Por un sánguche de mortadela éramos capaces de abandonar un partido de fútbol. A los diez años, eso era bastante más serio de lo que parece.
Era 1956. Mi madre decidió cambiarnos de escuela y mandarnos al colegio Don Bosco, en el centro de Mendoza. Todavía no sé por qué. La anterior nos quedaba cerca; ahora había que tomar el tranvía en la plaza de Godoy Cruz.
Viajaba con mi hermano Miguel Ángel. El tratamiento de una tiña lo había dejado sin pelo. Llevaba boina y soportaba las cargadas de los compañeros. A mí me tocaba cuidarlo y administrar las monedas del viaje. La infancia empezaba a quedarme un poco ajustada.

El colegio ocupaba una manzana entera, con iglesia, cancha y salón de reuniones. Mi abuela vivía cerca.
En cuarto grado nos esperaba el padre Gómez, gordito, peladito, con un palito de director de orquesta. Si alguno desafinaba, tenía que ofrecerle la palma.
La batuta pegaba poco, pero ardía bastante.
Por suerte, mi primo Carlos nos enseñaba otras cosas. Era hijo del tío Jaime, que estaba con los Exploradores de Don Bosco y pasaba películas los fines de semana. El Carlitos nos llevaba un año y varias picardías de ventaja.
Gracias a él supimos que las monedas del tranvía podían convertirse en pizza con gaseosa. Bastaba caminar muchísimo más y pasar por la pizzería de Amigorena 85.
¡Cuánto disfrutamos aquellas pizzas!
Después, en casa, de eso no se hablaba. Nos habían dado el dinero para viajar y ciertas explicaciones convenía dejarlas para cuando fuéramos grandes.
Ya junté muchos años y todavía no encontré el momento.
Los domingos íbamos a misa en ayunas para comulgar.
A la salida nos esperaba el sánguche de mortadela. Podía venir con chocolate, café con leche, mate cocido o alguna gaseosa. Lo seguro era la mortadela, ese jamón de los pobres que a nosotros nos parecía una fortuna.
Había que ver la cola.
Mientras comíamos, un curita nos contaba historias. Una se me quedó prendida desde entonces.
Según nos dijo, Don Bosco reunió a unos chicos que jugaban en el recreo y les preguntó qué harían si supieran que el mundo iba a acabarse dentro de unas horas.
Uno correría a casa para estar con sus padres. Otro buscaría refugio en una cueva de la montaña. Había quien iría a confesarse y a rezar cuanto pudiera.
Cuando le tocó a Domingo Savio, contestó:
“Yo seguiría jugando”.
Tenía el alma lista y el partido sin terminar.
Nosotros escuchábamos con la boca llena. Después volvíamos a la cancha, y algo de aquella confianza se quedaba con nosotros.
Ahora, ya más cerca del arpa que de la guitarra, vuelvo a aquel patio cada vez que cierro los ojos. Dejo mi edad en la puerta, busco a Miguel Ángel entre los chicos y me pongo otra vez en la cola.
Por un instante, mi hermano está a mi lado, con su boina. Esperamos nuestro sánguche de mortadela.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













