Mao y su casi entronización de la pobreza, Deng dijo que “la pobreza no es socialismo”. Lo cual lleva a preguntarnos: ¿es la empresa privada el motor del crecimiento económico?
Xulio Ríos, un agudo analista de todo el proceso chino, nos informa que “el sector privado desempeña actualmente un importante rol en la segunda economía del mundo. Según fuentes oficiales, responde por más del 50% de los ingresos tributarios, el 60% del PIB, el 70% de la innovación tecnológica, el 80% del empleo urbano y el 90% de los nuevos trabajos y nuevas empresas. Todo ello con el 40% de los recursos. Desde 1980, la tasa de crecimiento anual del sector privado ha oscilado entre el 20 y el 30%, mucho más elevada que el 5-10% de las empresas de propiedad estatal.” (Ríos: 2025)
Tal como la dirigencia china viene afirmando desde la década de los 80 del pasado siglo, el socialismo debe repartir riqueza y no pobreza. A la muerte de Mao el país se encontraba aún con un gran rezago económico comparativamente con Occidente, o con la Unión Soviética; por ello surgió esta idea de pegar un salto en ese sentido. La apertura hacia el capitalismo buscaba atraer capitales frescos y nuevas tecnologías. En otros términos: establecer una nueva dinámica que permitiera generar riqueza. Solo repartiendo riqueza, de acuerdo con esta visión de los comunistas chinos, se puede mejorar la calidad de vida de la población.
Esto, secundariamente, abre otro interrogante: ¿cómo construir el socialismo en países pobres? De hecho, las primeras experiencias socialistas del siglo XX -excluyendo Europa Oriental- se dieron en países de base campesina, casi sin industria, con población semianalfabeta, con gran concentración de la riqueza en pocas manos (la Rusia zarista, la China de los mandarines, Cuba como casino y lupanar de estadounidenses, países agrarios -todavía con arados de bueyes- como Vietnam o Nicaragua). Entonces ¿no es posible construir ahí el socialismo? ¿Qué decir de esos intentos? Lo curioso es que las potencias industriales, donde se podría pensar que iba a estallar primeramente la revolución proletaria, siguieron otro curso, y hoy son los países más conservadores, con burguesías imperialistas y clase trabajadora acomodada, que se beneficia en modo indirecto de la posición hegemónica de sus países. Todo esto lleva a pensar en la arquitectura actual del mundo, siglo XXI, donde debe revisarse la posibilidad del socialismo en un solo país en el mar (siempre embravecido) de países capitalistas.
III
Sin dudas, visto ahora luego de varias décadas de implementación, el experimento chino funcionó. Decía Deng: [Debemos] “saber aprovechar la oportunidad para resolver el problema del desarrollo (…) En lo teórico debemos llegar a comprender que la diferencia entre capitalismo y socialismo no reside en la disyuntiva planificación o mercado. En el socialismo también hay economía de mercado, igual que existe control planificado en el capitalismo. ¿Acaso en las condiciones del capitalismo ya no hay control alguno y uno puede portarse a su libre voluntad? ¡El trato de nación más favorecida no es otra cosa que control! No se crea que practicar cierta economía de mercado es seguir el camino capitalista. ¡Nada de eso! Tanto la planificación como el mercado son necesarios. Sin desarrollar el mercado, uno no tiene acceso ni siquiera a la información mundial, lo que significa resignarse a quedar a la zaga.”
A partir de esas consideraciones, el XIII Congreso Nacional del Partido Comunista, que tuvo lugar en octubre de 1987, dispuso que la economía nacional sería planificada y pública para los productos de primera necesidad, en tanto que el Estado, con criterios socialistas, guiaría al mercado, y éste, a las empresas, combinando así planificación y mercado en la dinámica general de la sociedad.
¿Por qué este apoyo a la empresa privada entonces que realiza el Partido Comunista de China? ¿Rechazo del socialismo? Según los ideólogos y autoridades que dirigen el país, no. Por el contrario, es el “camino correcto” que traerá desarrollo y prosperidad para toda la población china, y con su proyecto de Nueva Ruta de la Seda, podrá contribuir a un desarrollo global. ¿Es realmente así?

El gigante asiático hace ya largos años que introdujo estos cambios en el ideario socialista con que llevó a cabo su revolución en 1949. Desde las reformas introducidas a fines de los 70 del siglo pasado se comenzó a construir un modelo que para la izquierda tradicional de Occidente nunca se terminó de entender: “socialismo de mercado”. Lo cierto es que, apelando a la introducción de todo un sector de propiedad privada, el país ha venido produciendo un avance económico fabuloso, sin precedentes en ningún Estado capitalista. Atrayendo inversión externa, permitiendo -bajo determinadas condiciones- la propiedad privada de los medios de producción, siempre bajo la atenta mirada del Partido Comunista, que es quien fija férreamente las políticas y controla al milímetro su implementación, China pasó a ser una gran economía, disputándole el cetro global a Estados Unidos, y con un superávit comercial impresionante que le permite ser principal acreedor del país norteamericano, al par que comienza a establecerse como nueva gran potencia que busca destronar el reinado del dólar, y con ello, la hegemonía global de Washington. Ahí están los BRICS como proyecto alternativo al mercado del capitalismo occidental, capitaneados por Pekín.
Pero ¿qué es China? Para algunos analistas, a partir de las reformas introducidas desde 1978 por Deng Xiaoping, presenta una economía híbrida, con un muy peculiar modelo de socialismo “a la china” donde conviven dos modelos: capital estatal y capital privado, este último monitoreado muy de cerca por el Estado, con un Partido Comunista que fija las metas y detenta el manejo de los sectores básicos: banca, energía, industria militar, siderurgia, infraestructura crítica. Para otra lectura, la que propone, por ejemplo, Fernando Azcurra:
“Lo que muestra esta estructura socio‐económica en su breve sencillez consiste en que la subordinación del trabajo al capital persiste y se amplía en la China “socialista”, no se supera, ni se superará, por lo contrario, “se amplía y consolida”. Que el Estado administre y controle férreamente: mercados, inversiones, flujos de capital, comercio exterior, banca, empleo, etc. no es otra cosa que la expresión del dominio del capital sobre el trabajo por más apelación, arengas y discursos socialistas ditirámbicos (Marxismo‐leninismo‐maoísmo) que se proclamen y difundan desde el poder del Partido Comunista Chino‐Estado y desde las instituciones universitarias y de investigación. Tergiversada, deformada, caricaturizada, la teoría de Marx ha sido vaciada de su contenido analítico riguroso y transformado en una ideología vulgar justificatoria de los intereses y objetivos capitalistas del Estado y del Partido Comunista Chino.” (Azcurra: 2021).
(continuará)

Marcelo Colussi
Columnista invitado
1956, Rosario. Estudió Psicología y Filosofía. Vivió en numerosos países de Latinoamérica. Desde hace varias décadas radica en Guatemala, Centroamérica. Es psicoanalista y analista político. Participa regularmente en varios sitios web alternativos. También escribe relatos de ficción.













