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Los ojos de Miranda eran de un color indescriptible, tan fascinantes como dos piedras preciosas, inusuales, difíciles de concebir, que brillaban con una luminiscencia diferente según la hora del día, y poseían reflejos tan sutiles y fugaces como los de un relámpago sobrenatural. Una mirada suya semejaba a la ola surgida de un abismo submarino que hubiera arrasado una constelación de corales, madreperlas, moluscos luminiscentes, arenas de oro arrancadas de los abismos. Mi veneración por Miranda tal vez gravitaba no solamente alrededor de esos ojos que me obsesionaban, sino que también era provocada por su personalidad frívola, veleidosa, inconstante, que entorpecía brutalmente todo intento de formalizar una relación. Ella había desconcertado mi existencia entera. Desde el día en que la vi por primera vez, me convertí en un sumiso incondicional de su sombra altanera, y lo que es peor, en un esclavo de sus caprichos, que excedían en número lo que su misma volubilidad hacía esperar. Miranda era cambiante, risueña, extrovertida, pero también inesperadamente melancólica, huraña, arrogante. Sus permanentes cambios de humor y sus inconcebibles antojos habían convertido mi vida en el itinerario de un loco, sin horarios ni reglas, con llamadas inesperadas o mensajes que reclamaban mi presencia al otro extremo de la ciudad en cualquier momento del día y de la noche, y que muchas veces se resolvían con un gesto de fastidio o de burla cuando yo acudía a la urgencia y era recibido con desdén y con el inexplicable olvido de cuál había sido el motivo del pedido de auxilio.
Sin embargo, mi obsesión con Miranda, o debería decir con los ojos de Miranda, era la verdadera causa de mi esclavitud. No hacía otra cosa que pensar en esas pupilas insondables, luminiscentes, que me tenían atado como un Ulises al palo mayor de una nave que derivaba sin rumbo y sin otro timonel que las extravagancias de esa mujer. Cada cosa que veía me recordaba a esos ojos, y algunas veces estuve a punto de ser atropellado en plena calle por quedarme embelesado escudriñando el ámbar en la luz de un semáforo, o el brillo pasajero de un rayo de sol que las nubes escandían justo sobre mi cabeza. Cuando la tarde menguaba sobre las montañas, solía inmovilizarme en la contemplación de esos últimos rayos evanescentes que la luz filtraba a través de las copas verticales de los álamos, o simplemente sobre el torpe empedrado de la calle. Todo me llevaba a las pupilas de Miranda.
Tal vez hubiera debido morir entonces, cuando todavía me quedaba un resto de dignidad, de vida propia.
Había visto ese escaparate docenas de veces, tal vez cientos, cada vez que mis pasos desazonados recorrían las gastadísimas veredas de los barrios viejos, en los confines de la ciudad. También conocía de memoria el descolorido cartel de lata que decía “Clínica de muñecas”, un anacronismo sólo posible en esas calles enrejadas por árboles metafísicos y acequias mudas, donde yo parecía ser el único transeúnte. Pero ese día me detuve, la insostenible opresión que asfixiaba mi pecho me hizo quedarme de pie frente a esa vidriera exhausta, polvorienta, en la que se exhibían, sobre repisas de madera empapeladas con flores que desde hacía décadas habían perdido toda forma y matiz, numerosas muñecas de las más diversas facturas, algunas enteras, otras sin un brazo, una pierna, o sin cabeza. También había cabezas solas, a veces sin pelo, y muchas de ellas sin ojos. Pero lo que más me estremeció no fue ese muestrario de espantajos mutilados, sino la colección de ojos que adornaban otras de las repisas; ojos de todos los colores, de distintos tamaños, siempre abiertos, siempre con sus pupilas de malignidad apuntando hacía mí. Con afiebrada manía busqué entre esos pares de ojos inmóviles los ojos de Miranda, su mirada punzante y cínica, su menosprecio y su belleza aterradora. Después de un rato, un relámpago de sensatez me devolvió a la vereda, a la vidriera, y a la lógica de pensar que los ojos de Miranda no estaban en esa colección de bolas de vidrio, sino en su cara, y no los iba a encontrar en aquel extraño negocio fuera del tiempo.
Pasaron las semanas y los meses. Había tomado la costumbre de recorrer siempre la misma vereda y detenerme frente al lóbrego escaparate de la Clínica de muñecas. Contemplaba por unos minutos cada par de ojos, y seguía mi camino. Mi existencia, si así se podía llamar a un destiempo escandido entre ver o no ver a Miranda, ya no me pertenecía; yo también era un muñeco en manos de esa mujer que me absorbía como una araña absorbe los líquidos vitales de su presa capturada en la tela de seda. Los ojos de Miranda me encadenaban a ella, a esa miseria en que se habían transformado mis días y mis noches. Pero no podía desprenderme de sus pupilas, mi obsesión las había impreso en mi mente de manera indeleble, eran el principio y el fin de todo.
Una tarde en que el frío del invierno caía en copos erráticos que se quedaban enganchados en los árboles para precipitarse impiadosamente sobre las veredas, me detuve frente a la vidriera, como era mi costumbre, y cuando contemplaba con delirio los ojos sin rostro, sentí una presencia que a su vez me miraba. Era un hombre viejo, aunque no anciano, vestido totalmente de un marrón arrugado, con el pelo canoso y escaso, y unos anteojos tullidos que hacían juego con una sonrisa igualmente irregular y amarillenta. Con una seña me invitó a entrar y yo, siempre en un estado muy cercano al trance, me encontré dentro del penumbroso y escaso negocio. Sin palabras, con gestos precisos y un poco condescendientes, el hombre me enseñó varias muñecas rotas, mostrencas, desahuciadas, y después sacó desde debajo del mostrador de madera varias bandejas llenas de ojos de todas clases y colores. Bajo la luz raquítica de un solo foco que pendía del cielorraso, las pupilas de vidrio me escrutaron brutales y acuciantes, como calamares monstruosos a los que les hubieran cercenado las melenas de tentáculos y perforasen el odio con ojos enigmáticos. Entonces lo comprendí. Una luz lacerante se abrió paso en mi mente y supe lo que debía hacer.
Miranda tenía sobre su mesa de luz una muñeca vestida de novia que conservaba porque había sido de su abuela. Era una figura de cara y manos de porcelana, con un vestido de encaje que alguna vez debió haber sido blanco, y que ahora semejaba a esas telarañas de las que se ven en las películas de vampiros de serie b, raído y amarillento. A la muñeca le faltaba un ojo, y siempre me había parecido no solamente horrible, sino que había en ella algo de cadavérico, de espeluznante. La estúpida frivolidad de Miranda, que ella pretendía hacer pasar por un nostálgico recuerdo, había entronizado ese esperpento junto a su cama, y con ese único ojo tridimensional vigilaba desalmada todo lo que sucedía en esa habitación.
Convencer a Miranda de que llevara esa reliquia a la Clínica de muñecas me llevó menos esfuerzo de lo que había temido. Sin embargo, lo más difícil fue hacerle entender que ella habría tenido que entrar sola al negocio, para lo cual inventé que el dueño me hacía acordar demasiado a mi padre muerto, y que eso me sensibilizaba mucho. Todo era mentira, por supuesto, nunca tuve padre.
Con los ojos profusamente delineados, como acostumbraba -creo que nunca la había visto sin maquillaje-, Miranda envolvió con su habitual imprecisión la muñeca de su abuela, y la acompañé hasta la esquina de la Clínica de muñecas. Era una tarde ventosa y fría, la luz se dispersaba en el aire melancólico, y se arremolinaba debajo de los puentes de las acequias, gimiendo como cadáveres mal sepultados. Cuando le indiqué el negocio, Miranda me miró de un modo inquisitivo, misterioso, y estuve a punto de ceder antes esos ojos que me habían embrujado, porque sentí piedad; casi había dulzura en esas pupilas violáceas; pero no, era imposible, ella no conocía la dulzura, y yo tenía que liberarme de su poder, de ese brillo perturbador que me había arrebatado la vida. Recuerdo que con un gesto que debía ser interpretado como la caricia de un amante, casi la induje con la mano, apoyada en su finísimo tapado de paño color marfil.
Permanecí en esa esquina sólo algunos minutos, y después casi corrí hasta mi casa. Recuerdo que esa noche tuve extrañas e inquietantes pesadillas, una muñeca de porcelana me esperaba en el altar de una iglesia abandonada, vestida de novia, y cuando me acercaba siguiendo las notas de una marcha tétrica, la muñeca volvía la cara hacia mí con una sonrisa maliciosa. Tenía los ojos de Miranda.
Esperé un tiempo antes de volver a pasar por esa vereda. Cuando regresé, ya era primavera, y los gigantescos árboles proyectaban sombras advenedizas sobre las baldosas desteñidas. Me dirigí directamente hacia la Clínica de muñecas y me detuve ante el vidrio inesperadamente transparente. Allí estaba, sentada como una reina entre todas las demás imágenes mutiladas y ciegas. Era la antigua muñeca vestida de novia, pero ahora tenía los dos ojos en la cara de porcelana, los ojos de Miranda.
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












