(viene de la edición anterior)
Podemos preguntarnos si hay realmente un “milagro” económico en China. Según como se lo quiera ver: sí y no. No hay dudas que con la incorporación de capitales externos, y tomando tecnologías provenientes del desarrollo capitalista, el país asiático mantuvo -y mantiene todavía, aunque en un nivel menor- un vertiginoso ritmo de crecimiento económico que nunca se vio en Occidente (ni durante la revolución industrial en la Inglaterra dieciochesca ni en Estados Unidos entre fines del Siglo XIX y durante el XX). Ello permitió levantar increíblemente el nivel de acceso a la riqueza de grandes masas, sacando de la pobreza rural ancestral a 400 millones de habitantes. Una vez más: si el socialismo debe repartir riqueza y no pobreza, sin dudas esa consigna funcionó. Hoy China es considerado un país de ingresos medios, donde la totalidad de su población tiene muy bien asegurados los satisfactores básicos -cosa que no sucede en la mayoría de países capitalistas- y con niveles de desarrollo científico-técnico cada vez más altos.
En una visión crítica de la situación actual del gigante asiático, la que mantiene Máximo Relti sosteniendo que ahí no hay socialismo, puede decirse que:
“El encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping no fue simplemente una reunión entre dos dirigentes políticos. Fue el reflejo visible de una lucha histórica por el control del capitalismo mundial. Estados Unidos intenta conservar la hegemonía económica y militar que dominó el planeta durante décadas, mientras China emerge como una potencia capaz de desafiar ese poder en los mercados, en la tecnología, en las finanzas y en la geopolítica global. En Pekín no se reunieron este jueves 14 de mayo simplemente dos presidentes. Frente a frente, en los enormes salones del poder chino, se sentaron dos colosos económicos capitalistas atrapados en una disputa por el control del siglo XXI.” (Relti: 2026)

IV
La dirección comunista impidió que China fuera solo una “gran maquila”, como suele presentársela (quizá maliciosamente), dejando de ser “ensambladora de mercaderías de mala calidad”, de “juguetitos de segunda”, el “taller del mundo”, para ir convirtiéndose en un país altamente industrializado, con tecnologías de punta propias que ya comienzan a sorprender. De hecho, en el momento de escribirse este opúsculo, el país oriental ya descuella por encima de Occidente en muchos rubros sensibles del campo científico-técnico, superando con holgura a muchos de los países otrora llamados “centrales”. Además -siendo digno de destacarse-, si bien es cierto que esa masiva y monumental industrialización trajo problemas ecológicos graves, la visión comunista a largo plazo del partido ha llevado a China a ser pionera en el cuidado medioambiental, impulsando energías limpias como nadie en el mundo (40% de todas las energías renovables que hoy utiliza la humanidad).
El Partido Comunista dirige efectivamente los destinos del país, reservándose las decisiones básicas en el manejo de la economía, exigiendo la real y constatable transferencia tecnológica a los capitales externos que se invierten, y teniendo planes concretos de desarrollo nacional a muy largo plazo (en China hablar de 50 o 100 años no es nada, obviamente, después de 5.000 años de historia. “Siéntate al lado del río a ver pasar el cadáver de tu enemigo”, enseñaba Sun Tzu. La paciencia china es proverbial).
El desarrollo económico es real, y ello permitió un avance científico-técnico portentoso, ubicándose ya hoy como líder en muchos campos del quehacer humano, disputando de igual a igual, o superando, a las potencias capitalistas, y en especial a Estados Unidos: informática, inteligencia artificial, robótica, computación cuántica, investigación aeroespacial, biotecnologías, energías renovables, transportes). Solo a título de ejemplo: por cada robot producido en Estados Unidos, China produce nueve. En todos los campos industriales es así la proporción. De hecho, su acumulación de reservas monetarias es tan grande que, junto con Japón, es quien sostiene al Tesoro de Estados Unidos. Hoy día China es vital para el mantenimiento del equilibrio económico del planeta (una de las cuatro reservas monetarias más grande del orbe, junto a Suiza, Rusia y Japón).
El costo de este fenomenal salto no es poco: se asiste a una explotación laboral con condiciones que ya no existen en muchos países capitalistas. La fabulosa acumulación originaria -que en Europa se hizo masacrando indígenas americanos y población negra africana a la que se utilizó como mano de obra esclava llevada como mercancía en los tristemente célebres barcos negreros, mientras se robaban con avidez los recursos naturales- en la China actual se llevó a cabo a partir de la explotación de sectores campesinos que se reubicaron en los grandes centros industriales de las urbes más desarrolladas, con salarios raquíticos y extenuantes jornadas laborales. Condiciones que, sin dudas, abren la pregunta respecto al ideario socialista. Más aún: esa acumulación dio lugar a la aparición de millonarios chinos, muchos de los cuales amasaron enormes fortunas, no muy distinto a como sucede en el capitalismo occidental. Es, por lo pronto, uno de los países del mundo donde más automóviles Rolls Royce y Ferrari se venden. ¿Tiene eso que ver con la ética socialista?
Todo esto no tiene secretos: la riqueza la producen siempre los trabajadores con su esfuerzo personal (urbanos-rurales-manuales-intelectuales, más el trabajo doméstico, nunca remunerado), no importando el modelo económico en el que se desenvuelvan. La cuestión es cómo se distribuye esa riqueza socialmente producida. En China, a partir de la existencia de un sector de su economía basada en el modelo capitalista -aunque sea dirigido por directivas que políticamente fija el Partido Comunista- la explotación está presente. Que esa riqueza no sea apropiada enteramente por los inversionistas privados y que el Estado (socialista) se encargue de devolverlo a la población a través de políticas sociales, es otra cosa. Pero la explotación está. Por otro lado, contrariando los principios marxistas clásicos, este nuevo modelo de desarrollo (“socialismo a la china”) estimula la aparición de propietarios privados, premiando el “éxito” económico de quienes se transforman en millonarios. El lujo ostentoso está presente en el país al igual que en los más encumbrados centros capitalistas de Occidente: como dijimos, es el lugar del planeta donde existe la mayor cantidad de lujosos vehículos per capita. Todo lo cual abre esa pregunta a la construcción socialista: ¿cómo?, ¿socialismo con clases sociales diferenciadas? Sin dudas, la dirección comunista se cuida de la aparición de un nuevo sector propietario con poder político que se constituya en nueva clase dominante (¿la economía subterránea, el mercado negro de la Unión Soviética?), buscando que esas diferencias no crezcan a niveles inmanejables. Cierto nivel de boato y fastuosidad puede ser permitido; la toma de decisiones por parte de los nuevos millonarios, no. Eso sigue estando firmemente en manos del Partido Comunista, que fusila sin miramiento a corruptos y traidores.
Sin dudas, para una visión clásica, podría decirse ortodoxa -que no dogmática- de los principios socialistas, todo esto genera inquietantes interrogantes, razonables dudas.
Este complejo proceso abre la pregunta sobre cómo construir un auténtico y efectivo poder popular. En un país de las dimensiones gigantescas como China, con una cantidad tan grande de etnias, culturas e idiomas (más de 300), es sumamente complicado en términos prácticos desarrollar una democracia participativa de base; de ahí que el partido, con sus 100 millones de afiliados, cumple la función de vanguardia aglutinante.
Desde fuera de China, y con planteos marxistas clásicos, cuesta entender el proceso. ¿Es capitalismo o es socialismo? ¿Un paso atrás para tomar impulso y seguir avanzando? Lo cierto es que el proyecto chino actual, que en muchos aspectos se comporta como cualquier planteo capitalista, se está extendiendo por el mundo. Donde llega, su impronta no es capitalista rapaz al modo de los imperialismos occidentales; incluso puede condonar deudas, como ha hecho en buena parte del África; pero tampoco tiene un sesgo socialista apoyando procesos revolucionarios, como mal o bien hizo la Unión Soviética en su momento. La presencia china invierte capitales y explota mano de obra. Claro que -fundamental es aclararlo- de momento no se ha mostrado como potencia imperialista invasora apelando a la violencia. Sin disparar un tiro, con apenas dos bases militares fuera de sus fronteras (Base de Apoyo de Yibuti -África- y Centro de Entrenamiento y Logística Conjunta en Camboya -Asia-), está haciendo algo que el depredador capitalismo estadounidense (800 bases), o el europeo en su momento, realizaron a partir de una sanguinaria entrada bélica. El ambicioso proyecto de la Nueva Ruta de la Seda es una iniciativa que posicionará a China como principal potencia mundial, con presencia en más de 100 países. Para algunos, es una forma sutil de imperialismo, colocando sus propias mercaderías en los cinco continentes; para otros, los chinos fundamentalmente, una forma de llevar prosperidad a los sectores más deprimidos del globo, con su idea, supuestamente igualitaria, de “ganar-ganar”. ¿Planteo socialista? El debate para la izquierda está abierto.
V
El modelo chino, ese raro y complejo “socialismo de mercado”, permitió generar una acumulación de riqueza espectacular en poco tiempo. El costo es que está basado en la explotación de los trabajadores. ¿Fue necesario eso como “un paso atrás para tomar impulso”? Todo indicaría que el Partido Comunista tiene puesto ahora sus ojos en la promoción de enormes planes de beneficio social para las inconmensurables masas de población del país. La riqueza acumulada probablemente lo permita. Debe hacerse notar que en el gigante asiático ya no hay hambre ni analfabetismo, la gran mayoría de la población tiene acceso a tecnologías de avanzada y su educación superior es cada vez de más alto prestigio. En los países capitalistas, y Estados Unidos como su principal expositor del modelo, eso cada vez entra más en crisis. La recesión les ha llegado.
Otros países socialistas como Cuba, Corea del Norte, Laos o Vietnam, que sufren continuamente los ataques del mundo capitalista, están preguntándose ahora -o intentando implementar- sobre el modelo chino (dirección política de izquierda con introducción de mecanismos capitalistas). Se abre la pregunta entonces sobre si no hay otra forma de incentivar la producción que no sea a través del premio material, el premio al propio esfuerzo, la incentivación de la ganancia (“Ser rico es glorioso”). Las empresas privadas en China sirvieron para aumentar la productividad a un gran superlativo. Y ello, pareciera, es lo que sirvió para generar un nivel de confort para toda su población que una economía rural de subsistencia no podía lograr.
¿Cuál es la clave para fomentar la productividad entonces, si entendemos que ese es el camino para el aumento de la riqueza? En la extinta Unión Soviética los mecanismos de mercado sirvieron para la explosión del país (se ha dicho que Gorbachov trabajaba para la CIA. Más allá de eso -posible teoría paranoico-conspirativa-, es evidente que la introducción de elementos capitalistas terminó sirviendo para destruir al primer Estado obrero-campesino de la historia, aunado a una suma de otros errores históricos). En China, que siempre estudió muy meticulosamente el experimento soviético, los resultados son otros. Siguiendo a Sergio Rodríguez Gelfenstein puede decirse que
“Los procesos de reforma en la Unión Soviética y en China se produjeron casi al mismo tiempo, con menos de diez años de distancia, pero la diferencia fundamental para el fracaso de uno y el éxito del otro es que mientras los soviéticos desarrollaron simultáneamente los aspectos económicos y políticos del proceso, en China comenzaron con la transformación de la economía, desatando una fase de mejoramiento de la situación social, mientras que la agenda política se desarrollaba paulatinamente pero a un ritmo mucho más pausado a fin de ir midiendo los impactos que iban causando las medidas tomadas y prestando especial atención a que se mantuviera una dialéctica adecuada entre reforma, desarrollo y estabilidad. El PCCh y el gobierno la llamaron una estrategia de “avance paso a paso de manera ordenada.” (Rodríguez Gelfenstein: 2020).
¿Qué pasará en Cuba, por ejemplo, si -esperando que Estados Unidos no invada- se permiten abiertamente los mecanismos capitalistas? China logró éxitos incomparables con esa receta, pero no debe dejarse de tener en cuenta que es un país inconmensurable grande, con infinitos recursos naturales y, quizá esto sea básico, cinco milenios de historia.
Para quienes no creen que el socialismo sea un “artefacto de museo”, la experiencia china inaugura un necesario y profundo debate: ¿cómo se construyen las alternativas al capitalismo? Se podría pensar que el aliciente de la empresa privada les ha servido. ¿Qué tiene la empresa privada que fomenta ese crecimiento, y que el Estado socialista, con economía planificada, no consigue? ¿Habrá que quedarse con la idea que “el ojo del amo engorda el ganado”? ¿Es inexorable esa verdad? Por eso puede verse que el fenómeno de la China debe llevarnos a plantear estas cuestiones básicas de todo el andamiaje conceptual socialista.
La idea de “productores libres asociados”, como dijera Marx, estandarte de esa fase superior de desarrollo que sería el comunismo donde regiría la fórmula “De cada quien, según su capacidad; a cada quien, según su necesidad”, dista aún mucho de la realidad actual. Lo que prima dentro de las relaciones capitalistas no es, precisamente, la solidaridad, la fraternidad. El “sálvese quien pueda” individualista es la matriz dominante.
La experiencia china muestra que el incentivo personal cuenta, y cuenta mucho para la generación de riqueza (¿no era eso lo que buscaba la Perestroika soviética? O, exagerando, ¿no fueron esos mecanismos los introducidos por Lenin al inicio de la revolución bolchevique con la Nueva Política Económica, la NEP, para fomentar la productividad tan dañada por la Primera Guerra Mundial y la guerra interna?). ¿Puede ese elemento ser la guía para la construcción de una sociedad nueva? A estar con lo que nos lega la actual República Popular China, estaríamos tentados de responder que sí. Pero, ¿solo el látigo del amo permite elevar la productividad? Lo cual lleva a plantearnos: ¿es posible construir el socialismo en países industrialmente no desarrollados? Lo curioso es que las primeras experiencias socialistas vinieron de las zonas menos industrializadas, con situaciones agrarias quasi feudales (Rusia, China, Cuba, Vietnam, Nicaragua).
Como vemos: estamos ante numerosos interrogantes, más aún en este momento histórico, en que pareciera que están tan cerrados los caminos para buscar alternativas superadoras del capitalismo. Valga una vez más la cita de Deng Xiaoping: “la pobreza no es socialismo”. ¿Se necesita inexorablemente una gran acumulación de riqueza para construir el socialismo? Si es así, pareciera imprescindible elevar la productividad para ello. ¿Sin el látigo patronal no se puede lograr? Esto lleva repensar el tema del “Hombre nuevo” y la construcción de una moral socialista.

La promoción de incentivos individuales para aumentar la producción no es nada nuevo: en la Unión Soviética, durante la década de 1930 tuvo lugar el movimiento stajanovista (impulsado por el minero Alekséi Stajánov), consistente en el pago de bonos extras por el aumento de la productividad. Eso mismo retomó Mijaíl Gorbachov con su intento de reestructuración en la década de los 80, para lo que se introdujeron mecanismos capitalistas. “Bajo el capitalismo, esto es una tortura, o un engaño”, dijo Lenin refiriéndose a los premios que otorgaba a sus trabajadores la industria estadounidense. “Hay elementos de “tortura y engaño” en los récords soviéticos también”, agregó León Sedov (hijo mayor de Trotsky), analizando el stajanovismo, que no es sino una fórmula capitalista de fomento del individualismo, del premio al voluntarismo personal.
Sigue siendo una agenda pendiente para el socialismo cómo lograr un aumento de la riqueza a partir de economías planificadas. Eso remite a la pregunta de si es posible establecer una ética socialista que funcione autónomamente (hay que trabajar con excelencia porque esa debería ser la ética humana, podría decirse), o se necesita siempre del látigo para hacernos mover. Disyuntiva que, sin dudas, no está resuelta. La empresa privada, que no se detiene a filosofar sobre estos puntos, se limita a presentar el látigo (y a hacer producir para mantener inalterable su tasa de ganancia). Para quienes trabajan, la amenaza de la desocupación es un tirano que asusta tanto como la cámara de tortura. Con ese trabajo se acumula riqueza, que es lo que le interesa; lo demás le sale sobrando. Pragmatismo puro, podría decirse. Deng Xiaoping y sus reformas son un claro ejemplo de ello: con ese pragmatismo -y con explotación laboral- se consiguió generar mucha riqueza. ¿Qué sigue después?
La cuestión que se plantea para todo el campo marxista del mundo es considerar ese modelo asiático. Está claro que la experiencia china no es replicable en otros países, porque no hay -ni puede haber- otro gigante como China, con características tan peculiares, esa población, esa historia. A su modo Vietnam, también Laos o Norcorea, en cierta medida Cuba, han introducido mecanismos capitalistas, buscando con ello fortalecer la construcción del socialismo. Inmenso debate que se abre con ello. El modelo de “socialismo a la china” ha resuelto problemas para la población del gigante asiático, pero no es el espejo donde puede reflejarse la clase trabajadora mundial. Las experiencias cubana, vietnamita o laosiana lo muestran, y fuerzan a la discusión (así como la perestroika soviética también) sobre si es posible solidificar el socialismo con mecanismos capitalistas. Lo cual lleva a una pregunta más de fondo aún: ¿cómo hoy, en un mundo manejado con criterios capitalistas -incluida China- es posible dar un salto hacia el socialismo?

Marcelo Colussi
Columnista invitado
1956, Rosario. Estudió Psicología y Filosofía. Vivió en numerosos países de Latinoamérica. Desde hace varias décadas radica en Guatemala, Centroamérica. Es psicoanalista y analista político. Participa regularmente en varios sitios web alternativos. También escribe relatos de ficción.













