Rubén Adrián Polese (“Pole”) lanza la pregunta candente por la identidad lanusense. ¿Acaso existe tal entidad o se trata de un mero artificio? No lo sabemos a ciencia cierta pero ahora, gracias a este libro, por lo menos estamos en condiciones de reconocer algunos insumos.
Los seres humanos encuentran su identidad en las relaciones y emociones que niegan su particularidad aislada. Lanús, ciudad que le fue creciendo a una estación del Ferrocarril, conjunto de barrios creados por algunas calles, ciudad parida por un conjunto de “externalidades”; en fin, ciudad multibarrial informal, ubicada en el primer cordón del conurbano bonaerense, es el espacio geocultural en el que algunas y algunos hemos desarrollado buena parte de nuestra individualidad, pero, sobre todo, donde hemos construido colectivamente porciones significativas de un nosotras y un nosotros, es decir: un sentido de pertenencia.
Es sabido que el barrio –mucho más si es un “barrio informal”– confiere más identidad que la gran urbe que, por lo general, suele ser un espacio de desorientación. En contraposición a lo que ocurre en las ciudades formales, es más difícil sentirse paria en un barrio informal. En espacios que conservan alguna dosis de “convivencialidad” es más fácil intentar una existencia auténtica y escapar de las existencias banales. En el barrio contamos con más posibilidades de aferrarnos a una tabla de salvación en medio del naufragio. El barrio puede funcionar como la contracara de la absorción, incluso de la segregación, posee costados con potencial socializador. En el barrio, ya sea en un comercio, en la cola de un banco, en la parada o en el interior de un bondi (de alta numeración e infinitos ramales) es más común que los seres humanos sonrían, que hablen entre sí, conociéndose o no. La diversidad sigue siendo un valor. Y muchas personas insisten en ejercer accesos pacíficos. El barrio puede bloquear la desgarradora cibernética urbana y dejar entreabiertos algunos espacios para la acción. En ciertos aspectos del orden de lo existencial, muchos barrios del conurbano bonaerense son más seguros que los barrios privados y cerrados. O que un departamento en Puerto Madero, en el barrio de La Recoleta o en la Avenida Libertador.

Esto es así, entre otros factores, porque en el conurbano se han conservado una estructura del espacio vital y una cultura de la ocupación del espacio público (una verdadera praxis) que, en otros lugares del país, como en la ciudad de Buenos Aires, o en algunas ciudades medianas (incluso en pueblos) del interior de excesiva pulcritud, se han ido perdiendo irremediablemente. Las calles del conurbano resisten la esterilización que busca imponer la lógica del urbanismo capitalista con sus leyes prescriptivas y la lógica mercantil en general. En esas calles se contrarrestan los procesos de aculturación programada.
En el conurbano rigen leyes proscriptivas. Todavía podemos sentir que el barrio es nuestro, que las calles son nuestras y nos damos el gusto de apropiarnos del espacio común, a veces con prepotencia más o menos consensuada. Podemos instalar una silla reposera plegable, una pileta de lona o un inflable saltarín en la vereda; podemos jugar a la pelota y al truco o hacer un asado, un baile o una celebración en la calle. Nuestras casas se prolongan y dan lugar a una casa común. La idea de lo común resiste los embates de las instancias desintegradoras de la sociedad: el mercado, el narco, las burocracias estatales y las fuerzas de seguridad. Todavía, desde aquí, podemos enfrentarnos al mundo y decirle que No. Podemos rechazar los sistemas de necesidades impuestos. Todavía nos quedan recursos para defender nuestro albedrío y para limitar la heteronomía. El instinto comunitario no ha sido erradicado del todo.
Tomando una idea de Jean Robert, el gran urbanista y filósofo suizo-mexicano, podemos decir que en muchos barrios del conurbano “las personas conservan algún margen para definir sus necesidades y darles una forma cultural a través de actos que las satisfacen” y que al hacerlo “producen valores de uso” que este autor llamaba “valores vernáculos”. Esa cultura, que muchas veces se manifiesta en pequeños detalles y en aparentes nimiedades, contiene elementos solidarios y cooperativos. Y, lo más importante, a quienes habitamos estas periferias suburbanas, nos brinda una mínima conciencia situacional, nos hace un poco menos individualistas, un poco menos cartesianas y cartesianos y un poco menos gilas y giles.
Obviamente, como concepto, Lanús puede resultar más frágil que otras entidades que abarcan espacios (geográficos o simbólicos) más extensos. Pero suele resultar más económico pensar la humanidad desde el barrio. No cabe duda, estamos expuestos a la eventualidad de leer mal y de entender peor, pero desde este rincón siempre pudimos enterarnos de todo y después hacer a nuestro modo. Desde aquí se puede iniciar la peregrinación al destino más maravilloso y al más frustrante.
De ahí, tal vez, la actitud algo pretenciosa de algunas y algunos lanusenses que, cansadas y cansados de la condición de la viajera y el viajero pendular, hartas y hartos de la condena a la migración cotidiana, aspiran a que el mundo las y los pase a buscar por la puerta de su casa en los sagrados días del reposo barrial. La actitud de las y los lanusenses, liberadas y liberados de la deportación consuetudinaria y que aún gozan de la antigua (y emblemática) coincidencia de sus espacios de vida y trabajo, es aún más radical.
En Hecho en Lanús, Pole realiza una radiografía (actualicemos de una buena vez: una tomografía) de este rincón del mundo. Lanús, territorio pequeño, pero densamente poblado, es un palimpsesto, donde se superponen diversas capas. Algunas, según la época histórica que tomemos como referencia, pueden resultar más visibles que otras, pero todas respiran en algún sitio.
Los edificios-torres, hijos de la renta inmobiliaria y de los procesos de “gentrificación” de los tiempos del país neoliberal no llegan a tapar del todo a las fábricas del país industrial. En algunos barrios, el pueblo de Lanús le pone coto a las infraestructuras que discriminan y producen desigualdades. También están los elementos subyacentes que nos remiten a los tiempos de los saladeros y las estancias del país agro-exportador. Claro, debajo del asfalto maltrecho de nuestro distrito, está la pampa. Todavía se la puede apreciar a flor de piel, en algunos pocos parajes.
Entonces en Lanús se pueden identificar los aportes recientes de las migraciones desde los países limítrofes, junto a la impronta de las migraciones internas y la marca lejana y profunda de los inmigrantes europeos o de otros sitios remotos del mundo. Sobrevuela el fantasma de los querandíes masacrados. Varias idiosincrasias coexisten, a veces dan lugar a fusiones y síntesis culturales, en otros casos sobreviven en tensión. Porque la superposición, muchas veces, es contradicción y antagonismo. De clase y de otros tipos. Colonizadores y colonizados, terratenientes y peones rurales, industriales y obreros, comerciantes y empleados, una extensa clase trabajadora informal y precarizada, gringos y criollos, clases medias ambiguas e indescifrables y, en buena medida, aspiracionales y meritocráticas. También se entrecruzan distintas velocidades. Y aunque la velocidad del urbanismo vehicular tienda a imponer su sinrazón, quedan destinos al alcance de los pies o de la bicicleta.
A pesar de esta heterogeneidad, el componente plebeyo (social y culturalmente hablando) se impone en Lanús. Tal vez más que en otros distritos del primer cordón del conurbano. La condición plebeya excede los contenidos clasistas y se convierte en signo de distinción (o estigma): made in Lanús. Claro está, en sentido horizontal y vertical, también fermentan las fratrías, los clanes.
Pole resalta el protagonismo de Lanús en la historia nacional. No pasa por alto la importancia de su entramado productivo y comercial, de su paisaje empecinado en ser fabril, aún a contramano. También da cuenta de los procesos de conformación de un tejido social solidario y de las instituciones a que el mismo dio lugar. Se detiene, especialmente, en el papel de sus mejores hijas e hijos en las grandes gestas populares argentinas: las huelgas del movimiento obrero a fines del silgo XIX y a comienzos del siglo XX, el 17 de octubre de 1945, la resistencia peronista, las luchas de los sindicatos, de los movimientos sociales y de las organizaciones populares contra las dictaduras militares y contra los proyectos neoliberales. Se trata de hitos donde algunas vecinas y algunos vecinos de Lanús se pusieron de acuerdo para luchar políticamente contra la destrucción de la ciudad o el país.
Asimismo, Pole no pasa por alto la sordidez de algunas figuras locales que fungieron como agentes o cómplices de políticas opresivas, de quienes hicieron difícil la vida de muchas y muchos lanusenses (o argentinas y argentinos en general). Miserables hay en todos lados y, prácticamente, no existe convivencia social exenta de los fenómenos siniestros. Por suerte, los pueblos tienden a recordar solo las historias más bellas.
¿Además de esta historia compartida con otras ciudades del conurbano y del país, qué atractivos tiene Lanús? En términos turísticos: cero. Y, como en todas partes, lo mas pretencioso siempre termina siendo lo más cursi y lo más inauténtico, tal como lo demuestra la artificialidad de “Lanusita”. De ningún modo nos cerramos a la posibilidad de que alguna vez Lanusita deje atrás su pasado imitativo y adquiera alguna identidad propia. No pocas veces ese fue el destino de la parodia. Lo cierto es que siempre existió una parte de Lanús que no soporta ser Lanús y que quiere ser de otra manera pero que, a la larga, termina siendo Lanús. No tenemos plena certeza, pero posiblemente se trate de un designio telúrico o algo así.
Para explicar los “atractivos” de Lanús resulta imprescindible, en primer lugar, desechar urbanismos y luego apelar al desparpajo del lenguaje y a los signos que remiten a los arcanos. Veamos.
Muchas y muchos, en modo palermitano, podrán decir que Lanús es un desierto estético y simbólico. Que es como un cuadro de Niko Pirosmani (¡pero en blanco y negro!). Que su insignificancia cromática es irritante. Que es una ciudad opaca. Que carece de gloria, de relieves y de rincones mágicos. Ignorando a Sandro (Roberto Sánchez), a “2 Minutos” y a “Babasónicos” podrán decir que su música es solo de trenes, de camiones, de bondis y de latas. Sin quinta sinfonía de Mahler. Sin Minor Swing de Django Reinhardt. Podrán decir que Lanús carece de aromas forestales. Que tiene olor a curtiembre y a perro muerto quemado. Incluso a cosas peores. Que es un paraje monótono y metálico.
Pero sucede que, en Lanús, la materia de lo sagrado se escurre presurosa, destella en cualquier parte, en cualquier fango, en cualquier hendidura, en cualquier protoplasma, en cualquier ademán agónico. No requiere maizales para verdear. No tiene sed de colores ni hambre de formas sublimes. Y las y los lanusenses, por lo general, andamos flojas y flojos de instintos bucólicos. Como si todo esto fuera poco, los paisajes no le movían un pelo a Charles Baudelaire. Con aires socráticos afirmamos que nos incumben más las personas que los árboles.
Cuando en el año 1971 Muhammad Ali llegó a Lanús para comer un asado, al cruzar el Puente Alsina desde CABA (que en aquel tiempo era Capital Federal) dijo: “this really looks like home”. ¿Acaso Lanús se parece a Louisville, Kentucky? Sospecho que no. No demasiado. Simplemente, se parece a un hogar proletario o semiproletario. De eso se percató el célebre activista social y el mejor boxeador de todos los tiempos.
¿Cómo explicar el querer estar y transcurrir en Lanús? Seguramente pesan las cuestiones del orden de lo práctico o lo fatal. Para alguien (como quien escribe este prólogo) que es tercera generación, y prolongado en una cuarta, se combinan ambas. Por supuesto, están los motivos convivenciales y la capacidad de producción de valores vernáculos que señalábamos y que valen para una buena parte del conurbano. Para algunas y algunos pueden resultar seductores algunos rincones con ritmo pueblerino a pocos kilómetros de la gran ciudad. Está el caso de las y los que atesoran hermosas herencias de las generaciones anteriores y que no pueden desprenderse del recuerdo de comunidades relativamente felices. Pero también hay otras causas más potentes, casi del orden de lo metafísico, por lo menos para algunas y algunos que habitamos tozudamente este rincón del mundo.
Tal vez queremos estar y transcurrir aquí por que tenemos miedo al tren del olvido, al ancla de madera y a otros artefactos inservibles. Miedo al piélago de la niebla de agosto y de quedarnos sin umbrales, varadas y varados en un presente con el alba vacía y los bolsillos llenos. Miedo de perder las risas, los espantapájaros y los amaneceres que se sonrojan. Miedo de no poder diferenciar un fantasma de un fragmento de sueño. Miedo al llanto desafinado y al llanto por desafinidad. Miedo de que ya no nos queden hermandades súbitas a las que podamos sumarnos sin trámites ni ceremonias. Miedo de perder los rumores que nos sostienen. Miedo de no encontrar escombros para llenar nuestros vacíos. Tal vez –no lo negamos– haya algo de lo que Enrique Symns (otro lanusense, de la calle Linniers al 230 para más datos) llamaba “la comodidad de internarse en el asilo de las costumbres antes que seguir recorriendo nuestro miedo a la oscuridad”.
Lanús es esa esquina del tiempo en que creíamos que el armazón del mundo era tan, pero tan sólido, tan impuntual y sólido, como las locomotoras diesel que rugían desaforadas cuando pasaban debajo del puente de fierro en la Estación y éramos como Galileo bailando en la cima de la Torre de Pisa.
Lanús es la ternura cubierta por capas de ironía de esos viejos que hablaban en tangos. Los viejos maestros del énfasis que ostentaban vocabularios musicales y frenéticos, y manos sarmentosas grisáceas y rítmicas; manos como buitres marchando. Los viejos que ensañaban los enigmas de la quiniela y el asfalto. Los viejos que decían que cada mujer y cada hombre eran un camino y que la cuestión era caminarse nomás, sin hacer mucho ruido, yendo siempre a menos en cada escaramuza de la vida. Los viejos y las viejas, por supuesto. Algo de ese lenguaje auténtico y de esa sabiduría todavía habita en nuestro asfalto y en las calles por asfaltar.
Lanús es la parsimonia de los atorrantes, dignos como las personas que siembran; compañeros de la magia desguarnecida y dueños absolutos del universo, sacrílegos en tropel que descaminan la ciudad y se roban todas las alegorías.
A modo de hipótesis sostenemos que, más que en alguna institución local particular, la identidad lanusense se puede adquirir de modos diversos. Por ejemplo: en la infancia, en la lógica global impuesta por la calesita de la plaza General Arias, en Lanús Oeste, o en otra calesita de otra plaza. Así alcanzada, esa identidad viene con la noción del eterno retorno inoculada. A propósito: en una de las esquinas de la plaza Arias se encontraba la intersección de las calles Miller y Monroe (ahora Carlos Gardel, aunque las personas mayores siguen optando por la vieja denominación). Alguna vez fantaseamos que era por Arthur y Marilyn. Después supimos que se trataba de un militar y de un presidente yanqui. Lanús a veces te desilusiona.
Ya de más grandes, la identidad lanusense puede procurarse oteando las vías impregnadas de sol matinal curvándose camino al sur, hacia Remedios de Escalada, o camino al norte, hacia Gerli. O ungiéndose en hollines y barros suburbanos repletos de rumores, experimentando el amparo de las techumbres agrietadas de Villa Obrera en Lanús Este, aprendiendo a ver al viento posarse en los pájaros, sintiendo la complicidad de las magras arquitecturas de Caraza o Villa diamante.
La identidad lanusense se obtiene escuchando la letanía nocturna de los grillos en Villa Jardín, o acodándose en un mostrador lustroso de Villa Industriales o Valentín Alsina, junto a borrachos, pesados de todo tipo y seres agobiados, a la espera de que el mozo les sirva la última copa o que el cuerpo les dicte la ultima palabra.
Obviamente diversas instituciones locales contribuyen a reforzar esta identidad: centros culturales, centros de jubilados, asociaciones empresariales, asociaciones vecinales, sindicatos, cooperativas, organizaciones sociales y políticas, bibliotecas, hospitales, salas de primeros auxilios, cuarteles de bomberos voluntarios, iglesias, clubes, escuelas, universidades, entre otras.
Lanús es el centelleo de las velas, el titilar de los cien fuegos congregantes en Monte Chingolo. Es el misterio en rojo y negro del santito atiborrado de colillas de cigarros y de botellas vacías, saturado de alabanzas panteístas. El santito de la fe económica y urgente, sin pecado, sin culpa, sin cielo. La fe que no mueve montañas. La fe de la pura desesperación. La adoración más austera.
Cuando no nos crecen guitarras ni coplas en las extremidades lacónicas, cuando estamos vacío de quimeras o cuando el animo enfila raudo y terco hacia las alcantarillas del agobio, salimos a caminar por las calles de Lanús para encontrarnos con gente, o asumimos el riesgo de la bicicleta (Lanús no se parece a Copenhague precisamente). Así logramos evadirnos de la tierra hostil de la cordura, nos escapamos de la normalidad aplastante y volvemos a respirar satisfechas y satisfechos el olor de los paraísos florecidos, de los jazmines y de otras especies. Porque, al final, en Lanús, no todo es olor a curtiembre y a perro muerto quemado. Cuando se multiplican las espaldas que nos gritan sus indiferencias, cuando bailan las penumbras entre los humos amotinados, cuando nos quedamos varadas y varados en una lógica y se nos hace un hueco en la conciencia, regresamos a los altares improvisados, a los sortilegios inmediatistas, aunque nos hayamos quedado sin recursos litúrgicos.

Podrán decirnos (por cierto, lo hacen habitualmente): Lanús solo cabe en una memoria terca que junta escombros como una vizcacha. Memoria que junta huesos apabullados, que arrastra un ostracismo esencial y trae pegado barro ominoso en los zapatos.
Podrán decirnos, intentando una refutación del lanusense Diego Armando Maradona: el puente Alsina no es el puente de Brooklyn. Podrán decirnos: Lanús tiene el tamaño de la tristeza, de la derrota, del derrumbe; es una isla ruinosa; es la patria de las perdedoras y los perdedores salpicada con bolsones de tilinguería y deseos pequeño-burgueses. Todo eso podrán decirnos repletos de prejuicios comparativos. Pero amigas y amigos: la costa del amparo a veces es brumosa. El color de las fusiones es indescifrable. ¡Tanto infinito respira en mi jardín!
¡Salud Pole!, gracias por esta contribución al auto-conocimiento de las y los lanusenses.
Lanús Oeste

Columnista invitado
Miguel Mazzeo
Profesor de Historia y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Profesor titular regular de la UBA y de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa). Investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC-Facultad de Ciencias Sociales-UBA) y de la UNLa. Educador popular, participó y participa de espacios de formación de diversas organizaciones de Nuestra América. Escritor, autor de varios libros publicados en Argentina, Venezuela, Chile, Perú y el Estado Español; entre otros títulos se destacan: ¿Qué (no) Hacer? Apuntes para una crítica de los regímenes emancipatorios; Introducción al poder popular. El sueño de una cosa; Poder popular y nación. Notas sobre el Bicentenario de la Revolución de Mayo; El socialismo enraizado. José Carlos Mariátegui: vigencia de su concepto de “Socialismo práctico”; El hereje. Apuntes sobre John William Cooke; Marx populi. Collage para repensar el marxismo; La comunidad autoorganizada. Notas para un manifiesto comunero
Nota
Prólogo al libro Hecho en Lanús. Historia social y política de un territorio comunal. Desde el período colonial hasta la actualidad, de Rubén Adrián Polese, publicado por Muchos Mundos Ediciones













