
(viene de la edición anterior)
Cuando sonó el celular, Juan estaba tomando el segundo trago de su tercer vaso de whisky, con el sobre de papel madera abierto sobre las rodillas y arriba de él, la llave.
La llamada era de Edelmiro Casacordero.
-Hola Juan, ¿cómo le va? -dijo el abogado apenas Juan respondió al llamado. -Lo molesto porque en su departamento debe haber quedado un objeto muy importante que forma parte del testamento de Isabel Pereira, y visto que usted vive allí desde hace un tiempo, imagino que lo tiene en su poder.
Por primera vez desde que conocía al grupo al cual lo había introducido el legado de Isabel Pereira, Juan Arriaga sintió desconfianza, algo lo impulsó a querer elaborar también él sus secretos. Si bien se había dado cuenta de que Casacordero se refería a la llave -y no podía entender cómo había intuido al instante que él la había encontrado-, fingió no saber de qué se trataba.
-¿Qué clase de objeto sería? -le respondió a Casacordero-, Isabel Pereira tenía tal cantidad de cosas que no creo haber descubierto todas desde que vivo aquí.
El abogado carraspeó como si Juan Arriaga le estuviese tomando el pelo, y con una voz casi condescendiente respondió: -Usted se va a dar cuenta en cuanto lo encuentre, Juan. Es algo que necesito para administrar debidamente los bienes y la herencia de Isabel Pereira, que consisten no sólo en dinero y propiedades, como usted bien sabe, sino también en algunas cajas de seguridad.
Después de la conversación con Casacordero, Juan se puso a observar detenidamente la llave que había encontrado en el sobre. No le pareció en absoluto la llave de una caja de seguridad en la que Isabel Pereira hubiera dejado más valores de los que ya había recibido en herencia de su vecina y compañera de veladas de whisky. Más bien le parecía la llave de un cofre, de una puerta maciza o de algún mecanismo ignoto cuyo funcionamiento hubiera podido cambiar el curso del tiempo convencional. Era una llave de hierro, un poco más grande que las llaves comunes, con una cabeza triangular y en el centro del triángulo tenía un óvalo que podría haber sido un ojo. La paleta era muy sencilla y los tres dientes tenían una curiosa forma cónica. Era algo más pesada que una llave común y parecía vieja, aunque no estaba oxidada ni se le veían roturas.
Terminar el tercer vaso de whisky empezó a hacer su efecto, y Juan Arriaga se recostó en el sofá, con la llave sobre el pecho y el cuarto vaso recién servido en el piso, al alcance de la mano. Cerró los ojos y se dispuso a pensar, entre los vapores del alcohol, con quien compartir el secreto de la llave. Tal vez se quedó dormido, o tal vez la ensoñación provocada por la bebida, o tal vez la soledad y la marejada de enigmas que lo asediaban, indujeron su mente a dejarse llevar, a mecerse sin reposo en un mar de los sargazos profundo, sombrío, vasto como la superficie de la Luna, y silencioso como la llave que se apoyaba en su pecho. Con los ojos entrecerrados veía sombras moverse detrás de las cortinas de las dos ventanas del salón, lo cual era imposible, sólo los árboles llegaban a esa altura, y las siluetas que veía Juan parecían los recortes de personas mutiladas, perfiles fantasmagóricos que pugnaban por asomarse desde afuera. Sabía que esa conclusión era improbable, por eso no se movió del sofá, sólo se incorporó un poco para beber un trago de whisky, cuidando que la llave no se cayera de su pecho. Mientras seguía recostado y atisbaba la penumbra, sintió el rumor arcilloso de dos personas que hacían el amor, y que provenía del dormitorio. Se quedó inmóvil y escuchó con atención, diciéndose a sí mismo que también eso era imposible, desde hacía un tiempo se aseguraba de que la puerta estuviera siempre cerrada a doble llave y con cadena, y todas las ventanas tenían rejas. Sin embargo los ruidos persistían, e iban aumentando de intensidad hasta el inevitable final, que fue coronado por un gemido masculino seguido de uno femenino. Juan permaneció en su sitio y cerró los ojos, instantáneamente el silencio volvió al departamento. Empezó a tranquilizarse y se dijo que el whisky que tomaba era de la mejor calidad, no podía provocarle alucinaciones. Entreabrió los ojos y vio que la llave de hierro subía y bajaba sobre su pecho. Permaneció en esta actitud unos instantes, o unos minutos -el tiempo se había vuelto gomoso a su alrededor- cuando por el rabillo de su ojo derecho percibió unas sombras moviéndose en la puerta de la habitación. El terror lo inmovilizó, pero no lo suficiente como para impedirle abrir totalmente los ojos y girar levemente la cabeza hacia el lugar de las sombras. Concentró la mirada para atravesar la penumbra, y vio que en la puerta del dormitorio se encontraba de pie Isabel Pereira, despeinada y ajustándose una bata sobre el cuerpo voluminoso y evidentemente sin ninguna ropa debajo. Estaba casi de espaldas al salón y miraba o esperaba a alguien que todavía se hallaba en el dormitorio. Poco después empezó a caminar en dirección al baño, y detrás de ella surgió la figura de un hombre desnudo, con una mata de pelo hirsuto sobre una cabeza ovalada, una cara tallada en grandes surcos verticales, y unos ojos desde los cuales se hubiera dicho que irradiaba una luz negra. Tenía dos piernas firmes y parecían muy peludas, y Juan Arriaga no pudo dejar de notar que su sexo era muy grande, y parecía golpear en su vaineneo los muslos vigorosos. El hombre también se dirigió al baño siguiendo el mismo camino que había trazado la mujer, pasó junto al sofá sin siquiera verlo, o al menos sin dirigirle una mirada, y entró al baño. Juan cerró nuevamente los ojos y escuchó el lluvioso rumor de la ducha. No podía equivocarse, ese hombre era El Mancha.
Cuando abrió los ojos, la luz del día entraba listada por las dos grandes ventanas, el vaso seguía a su lado sobre el piso, y la llave se había caído a su lado, de manera que el líquido ambarino proyectaba su reflejo sobre ella y la volvía dorada. Se sentó y miró un rato la llave, hasta que la luz fue cambiando y el viejo metal perdió su oro para recobrar el duro color del hierro. Se levantó y naturalmente decidió ducharse. Inmediatamente le vinieron a la mente las figuras de los amantes entrevistos o soñados durante la noche, y al entrar en la habitación comprobó sin asombro que la cama estaba arrugada. También era cierto que él detestaba tender la cama, y muchas veces esa tarea era realizada del modo más sumario posible, pero mirándola fijamente creyó que ese desorden no era el que él mismo dejaba por descuido, sino que hablaba de otros cuerpos. Instintivamente miró debajo de la cama, dentro del placard, detrás de la puerta, sabiendo de antemano que no iba a encontrar nada. Se desvistió y se fue a la ducha, y debajo del agua casi hirviente pensó si la noche anterior Isabel Pereira y El Mancha habían estado allí también.
Ya cambiado y seco se preparó café, tiró a la bacha de la cocina el resto del whisky que había quedado en el vaso, y se quedó dándole vueltas en la mano a la llave de hierro. Seguramente, a juzgar por la llamada de Casacordero, todos los miembros del grupo ya sabrían que él la había encontrado. Pensó en llamar a Paco para compartir el secreto, y después recordó las fotografías de la caja-libro y se volvió a preguntar si todos lo engañaban o le escondían algo. Desechó con fuerza esa sensación que quería volver a su ánimo y que consistía en sentirse objeto de una burla colectiva, o de una conspiración cuya finalidad era imposible de desentrañar. En esos pensamientos estaba cuando sonó el teléfono, era Bilbao.
-Juan querido -dijo la voz firme- vamos a hacer una reunión en la casa de Melchor, por supuesto que tenés que estar presente, no van a faltar la comida ni el buen vino, todos saben que son condición indispensable si yo estoy-. En este punto Bilbao se rió muy brevemente, como si festejara su propia broma. Juan Arriaga guardó silencio, y Bilbao concluyó: -Ah, y por favor llevá la llave de hierro, la necesitamos.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












