El fenómeno estético-político ocurrido, primero en torno al grupo musical Patricio Rey y sus redonditos de ricota (“los Redondos”), y que luego continuó con Carlos “el Indio” Solari (cantante y factótum de los temas del grupo), remite a un movimiento de masas y a un modelo socio-político. No hay en esta afirmación ningún atisbo de exageración. ¿Cómo fue posible la conformación de este movimiento y este modelo tan excepcionales, tan argentinos? Distintos elementos se amalgamaron a lo largo de décadas.
La opción inicial por un formato basado en la autogestión fue un aspecto clave. El hecho de prescindir de compañías discográficas, gerentes, mecenas, aparatos de difusión sofisticados, etc., garantizó la independencia artística y política. La autonomía se erigió en sello distintivo. El formato, que destronaba a la lógica de la mercancía, invitaba a la participación. No hubo lugar para las mediaciones tergiversadoras. Los vínculos entre el grupo y sus seguidores se tornaron directos y adquirieron una inusual transparencia.
En torno a los Redondos, gradualmente, se fue construyendo una comunidad gigantesca. Una comunidad, no un público estandarizado y a-crítico. Una comunidad, no unos artistas malogrados, convertidos en instrumento del deleite idiota y alienado. Una comunidad que no se aviene a las lógicas de la espectadora y del espectador y que funciona como la antítesis de la consumidora pasiva y del consumidor pasivo. Una comunidad con rasgos muy similares a los de las primitivas comunidades cristianas. Esa comunidad tomó forma en la década de 1990, en pleno auge del neoliberalismo; acentúo así sus rasgos contraculturales y resistentes. El movimiento y el modelo se afianzaron. Su presencia subterránea se fue extendiendo. No fue casualidad el origen tribal ricotero de muchas pibas y muchos pibes protagonistas de la rebelión popular de 2001. Después de la disolución del grupo, a principios de este siglo, el Indio se consolidó como el principal referente de esa comunidad.

Por supuesto, la liturgia, el ritual no se impusieron unilateralmente, se construyeron colectivamente, en el camino, en el barro. Con sacrificios, con experimentación, siempre compartiendo. En el andar de la procesión, en el transcurrir mismo del road movie se compuso una sólida trama afectiva. Así, la celebración devino auto-celebración de lo edificado entre todas y todas. Eso y no otra cosa es la misa ricotera.
El “pogo”, danza cultural que transmite valores e identidad, expresa una comunidad religiosa que es, al mismo tiempo, una comunidad política (en un sentido muy amplio). Cabe señalar que los Redondos y el Indio hicieron un aporte invaluable a la formación artística y ciudadana del pueblo argentino.
Los Redondos y el Indio funcionaron como un patria alternativa. Una patria que es vínculo y estado espiritual que anida en los más hondo de las personas. Una patria donde se comparten el pan, la música, el alcohol y otras sustancias, pero, sobre todo, donde se comparte el poder y donde no hay competencia, mercado, consumo o carrera que valga. Una patria instituyente.
El Indio funcionó como la razón de esa patria, con intervenciones esporádicas y delicadas, con carisma silencioso, con sabiduría de viejo más que de zorro. Se ubicó en las antípodas del líder infalible. No ejerció mando alguno. Cuidó. Alentó. Siempre trató de conjurar el caos, pero manteniendo el volcán. Demostró que la anarquía es, principalmente, armonía.
Fue determinante el desarrollo de una poética hermética y exótica que, al mismo tiempo, fue popular. Lo popular, en contraposición al prejuicio elitista o populista, es un universo de una gran complejidad. Ernesto Che Guevara decía: “lo que entiende todo el mundo es lo que entienden los burócratas”. Los Redondos y el Indio fueron a contramano de los procesos de degradación del lenguaje, seguramente porque sabían que su efecto inmediato era la degradación de los vínculos sociales. No recurrieron al acerbo de vulgaridades que también contiene el universo popular, no por soberbia intelectual, sino porque eran conscientes de que ahí habitan núcleos de mal de sentido. Ahí está el amo como espejo de los esclavos. Las letras de los Redondos y el Indio invitan a cualquier piba o pibe de barrio a sentir profundo y a pensar grande, convocan a ejercicios de introspección. Y, además, logran que estos ejercicios tengan lugar mientras se baila. ¿Qué más se puede pedir?
En tiempos en que el rock parecía extinguirse (en realidad se reducía a expresiones aisladas), los Redondos y el Indio no solo lo mantuvieron con vida como forma de expresión masiva, sino que lograron conservar los aspectos contraculturales de la cultura del rock. Lo revitalizaron como forma de expresión, ya no de las hijas y los hijos del bienestar, sino de las hijas y los hijos del malestar, que en Argentina abundan.
Herbert Marcuse decía que “El arte lucha contra la cosificación al hacer hablar, cantar y quizá, bailar, a los hombres y las cosas petrificadas”. Esa idea del arte, esa idea sobre el sentido del arte, o una muy aproximada, alumbró la praxis de los Redondos y el Indio. El objetivo de este movimiento de masas y de este modelo socio-político fue/es luchar contra la cosificación. ¿Acaso se existe un objetivo más loable en estos tiempos?
Estos elementos, y muchos más que pasamos por alto deliberadamente o que ignoramos, constituyeron al movimiento de masas y al modelo socio-político. Puede que este movimiento desaparezca de aquí en más, que se transforme en otra cosa, que pierda vigor. No descartamos su reactivación y el hallazgo de cauces insospechados. Difícilmente será desviado hacia algún servilismo.
El viernes 5 de junio de 2026 el Indio murió. El domingo 7 el movimiento se activó “al palo”. El acontecimiento puso en evidencia que el sistema no ha logrado su cometido de sometimiento total y absoluto. Un millón de personas de tres generaciones fueron a despedir al hombre que arrojaba el alma por la boca cuando les cantaba, al hombre que les despertó la capacidad de gozar del arte, que les enseñó a sobrevivir en el arte. En tiempos de razones darwinistas y de individualismo despiadado, un millón de personas hicieron una cola de nueve kilómetros para despedir a quien representaba la grandeza colectiva satisfecha de sí misma. Todas esas personas y muchas otras más, a la distancia, participaron de la ascensión del Indio a los cielos, o de su descenso al infierno que, como se sabe, algunas noches, está encantador.
Lanús Oeste, 8 de junio de 2026

Columnista invitado
Miguel Mazzeo
Profesor de Historia y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Profesor titular regular de la UBA y de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa). Investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC-Facultad de Ciencias Sociales-UBA) y de la UNLa. Educador popular, participó y participa de espacios de formación de diversas organizaciones de Nuestra América. Escritor, autor de varios libros publicados en Argentina, Venezuela, Chile, Perú y el Estado Español; entre otros títulos se destacan: ¿Qué (no) Hacer? Apuntes para una crítica de los regímenes emancipatorios; Introducción al poder popular. El sueño de una cosa; Poder popular y nación. Notas sobre el Bicentenario de la Revolución de Mayo; El socialismo enraizado. José Carlos Mariátegui: vigencia de su concepto de “Socialismo práctico”; El hereje. Apuntes sobre John William Cooke; Marx populi. Collage para repensar el marxismo; La comunidad autoorganizada. Notas para un manifiesto comunero













