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(viene de la edición anterior)
Esa tarde Juan Arriaga se fue a caminar solo por la Cuarta, y se dedicó a mirar viejas fachadas, casas semiderruidas que aún resistían el paso de las intemperies y de ese afán demoledor que parece enfermar a las ciudades y que llaman progreso, modernización, o alguna de esas palabras que no tienen significado en sí mismas y que necesitan ejemplos para ser entendidas; palabras sin un alma propia, como todas esas construcciones nuevas que carecían de cualquier rasgo de belleza, y sobre las que el tiempo solamente marcaba sus arrugas inevitables, sin darles carácter y sin inscribir en ellas ninguna historia. Llegó hasta las puertas del cementerio, y se dio cuenta que desde el día en que la herencia de Isabel Pereira lo había convertido en miembro de un grupo de personas extrañas embarcadas en una misión inextricable, había abandonado sus habituales largos paseos entre las tumbas, los que hacía cuando salía de dar clases, extenuado y sin dinero ni para tomar un café. Caminando por los pasillos conocidos se dedicó a saludar algunas tumbas que le resultaban familiares, viejos nichos desvencijados o lápidas quebradas por algún rayo justiciero, los hitos de sus caminatas de antaño. Una suave melancolía lo ganó y fue enlenteciendo sus pasos; una melancolía por el hombre que había sido, quizá no una nostalgia del trabajo masacrante, sino de aquella pobreza que desde mitad del mes lo obligaba a comer arroz y atún desmenuzado, a lustrar una y otra vez el mismo par de zapatos, a no encender la estufa por miedo a la boleta del gas. Recordó con un escalofrío a aquel profesor que pasaba las tardes de domingo sentado con el termo y el mate, corrigiendo tareas y preparando clases para la semana, sin otra perspectiva en su vida que esperar una jubilación que lo sumiría en una aún más sórdida pobreza. Sin embargo algo extrañaba, y eran esos paseos laberínticos en la ciudad de los muertos, esas noches sin pesadillas, ese mundo sin misterios incomprensibles; aquel Juan Arriaga que vivía en una sola dimensión, y que de noche en la cama leía en francés los novelones pasados de moda de Julien Green. Se detuvo en seco en su recorrido y pensó: ¿Julien Green? ¿No era acaso el autor del cual había visto tantos libros en la biblioteca de Isabel Pereira? ¿Habían compartido lecturas? No lo recordaba, sin embargo era muy extraño que su vecina y benefactora, en cuya casa ahora vivía, hubiera sido lectora de Julien Green y nunca lo hubiera mencionado en sus largas charlas. Sintió en su cabeza como si una estantería llena de libros se cayera y los volúmenes se derrumbaran unos sobre otros, desordenada y estrepitosamente. Puso una mano sobre su frente y cerró los ojos, un estremecimiento recorrió todo su cuerpo. Le pareció que él mismo iba a caer sobre la lápida que tenía frente a sí, cuando una voz añosa le preguntó: -¿Lo conocía?-. Juan Arriaga abrió los ojos y se dio vuelta. Detrás de él había, de pie, una mujer achaparrada, vestida a la usanza de las bolivianas descendientes de los quechuas, con dos trenzas brillantes y la cara oscura marcada por infinidad de arrugas. Con sus ojos negrísimos, la mujer miró la lápida ante la cual se encontraban, y Juan Arriaga siguió la dirección de esas pupilas llenas de sabia resignación. En la lápida decía: Julián Esquer.
-Murió en un centro de detención clandestino. Yo era la que limpiaba lo que dejaban los torturadores. Le llevaba comida y agua, entre tortura y tortura. Era el tiempo de los militares, y al muchachito lo habían agarrado qué sé yo por qué, por ayudar a los amigos seguro, de lo bueno que era. No importa eso, lo hicieron sufrir tanto al pobrecito. Yo trataba de consolarlo, pero ya no había manera. Era tan jovencito.
Tras estas palabras y sin nunca mirar a su interlocutor, la mujer sacó un ramito de flores de algún bolsillo de su enorme falda, y lo puso encima de la lápida.
-Bueno, hasta luego señor, muy amable de venir a visitar a Juliancito.
-Pero usted, usted…
-Yo me llamo Toribia Galarza, para servirle-. Y con estas palabras la mujer se alejó con un paso extenuado y fuerte. Juan Arriaga se quedó mirándola alejarse entre las tumbas, hasta que su figura extemporánea se empequeñeció y en algún momento desapareció entre los altos y vetustos mausoleos que decoraban el horizonte de la ciudad de los muertos.
Cuando ya no pudo verla, volvió la mirada hacia la lápida sobre la cual Toribia Galarza había depositado las flores, y en cambio de la placa de piedra con el nombre de Julián Esquer, vio una tumba de tierra tan vieja que no tenía ni siquiera una inscripción, los yuyos crecían raquíticos y tenebrosos sobre los cascotes, y entre ellos, el ramito de flores de Toribia Galarza parecía un broche de piedras preciosas sujetado en una bolsa de arpillera.
La tarde empezó a oxidarse lentamente, como un candado de hierro bajo el agua quieta de ese cementerio que parecía no ser visitado por nadie, y donde los pasos de Juan Arriaga sonaban apenas, semejantes al crepitar de un fuego pobre. Siguió caminando, mientras trataba de no preguntarse más acerca de los prodigios que lo acechaban como ese aire en que parecían murmurar los muertos desde debajo de la tierra. Fue hasta una de las calles principales y se dedicó a observar los fastuosos mausoleos de otros tiempos, con sus vitrales de colores, las estatuas desgastadas y las escalinatas de mármol. Había algunos que tenían símbolos masónicos, por lo general de próceres y hombres notables de la Historia; otros en cambio habían sido hechos con algunas formas que recordaban los templos egipcios. También los había con arquitectura gótica, a la manera de pequeñas catedrales, o con una columna tronchada, un ángel contrito o imponiendo silencio. Qué hermosas le parecían esas demostraciones de pompa y de riqueza dedicadas a la muerte; qué maravillosamente inútiles eran, y quizá por eso, qué espléndidas.
Se detuvo ante un mausoleo medio derruido con una puerta ojival flanqueada por dos columnas falsas, de capiteles corintios, y rematada por un arco de medio punto abierto en la mitad. La base, totalmente carcomida por los años y las intemperies, dejaba ver los ladrillos, de los cuales se iban despegando las losas de mármol de Carrara que bordeaban la breve escalera. Juan se quedó observando la melancolía que emanaba de este monumento al olvido, a punto de derrumbarse, abandonado, decrépito, vetusto, y detuvo su mirada en el arco de medio punto que lo coronaba. Debajo había un bajorrelieve ya casi ilegible que capturó su atención. De algún lugar conocía ese dibujo, lo había visto hacía muy poco, es más, lo había tenido en las manos: era el triángulo con un ojo en el centro, el mismo que formaba la paleta de la llave que había encontrado en la caja-libro escondida en la biblioteca de Isabel Pereira.
Inmediatamente bajó la mirada hasta la puerta ojival. Subió los tres peldaños de la escalera de mármol y se acercó. Se agachó para mirar la cerradura: la llave de hierro debería abrir esa puerta.
Salió del cementerio y siguió caminando tras la huella de las últimas luces de la tarde, ya licuada en el resplandor último de las últimas cosas del día. Todo a su alrededor parecía que se fuera derrumbando a medida que él pasaba, como si el fin del mundo sucediera al compás de sus pasos, y detrás de sí dejara las ruinas de un apocalipsis silencioso. Llegó hasta la gran plaza de la fundación de Mendoza, buscó un banco y se sentó, había en su corazón más desaliento que sorpresa. Recordó unos versos de Borges: “Dicen que Ulises, harto de prodigios…”. Él no era un héroe, ni un rey, ni tenía tanto ingenio como el personaje mitológico. Era un hombre común, cansado, desilusionado a pesar de ser el involuntario protagonista de tantas y tantas cosas increíbles. Porque lo increíble, pensó en esos momentos Juan Arriaga, deja de ser increíble cuando se repite. Entonces entra en la misma dimensión de todas las demás cosas del mundo. Y las cosas del mundo siempre le habían provocado un hastío muy grande.
Mientras estaba sumergido en esos pensamientos, un hombre se sentó a su lado en el banco de madera. Trató de no mirarlo, pero no pudo dejar de hacerlo cuando una voz que ya conocía le dijo:
-Hola Juan.
Entonces se giró y lo vio. Estaba vestido de negro, con un sombrero de alas inclinado sobre la cara penumbrosa. Era Humberto.
-Murió en un centro de detención clandestino. Yo era la que limpiaba lo que dejaban los torturadores. Le llevaba comida y agua, entre tortura y tortura. Era el tiempo de los militares, y al muchachito lo habían agarrado qué sé yo por qué, por ayudar a los amigos seguro, de lo bueno que era. No importa eso, lo hicieron sufrir tanto al pobrecito. Yo trataba de consolarlo, pero ya no había manera. Era tan jovencito.
Tras estas palabras y sin nunca mirar a su interlocutor, la mujer sacó un ramito de flores de algún bolsillo de su enorme falda, y lo puso encima de la lápida.
-Bueno, hasta luego señor, muy amable de venir a visitar a Juliancito.
-Pero usted, usted…
-Yo me llamo Toribia Galarza, para servirle-. Y con estas palabras la mujer se alejó con un paso extenuado y fuerte. Juan Arriaga se quedó mirándola alejarse entre las tumbas, hasta que su figura extemporánea se empequeñeció y en algún momento desapareció entre los altos y vetustos mausoleos que decoraban el horizonte de la ciudad de los muertos.
Cuando ya no pudo verla, volvió la mirada hacia la lápida sobre la cual Toribia Galarza había depositado las flores, y en cambio de la placa de piedra con el nombre de Julián Esquer, vio una tumba de tierra tan vieja que no tenía ni siquiera una inscripción, los yuyos crecían raquíticos y tenebrosos sobre los cascotes, y entre ellos, el ramito de flores de Toribia Galarza parecía un broche de piedras preciosas sujetado en una bolsa de arpillera.
La tarde empezó a oxidarse lentamente, como un candado de hierro bajo el agua quieta de ese cementerio que parecía no ser visitado por nadie, y donde los pasos de Juan Arriaga sonaban apenas, semejantes al crepitar de un fuego pobre. Siguió caminando, mientras trataba de no preguntarse más acerca de los prodigios que lo acechaban como ese aire en que parecían murmurar los muertos desde debajo de la tierra. Fue hasta una de las calles principales y se dedicó a observar los fastuosos mausoleos de otros tiempos, con sus vitrales de colores, las estatuas desgastadas y las escalinatas de mármol. Había algunos que tenían símbolos masónicos, por lo general de próceres y hombres notables de la Historia; otros en cambio habían sido hechos con algunas formas que recordaban los templos egipcios. También los había con arquitectura gótica, a la manera de pequeñas catedrales, o con una columna tronchada, un ángel contrito o imponiendo silencio. Qué hermosas le parecían esas demostraciones de pompa y de riqueza dedicadas a la muerte; qué maravillosamente inútiles eran, y quizá por eso, qué espléndidas.
Se detuvo ante un mausoleo medio derruido con una puerta ojival flanqueada por dos columnas falsas, de capiteles corintios, y rematada por un arco de medio punto abierto en la mitad. La base, totalmente carcomida por los años y las intemperies, dejaba ver los ladrillos, de los cuales se iban despegando las losas de mármol de Carrara que bordeaban la breve escalera. Juan se quedó observando la melancolía que emanaba de este monumento al olvido, a punto de derrumbarse, abandonado, decrépito, vetusto, y detuvo su mirada en el arco de medio punto que lo coronaba. Debajo había un bajorrelieve ya casi ilegible que capturó su atención. De algún lugar conocía ese dibujo, lo había visto hacía muy poco, es más, lo había tenido en las manos: era el triángulo con un ojo en el centro, el mismo que formaba la paleta de la llave que había encontrado en la caja-libro escondida en la biblioteca de Isabel Pereira.
Inmediatamente bajó la mirada hasta la puerta ojival. Subió los tres peldaños de la escalera de mármol y se acercó. Se agachó para mirar la cerradura: la llave de hierro debería abrir esa puerta.
Salió del cementerio y siguió caminando tras la huella de las últimas luces de la tarde, ya licuada en el resplandor último de las últimas cosas del día. Todo a su alrededor parecía que se fuera derrumbando a medida que él pasaba, como si el fin del mundo sucediera al compás de sus pasos, y detrás de sí dejara las ruinas de un apocalipsis silencioso. Llegó hasta la gran plaza de la fundación de Mendoza, buscó un banco y se sentó, había en su corazón más desaliento que sorpresa. Recordó unos versos de Borges: “Dicen que Ulises, harto de prodigios…”. Él no era un héroe, ni un rey, ni tenía tanto ingenio como el personaje mitológico. Era un hombre común, cansado, desilusionado a pesar de ser el involuntario protagonista de tantas y tantas cosas increíbles. Porque lo increíble, pensó en esos momentos Juan Arriaga, deja de ser increíble cuando se repite. Entonces entra en la misma dimensión de todas las demás cosas del mundo. Y las cosas del mundo siempre le habían provocado un hastío muy grande.
Mientras estaba sumergido en esos pensamientos, un hombre se sentó a su lado en el banco de madera. Trató de no mirarlo, pero no pudo dejar de hacerlo cuando una voz que ya conocía le dijo:
-Hola Juan.
Entonces se giró y lo vio. Estaba vestido de negro, con un sombrero de alas inclinado sobre la cara penumbrosa. Era Humberto.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












