A veces me permito imaginar un poco más.
No para cambiar lo que ocurrió, ni para agregarle al Evangelio lo que no dice. Simplemente para acercarme.
Entonces me hago muy chiquito, de esos tamaños que sirven para pasar desapercibido. Me cuelo entre la gente, les pongo nombre a los dos ladrones y busco un sitio donde nadie me vea.

Me siento en el suelo, detrás de las cruces.
No quiero estorbar.
Pero tampoco quiero quedar tan lejos que no pueda escuchar.
Y desde allí, con más imaginación que certezas y procurando no hacer ruido, alcanzo a anotar algunas cosas.
No sé si ocurrieron exactamente así.
Pero déjenme pensar que pudieron haber ocurrido.
Esto fue lo que vi.
O, mejor dicho, lo que imaginé ver:
El tercer condenado
Hay momentos en que el cielo no empieza arriba, sino abajo. En la tierra húmeda, en el polvo pegado a las rodillas, en una mano cerrada que no quiere soltar nada, ni siquiera cuando ya no le queda nada para guardar.
Antes del Paraíso hubo una calle.
No una calle hermosa, ni una avenida preparada para los triunfos, sino una de esas calles donde la humanidad muestra su peor cara. Gritos, empujones, soldados, curiosos, mujeres llorando, hombres mirando de lejos y una cruz avanzando como si toda la madera del mundo se hubiera juntado sobre los hombros de un solo hombre.

Allí estaban ellos.
Dos condenados.
Dos hombres marcados por la misma sentencia, pero no por el mismo destino. Uno miraba con rabia. El otro miraba como quien empieza a entender demasiado tarde. A veces la diferencia entre perderse y salvarse cabe en un segundo. A veces cabe en una mirada. A veces cabe en abrir la mano.
Los llamamos ladrones, como si con esa palabra ya estuviera todo dicho. Pero nadie es solamente su delito. Nadie es solamente su caída. Nadie es solamente la noche más oscura de su vida. Cada hombre trae detrás una infancia, una madre, una primera moneda, una primera mentira, una primera vergüenza, una primera herida. Y también trae, aunque no lo sepa, una última oportunidad.
Gestas tenía la mano cerrada.
No porque guardara algo. Tal vez ya no tenía nada. Pero hay personas que no sueltan ni siquiera cuando están vacías. Aprietan el puño contra la vida, contra Dios, contra los otros, contra sí mismos. Aprietan como si el mundo todavía les debiera una explicación. Aprietan como si la rabia fuera una moneda de oro.
Dimas, en cambio, empezó a abrir la mano.
No de golpe. Nadie se convierte de golpe si primero no se le rompe algo por dentro. Tal vez fue al ver pasar a Jesús. Tal vez fue al escuchar aquel silencio que no se defendía. Tal vez fue al descubrir que ese hombre caído bajo la cruz no odiaba a nadie. Tal vez fue la tierra húmeda, el olor del miedo, el peso de la muerte, o esa misteriosa claridad que a veces se enciende justo cuando todo parece apagarse.
Jesús pasó cargando la cruz.
Y no pasó solo por la calle. Pasó por la conciencia de los dos. Pasó por la historia de cada uno. Pasó por la grieta más escondida del alma humana. Porque Cristo no camina solamente por Jerusalén. Camina por dentro. Entra donde nadie entra. Mira donde nadie se atreve a mirar. Y cuando uno cree que ya está condenado para siempre, Él todavía pasa.
Ese fue el primer milagro.
No que Dimas bajara de la cruz. No que se le borrara el pasado. No que desapareciera el dolor. El primer milagro fue que pudo mirar distinto. Y cuando un hombre mira distinto, ya empezó a nacer de nuevo.
Gestas siguió insultando.
También eso es humano. Hay dolores que se vuelven veneno. Hay culpas que se disfrazan de burla. Hay desesperaciones que prefieren escupir antes que llorar. Gestas no es solamente el malo de la escena. Gestas es esa parte nuestra que se endurece cuando la vida nos golpea. Es el hombre que no pide perdón porque pedir perdón le parece perder la última batalla. Es el que prefiere morir con la mandíbula apretada antes que decir: “Me equivoqué”.
Dimas no se volvió santo por haber vivido bien.
Se volvió santo por haber reconocido la verdad en la última hora. Y eso incomoda. Cerca de las cruces, un hombre de túnica limpia frunce el ceño al escuchar la promesa de Jesús. No dice nada, pero la mandíbula se le tensa, y da un paso atrás, como si ese perdón repentino fuera una ofensa a todos los años que él mismo llevaba cumpliendo la ley sin una sola falta. El Reino no siempre llega por donde uno espera. A veces entra por una rendija. A veces por una lágrima. A veces por una frase dicha al borde del abismo.
“Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”.
No pidió explicaciones. No pidió rebaja de condena. No pidió que lo bajaran. Pidió memoria. Le dijo a Jesús, en el fondo: “No quiero perderme del todo. Que alguien me recuerde. Que mi vida no termine solamente en esto”.
Y Jesús le respondió con una de las frases más grandes de toda la historia humana:
“Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Hoy.
No mañana. No después de revisar todos los papeles. No cuando los perfectos den permiso. Hoy.
Porque cuando el amor de Dios encuentra una rendija verdadera, entra entero.
Antes del Paraíso hubo un hombre que abrió la mano.
Antes del Paraíso hubo una cruz al lado de otra cruz.
Antes del Paraíso hubo un condenado que dejó de justificarse.
Antes del Paraíso hubo una mirada que se atrevió a pedir memoria.
Y antes del Paraíso hubo Jesús, pasando con la cruz, como pasa todavía por nuestras calles, por nuestras casas, por nuestras culpas, por nuestras heridas y por esas zonas del alma donde uno cree que ya no queda nada que salvar.
La escena no termina con un martillo golpeando.
Termina con un martillo suspendido.
Porque hay un instante en que hasta la violencia parece quedarse muda. Un instante en que el cielo respira sobre la tierra. Un instante en que la muerte cree que ha ganado, pero no sabe que acaba de abrirse una puerta.
Dimas no tuvo tiempo de hacer grandes obras.
No fundó nada. No predicó nada. No escribió nada. No pudo devolver lo robado. No pudo reparar todas sus sombras. Apenas pudo mirar a Jesús y decirle la verdad mínima que salva:
“Acuérdate de mí”.
Y eso bastó.
Quizá por eso esta historia nos sigue buscando.
Porque todos tenemos algo de Gestas y algo de Dimas. Todos hemos cerrado la mano alguna vez. Todos hemos apretado una moneda vieja, una ofensa, una culpa, una bronca, una razón que ya no sirve para vivir. Todos hemos mirado pasar a Dios cargando una cruz y no siempre lo hemos reconocido.
Pero también todos tenemos una última posibilidad.
Abrir la mano.
Bajar la voz.
Dejar de insultar al dolor.
Mirar al inocente.
Y decir, aunque sea tarde, aunque sea desde la madera de nuestra propia cruz:
“Señor, no te olvides de mí”.
Entonces el Paraíso deja de ser un jardín lejano.
Empieza ahí mismo.
En la tierra húmeda.
En la mano abierta.
En el condenado que ya no se defiende.
En el Dios que, aun clavado, todavía tiene autoridad para regalar cielo.

Porque el Paraíso no empezó después de la muerte.
Empezó antes.
Cuando un hombre perdido se dejó encontrar.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













