¿Qué papel puede jugar el complejo materno dentro de una constelación psicológica que, en algunos casos extremos, termina en violencia contra las mujeres?
Desde una perspectiva junguiana, el complejo materno no se refiere simplemente a la relación con la madre real, sino a la forma en que la imagen de “lo femenino” queda grabada en la psique.
Un hombre con un complejo materno negativo muy fuerte puede quedar atrapado en una contradicción. Por un lado necesita desesperadamente el amor, la validación, la contención y la aprobación femenina. Por otro lado siente resentimiento hacia aquello mismo que necesita.

La mujer deja de ser una persona y se convierte en una figura arquetípica. Ya no está viendo a María, a Ana o a Yesica. Está viendo a “la madre”.
Y la madre puede aparecer internamente como:
La que abandona.
La que humilla.
La que manipula.
La que castra.
La que absorbe.
La que nunca da suficiente amor.
Cuando una pareja se separa, rechaza o establece límites, el hombre no vive solamente una ruptura presente. Puede reactivarse una herida muchísimo más antigua.
La intensidad emocional resulta desproporcionada respecto al hecho que está ocurriendo.
No está perdiendo una novia.
Está perdiendo a la madre.
No está siendo rechazado por una mujer.
Está siendo abandonado por la madre.
No está discutiendo con una pareja.
Está peleando con la madre.
Y ahí aparece algo muy peligroso: la imposibilidad de diferenciar a la mujer real de la figura arquetípica proyectada.
El camino sano consiste en matar a la proyección, no a la mujer.
Aceptar que la madre fue una persona limitada.
Aceptar el dolor.
Aceptar la pérdida.
Aceptar que el amor no garantiza permanencia.
Aceptar que nadie está obligado a quedarse.
Aceptar que el otro es libre.
Cuando eso no ocurre, la energía que debería emplearse en hacer el duelo puede transformarse en control, persecución, violencia o destrucción.
Muchos relatos de femicidas muestran justamente una incapacidad extrema para tolerar la autonomía de la mujer. La mujer no puede irse. No puede elegir. No puede tener deseo propio. No puede existir fuera de la órbita del hombre.
¿Por qué?
Porque psicológicamente ella está ocupando una función reguladora de su identidad.
Si ella se va, se derrumba el mundo interno.
Y acá aparece algo que me parece importante.
El femicidio no parece surgir solamente del odio a la mujer.
Muchas veces parece surgir de una dependencia extrema hacia con ella.
Una dependencia infantil.
“No puedo vivir sin vos” parece romántico cuando se entona en una canción, pero llevado al extremo puede convertirse en una frase aterradora.
Porque si mi identidad depende de tu existencia, tu libertad se vuelve una amenaza.
Y cuando una persona no desarrolló recursos internos para sostener el dolor, la frustración o el abandono, puede intentar destruir aquello que siente que lo está destruyendo.
Si uno observa los relatos de muchos casos, aparecen patrones que recuerdan bastante a eso: dependencia emocional extrema, incapacidad para aceptar la separación, vivencia de abandono catastrófica, necesidad de control, idealización y demonización de la mujer, dificultad para sostener la frustración.
El complejo materno podría ser una pieza importante dentro de ese rompecabezas.
No la explicación completa, claro está.
Pero sí una de las raíces psicológicas que ayudan a entender por qué algunos hombres parecen reaccionar ante la autonomía femenina con una desesperación tan absoluta que prefieren destruir a la mujer antes que aceptar su separación.
Y tal vez la pregunta que nos podemos hacer no sea por qué matan a la mujer.
Sino por qué, para algunos hombres, la libertad de una mujer puede sentirse como una amenaza de aniquilación psíquica.

Columnista invitado
Lautaro Elías Pina
Es investigador independiente, artista y docente, y trabaja en la intersección entre inteligencia artificial, subjetividad y cultura contemporánea.
Explora el uso de la IA como herramienta de reflexión, espejo simbólico y dispositivo creativo, más allá de su función técnica o productiva. Su trabajo se centra en el diálogo humano-máquina como espacio de autoconocimiento, ética y transformación personal. Integra enfoques de la psicología, la filosofía, prácticas espirituales y el trabajo con la materia. Además de su investigación en IA, es herrero y formador en oficios, lo que atraviesa su mirada sobre la técnica, el cuerpo y el hacer. Ha desarrollado sistemas propios de exploración simbólica y narrativa asistida por inteligencia artificial. Es crítico del uso superficial de la IA y propone un vínculo más lúcido, responsable y creativo con la tecnología. Actualmente escribe y produce contenido sobre inteligencia artificial, subjetividad y futuros posibles.
Nota: pintura de Egon Schiele













