No me caés bien.
Pero no por lo que hacés.
Eso lo entiendo.
Alguien tiene que cerrar
cuando termina la función.
Me caés mal
por cómo te presentaron.

Todo negro.
Todo abismo.
Esa guadaña ridícula.
Esos ojos vacíos
que quisieron hacerme creer
que eran profundos.
Pero no son profundos.
Son huecos.
Porque vos no tenés ojos, flaca.
Esa es tu desgracia.
No tu guadaña.
No tu manto.
No tu silencio.
Eso.
Que no podés mirar a nadie.
Podés apagar.
Pero no sabés mirar.
Y quien no sabe mirar
tampoco sabe acompañar.
Yo, en cambio,
sí conozco una mirada.
La conozco bien.
La vi en momentos
en que todo lo demás
había dejado de tener sentido.
No llegó con ruido.
No llegó con señales.
Llegó como llegan
las cosas verdaderas:
despacio,
con paciencia,
con una luz que no encandila.
Una luz que muestra.
Y cuando esa mirada te encuentra
no te juzga,
no te pesa,
no te apura.
Te reconoce.
Como si hubiera sabido desde siempre
que eras vos.
Como si te hubiera estado esperando
no con impaciencia,
sino con amor.
Que es distinto.
El amor espera
sin dejar de estar.
Ya lo viví, flaca.
No una vez.
Varias.
En momentos
en que vos también andabas cerca.
Y, sin embargo,
no fue tu vacío lo que sentí.
Fue esa mirada.
Esa que sostiene
cuando todo tiembla.
Esa que nunca me prometió
que no iba a doler.
Me prometió algo mejor:
que no iba a estar solo.
Y eso,
para quien alguna vez supo
lo que pesa la soledad,
es mucho.
A veces es todo.
Por eso quiero dejarte
una cosa clara.
Cuando llegue el momento,
hacé tu trabajo.
Cerrá lo que tengas que cerrar.
Pero no vengas a buscarme.
A buscarme viene Él.
Porque de tu mano
no me voy.
No por miedo.
Por elección.
Conozco otra mano.
La reconocería entre todas.
Ya me sostuvo antes
en lugares a los que uno
no llega solo.
Y hay algo más, flaca.
Al final resultaste
menos terrible
de lo que te pintaron.
Sos lo que sos:
la encargada del cierre.
Nada más.
Sin la grandeza oscura
que te inventaron.
Y una cosa más,
antes de despedirnos.
Vos ya perdiste una vez.
Fue una mañana de domingo.
Temprano.
Cuando todavía quedaba rocío
sobre la tierra
y encontraron corrida la piedra.
Adentro no estaba Él.
Habías hecho tu trabajo.
El cuerpo había sido herido.
La sangre se había derramado.
La piedra había cerrado la entrada.
Parecía terminado.
Pero no.
Él salió.
Y la luz que salió con Él
todavía no pudiste apagarla.
Esa fue tu derrota.
No porque desde entonces
los hombres hayan dejado de morir.
Seguimos muriendo.
Algún día me tocará a mí.
Pero desde aquella mañana
dejaste de ser el final.
Te convertiste en umbral.
La última puerta
antes de la verdadera vida.
Por eso no necesito
pelearme con vos.
Hacé tu oficio.
Cuando llegue mi hora,
cerrá lo que tengas que cerrar.
El resto no es asunto tuyo.
Porque Él no viene por obligación.
Viene porque ama.
Y el Amor,
cuando es Amor de verdad,
no abandona a mitad del camino.
Eso también lo aprendí.
Y debe ser contagioso.
Porque después de tantos años
hasta a mí me enseñó
a no tenerte miedo.
Así que cuando llegue el día,
ya sabés cómo es la cosa.
Primero, esa mirada.
Después, esa mano.
Él me reconoce.
Yo lo reconozco.
Y me voy con Él.

Vos hacé lo tuyo.
Cerrá la puerta al salir.
Chau, flaca.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













