
Es bastante sencillo operar una nave espacial cuando se han tenido dos años de entrenamiento intensivo. Los comandos están automatizados, las transmisiones de la Tierra tardan, pero llegan claras, y cualquier inconveniente lo resuelve la inteligencia de la computadora central, allá en la base terrestre, si es que la misma inteligencia de la nave no ha podido hacerlo. Al salir de la hibernación todo resulta muy extraño, el cuerpo no se reconoce a sí mismo, es como si tuviera otra piel pegada sobre un organismo que funciona lentamente, como adecuándose a una nueva atmósfera. Me habían instruido también sobre esta sensación, pero una cosa es una simulación y otra es sentirla en carne propia cuando se está solo en medio del vacío. La cabeza también se percibe multidimensionada, como si fuera una de esas bolas de espejitos que ponían antes en los boliches; pero también es cierto que estoy atravesando una zona totalmente desconocida de la galaxia, ¿por qué aquí todo debería ser como en el laboratorio terrestre? Quién sabe lo que estará sucediendo en la Tierra ahora, después de tantos años.
Los científicos ya habían calculado todo lo que habría de encontrar en este viaje, las constelaciones, los planetas, las estrellas. Todos cálculos de computadora e imágenes difusas que después de mucho tiempo llegan a los observatorios desde los telescopios espaciales. Niebla, especulaciones, cálculos de pizarrón. Quisiera ver a alguno de esos cerebros si estuviera encerrado en esta lata de sardinas, boyando en medio de un espacio tan lejos de nuestro planeta, y en el cual ninguna especulación astronómica podría arrogarse la certidumbre absoluta de su aspecto y composición. Quién sabe si este viaje ha sido mejor que la cámara de gas. Tuve esa opción, veinticuatro meses de entrenamiento y un viaje a otra galaxia, o la pena de muerte. Como si haber asesinado a mi esposa tuviera algo que ver con este exilio. Pero tal vez sí, tal vez tiene que ver, porque un condenado a muerte está condenado también a la soledad infinita, ¿es otra cosa la muerte? Aquí, viajando en el espacio deshabitado, ¿acaso no estoy muerto? Sin embargo, acepté el ofrecimiento. Nadie que tuviese una vida por delante hubiera querido emprender este viaje hacia la nada, con pocas o ninguna posibilidad de retorno.
El cuchillo de cocina con el que maté a mi mujer era el más grande de la casa. Lo usábamos cuando había que cortar pedazos contundentes de carne, sólo en las fiestas; o cuando hacíamos pavo. Los pavos son enormes y hay que trocearlos con mucha concentración, o enseguida dejan ver un esqueleto como el de un extraterrestre. Nunca me gustaron los pavos. Dicen que apuñalé a mi mujer catorce veces. Es cierto. Pensé que iba a apreciar que le diera justo catorce puñaladas, porque ella creía en la Cábala, en el karma, en el tarot y en todas esas cosas, y el catorce es un número simbólico; ella misma lo decía. Es el doble de siete, el número cabalístico; pero es que una vez que empecé no sé, fue como si me hubiera entusiasmado, así que dupliqué los golpes y llegué a catorce. En fin, la maté, y la justicia me condenó a la cámara de gas, sin apelación, y eso que no sólo confesé mi crimen, sino que hasta me entregué por mi propia voluntad. Ahora estoy derivando en lo que debería ser la galaxia de Andrómeda, también eso tuve que estudiarlo. Me interesó más el personaje mitológico que la física y la astronomía. Nunca fui bueno para los cálculos. Andrómeda, la hermosa hija de Casiopea, estaba encadenada a una roca, desnuda, a merced de un monstruo marino, tal era la condena de Poseidón. La salvó Perseo, convirtiendo en piedra al monstruo con ayuda de la cabeza de la Gorgona. Todo eso también lo aprendí después de haber acuchillado a mi mujer. Me pregunto, en ese mito, ¿quién sería yo? ¿Perseo, la cabeza de la Gorgona, o el monstruo marino?
Esta cáscara de huevo se mueve por el destierro del espacio con un ritmo que truena en mi cerebro como un volcán. Miro por el ojo de buey, y en el brillo oscuro de esta constelación mitológica veo acercarse algo, un objeto ínfimo, regular, alargado. No es un pedazo de roca. Los sensores externos no indican nada. Debe ser tan pequeño que no lo registran. Pero yo lo veo, sigue acercándose y brilla, aunque no pareciera tener luz propia, sino que refleja en parte de su estructura la luz de las estrellas. Siento opresión en el pecho, como cuando vi el cuerpo de mi mujer en el piso de la cocina, enmarcado en una mancha oscura que cambiaba sus bordes y la abrazaba desde debajo, en silencio, pero con imparable determinación. ¿Por qué pienso en el cuerpo de mi mujer tirado en una alfombra irregular y roja, cuando me encuentro a más de dos millones de años luz de la Tierra, de esa casa, de esa cocina? Tal vez ya nada de eso existe, han pasado tantos años desde que elegí esta condena y me metí en la cámara de hibernación; sin embargo, todo vuelve como una película, como si hubiera sucedido ayer nomás. Ese objeto sigue acercándose a la nave, ahora lo veo mejor, es minúsculo y alargado, tiene una parte metálica y una de otro material opaco, es alargado. Es un cuchillo de cocina.
El rumor ciego de los reactores ha entrado en mis oídos y acompaña el avance de ese cuchillo que pareciera provenir del centro mismo de la galaxia, un centro como un ojo sin párpados, una pupila fija que titila como la mirada de un muerto.
Vuelvo a revisar el radar y los sensores. Nada indica un movimiento externo cerca de la nave. Ni siquiera explica ese ruido que cada vez siento más adentro en mi cerebro, como una sierra que cercena los árboles de un bosque inerme. El cuchillo se acerca a la nave y veo las mil estrellas de Andrómeda reflejadas en su hoja de acero, manchada de sangre. El mango es de madera, de excelente calidad, madera de quebracho. Yo mismo lo había comprado a unos artesanos expertos en cuchillería.
El cuchillo se acerca, el ojo de la galaxia se mantiene fijo sobre mí, sobre el otro ojo, el ojo de buey, un punto luminoso en medio de la materia oscura en la que navegan soles y planetas. Andrómeda encadenada a una roca, desnuda, a merced del monstruo marino. Veo la lama manchada de sangre, ¿cómo puede gotear un líquido en el vacío sin atmósfera y sin fuerza de gravedad? Y sin embargo, esas gotas se estrellan ruidosas contra mi nave, algunas contra el vidrio del ojo de buey, mientras el otro ojo me mira, un gigantesco iris en el cual percibo ironía, el odio que sólo la venganza puede destilar. El ruido en mi cerebro se transforma en otro cuchillo, en una lama afilada que penetra mi masa encefálica sin piedad y sin motivo. ¿Por qué matarla? ¿Y por qué no? El cuchillo apunta su vértice brillante hacia el centro del ojo de buey de mi nave espacial, puedo ver perfectamente su estructura ligeramente curva y su manufactura impecable. Llega hasta el vidrio y empieza a golpear. Una vez, dos veces, tres. Sé que en el número catorce va a penetrar el vidrio y mi cerebro. Detrás de él, la pupila femenina de la galaxia observa hierática y vengadora, como el ojo pétreo de la Gorgona.
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).











