No le preguntes al calendario.
Ese pobre hace lo que puede, pero no sabe nada de vos.
Tampoco le preguntes a la razón, que suele llegar tarde a los lugares importantes.
Si de verdad querés saber quién sos, escuchá ese río callado que llevás adentro.
Ese sí sabe.
Ha estado con vos cuando eras chico y hacías diques en la acequia.
Cuando cantabas rosarios camino al río Mendoza.
Cuando te creías dueño del mundo.
Y también cuando estabas sentado en una celda donde apenas cabían tres hombres y el miedo ocupaba más espacio que nosotros.
Ese río nunca se fue.
A veces se escondió.
Pero nunca se fue.
Hay un rincón dentro de nosotros donde se guarda todo lo que fuimos.
No como museo.
Como semilla.
Ahí siguen viviendo el niño, el joven, el hombre golpeado, el enamorado, el que perdió, el que volvió a empezar.
Ninguno desaparece.
Todos siguen conversando bajito dentro del alma.
Por eso, cuando uno llega a cierta edad, descubre algo raro.
No vuelve al pasado.
El pasado vuelve a uno.
Aparece una canción.
Una calle.
Un olor.
Una fotografía.
Y de pronto entendés que la vida no era una carrera.
Era una cosecha.
La alegría verdadera tampoco era aquello que creíamos.
No era ganar.
No era tener razón.
No era llegar primero.
Era otra cosa.
Era sentarse a la mesa con los que uno ama.
Era escuchar.
Era servir.
Era poder mirar hacia atrás sin vergüenza.
Era descubrir que incluso los años más difíciles habían dejado algún fruto.
Porque la vida tiene una costumbre extraña.
Hace pan con las derrotas.
Hace sombra con los árboles caídos.
Hace música con las heridas cuando les damos tiempo.
Y entonces comprendés algo que el alma sabía desde el principio.
Ese lugar que siempre buscabas no estaba adelante.
Estaba adentro.
No era un país.
No era una ciudad.
No era una época.
Era una manera de estar en el mundo.
Una manera de mirar.
Una manera de amar.
Por eso ya no me preocupa tanto encontrar el camino.
Me preocupa no olvidar para qué camino.
Camino para acompañar.
Camino para agradecer.
Camino para dejar alguna semilla.
Camino para que alguien encuentre un poco de sombra donde yo encontré sombra.
Y cuando llegue el último atardecer, si Dios me pregunta qué hice con la luz que me dio, no quiero mostrarle triunfos.
Quiero mostrarle rostros.
Los que amé.
Los que me ayudaron.
Los que pude ayudar.
Porque al final, quizá el hogar que buscamos toda la vida era simplemente eso:
haber dejado un poco más de ternura en el mundo de la que encontramos al llegar.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.












