
La muerte de su tío Enrque no lo tomó por sorpresa, hacía tiempo que el viejo se encontraba postrado, y un día u otro tenía que morirse. Diferente era su caso, hacía más de treinta años que planificaba su muerte, pero ni un simple resfrío acudía a mover una sola hoja del árbol de su vida. Claro, la vida de los ricos tiene muy pocas preocupaciones cuando no hay que cumplir con un trabajo, soportar superiores y compañeros imbéciles, vivir de un salario miserable y encima de todo ni siquiera poder salir de vacaciones. Esas incumbencias eran para los pobres, como el tío Enrique.
Por su parte, hacía tres décadas -un poco más a decir verdad- que dedicaba mucho tiempo a buscar un ataúd para sí mismo. Algo elegante, lujoso pero sobrio, y blindado. La paranoia había estallado en él como una sarna, escociendo por dentro hasta quitarle la maravillosa paz que daba el dinero. Tenía miedo, pero era un miedo raro, no de que le robaran -nadie podía ser mejor ladrón que él- ni de que lo secuestraran -era inmensamente rico-, ni de que lo estafaran -también había demostrado ser el mejor estafador. Se trataba de algo metafísico, relacionado con el mundo de los muertos. Desde hacía más de tres décadas, desde que él había estafado miserablemente a su tío Enrique y se había quedado con sus empresas, veía una sombra cerca, o más precisamente una mancha gris, como un vuelo de cenizas, que siempre lo rondaba, aunque estuviera inmóvil, aunque estuviera en pleno día, bajo la luz del sol. No lograba definir qué forma precisa tenía esa mancha de sarro que a veces estaba detrás, a veces a su costado, a veces en la sala contigua, apoyada como una bruma sucia sobre la alfombra. Se había acostumbrado a vivir con eso; uno en el fondo se acostumbra a todo. Pero había tomado la costumbre de visitar las casas funerarias y revisar minuciosamente todos los ataúdes disponibles. Ninguna tenía en catálogo lo que él buscaba, y la respuesta era más o menos la misma en todas partes: es necesario blindar el lugar donde se vive, pero ¿para qué hacerlo en el lugar donde se está muerto? Al fin había decidido hacerse fabricar un ataúd a medida, de ébano traído de la República Dominicana, tapizado de seda italiana y una armadura interna de acero que encerraría de manera impenetrable el espacio de su cuerpo, y que quedaría disimulada entre las blondas y las puntillas color marfil. Podía parecer una locura, pero en sus peores pesadillas imaginaba que esa bruma gris se filtraba por entre las rendijas de su ataúd y envolvía su cuerpo.
Arrebatar todas sus posesiones al tío Enrique había sido una tarea que requirió una frialdad y una precisión técnicas, algo de lo cual podía presumir desde siempre, desde que había estrangulado el pato de su vecinita, a los cinco años, sólo para ver cómo la niñita lloraba. Al tío Enrique le dio una apoplejía cuando se dio cuenta de que todos esos papeles que le había hecho firmar a lo largo del tiempo su sobrino, que a la sazón era su secretario y su contador, eran en realidad la transferencia al joven pobre pero voluntarioso, de todas las empresas que le había llevado una vida construir. Como si Enrique Benenati no hubiera pisado cabezas para levantar ese imperio, pensó mientras acompañaba al cortejo fúnebre por la calle sombreada de cipreses del cementerio de Luján de Cuyo. Y la verdad, podría haberse elegido un ataúd un poco mejor, el antiguo dueño de las empresas de papel más grandes del país, que ahora era paseado, cadáver, en un mísero cajón que ni siquiera era de cedro, con unas manijas que de ordinarias cortaban las manos. Más cabezas había tenido que pisar él, fundir pequeñas empresas de la competencia y después comprarlas por monedas, con el apoyo de los funcionarios del gobierno, obviamente, y en varias ocasiones también de los sindicatos. También era cierto que las papeleras se habían decuplicado desde que él era el dueño, y vendían papel a siete países latinoamericanos, además de ser el monopolio más poderoso de la Argentina. Las políticas ultraliberalistas le habían abierto todas las puertas, las coimas que había pagado, desde la presidencia hacia abajo, eran sólo vueltos en la facturación del gigante del papel.
¿Es que no llegaban nunca a la sepultura? Tenía la mano agarrotada, hubiera debido ponerse un pañuelo en la palma antes de agarrar esa manija cortante. Arruinar un pañuelo de hilo de Holanda tampoco le parecía adecuado. Miró el piso de cemento trizado y desgastado de ese cementerio de pueblo. Él se había hecho levantar un mausoleo de mármol de Carrara en el cementerio de la ciudad, pero claro, él no iba a poner el vulgar cajón del tío Enrique en su palacio de la muerte, que le había costado un año del sueldo de cien obreros en una de sus mayores fábricas. Parecía que iban llegando al lugar de la sepultura. Era extraño, el sol que se filtraba a través de los pincelados cipreses creaba sombras en los acompañantes, en las lápidas del borde de la calle, en todas las cosas, excepto en el ataúd. Miró hacia todas partes esperando ver la nube cenicienta que lo acompañaba desde hacía tantos años, y no la encontró. Este descubrimiento lo inquietó más aún que el no encontrar la sombra del ataúd del tío Enrique. Era imposible que ese cajón no proyectara ninguna sombra. ¿Y la bruma cenicienta? ¿Después de más de treinta años había desaparecido? Se había acostumbrado tanto a ella, había hecho construir un mausoleo como un búnker, un ataúd blindado para escaparse de su abrazo grisáceo, y ahora no la hallaba.
Llegaron al sitio donde debía ser inhumado el tío Enrique. En la tierra. Para lo que va a durar, pensó al ver cómo descendía el cajón que seguramente era de álamo y ya se ensuciaba con terrones opacos y polvo de los bordes de la fosa. No sabía dónde había nacido esa obscena costumbre de tirar un puñado de tierra sobre el ataúd, pero le llegó el momento y tuvo que hacerlo. En el instante en que su manotazo de tierra chocó contra la tapa del ataúd, una sombra gris se escapó de las comisuras de la caja y se elevó fuera del pozo. Trastabilló. Los demás miembros de la comitiva, tres amigos desolados y una vieja que cuidaba al tío Enrique seguramente más por la memoria de los tiempos pasados que por lo que le pudiera pagar el viejo, hicieron un ademán como para sostenerlo, pero él con un gesto hosco de la mano les impidió que se le acercaran. Se alejaron del lugar, dejando al sepulturero, un hombre bajito y agreste, con unas manos enormes, mientras paleaba la tierra amontonada junto a la fosa. Se dio vuelta a mirarlo, y vio sin lugar a dudas que el hombrecito lo estaba observando y tenía una sonrisa sarcástica, o al menos ambigua, en la gruesa boca. Volvió la atención hacia la salida del cementerio, y pensó que cuando esa sombra había salido del cajón, nadie parecía haberla notado, excepto el sepulturero, que la había seguido con la mirada de sus minúsculos ojos negros. Notó que a su lado la neblina gris había vuelto a ocupar su lugar, el mismo que ocupaba desde hacía más de treinta años, muy cerca de él, quizás ahora más cerca aún.
No sabía, tal vez lo intuía, que de nada habrían valido el mausoleo de mármol y el ataúd blindado con acero, porque en su último día, pocos instantes antes de morir, la sombra gris iba a subir a su cama y lo iba a abrazar, lo iba a apretar y le iba a besar la cabeza, como hacía el tío Enrique cuando él era un niño.
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












