
(viene de la edición anterior)
-Sólo las que están cerca del libro -dijo Paco apuntando con su rifle, a lo que Juan Arriaga hizo lo propio y entre ambos dispararon a las serpientes que se enroscaban en la columna sobre la cual se abría el libro. Los reptiles volaron en pedazos y alguno huyó velozmente hacia el baldaquín. Paco se adelantó hasta la columna, cerró el libro y se lo puso bajo el brazo, y volvió a toda velocidad hasta la puerta de la habitación.
-Vámonos, rápido, seguro que van a traer a otras-. Y diciendo esto se puso a correr hacia la salida de la casa; en poco menos de un minuto ya estaban ambos en la calle.
-¿Tan importante es ese libro?- Paco se veía ondulante a través del vaso de licor verde. Habían regresado al refugio del mago de la absenta y después de semejante aventura, Juan consideró que merecía tomar lo más fuerte que hubiera a la mano. Y por supuesto, lo más fuerte estaba en la casa de Paco.
-El libro es un símbolo. Lo importante es que no caiga en manos de las personas equivocadas.
-¿Los secuaces del desamparo?- Juan apuró su vaso de líquido verde.
-Ellos, quienes sean.
Juan Arriaga hubiera querido una mayor explicitación de esa respuesta, pero la absenta estaba haciendo efecto, la ondulación ya no dependía del vidrio de su vaso sino que ocupaba toda la habitación, y después de todo, pensó, de lo que estaba dudando era de la existencia misma, lo demás… eran detalles.
-Hay que bañarse. Hoy tenemos que ir a ver a Bilbao- la cara de Paco se asomó sobre el espacio visual de Juan Arriaga, que no alcanzaba a comprender todavía qué significaba eso de bañarse, y ni siquiera dónde estaba. Por supuesto era la casa del mago de la absenta, que otra vez lo había hecho saltarse una noche, o borrarla de la memoria. Al menos no está todo en ruinas, pensó mientras intentaba incorporarse y entrecerraba los párpados ante la hiriente luz que acuchillaba el aire denso desde la banderola de vidrios esmerilados.
-Me tengo que bañar en mi casa, necesito cambiarme -pronunció con una garganta que le pareció la trompa de un elefante engripado. -¿Dónde hay que ir?
-A ver a Bilbao. Nos vamos a encontrar en casa de Rubí.
-¿Bilbao es el novio de Rubí?- la pregunta de Juan Arriaga sonó tan extemporánea que quedó colgando de un velador hecho con una damajuana forrada de mimbre con una pantalla tapizada de estampillas. La estentórea carcajada de Paco despejó el aire, removió las últimas telarañas de la noche e instaló definitivamente el día.
-Tenés que traer las cenizas de Isabel- pronunció el mago todavía agitado por su propia risa.
Cuando tocaban el portero eléctrico en el portón de la casa de Rubí Morales, Juan vio que el sol del mediodía caía tan exactamente sobre todas las cosas, que las sombras habían desaparecido. Se había puesto un saco de corderoy gris y unos pantalones estilo cargo, ropa que se había comprado después de los consejos de la mujer, y que había esperado para estrenar cuando volviera a verla. En las manos llevaba el jarrón japonés con las cenizas de Isabel Pereira. Cuando la empleada les abrió la puerta lo primero que notó fue el jarrón, y sin ningún disimulo se persignó.
-Ya están todos- dijo sin mirar a ninguno de los dos visitantes, mientras golpeaba la puerta del salón habitual que Juan conocía muy bien.
Adentro, y sentados en las poltronas de terciopelo verde con vasos de whisky o de otras bebidas en las manos, estaban Edelmiro Casacordero, Melchor Montoya, Rubí Morales, y en el sofá, solo, sentado en el medio, un personaje que parecía salido de una película de Fellini. Era un hombre -a pesar de su vestimenta y del maquillaje- de gran porte, maduro, con la cara pintada de blanco y los ojos totalmente maquillados de negro, la boca también pintada de negro, y las uñas largas y esmaltadas del mismo color. Tenía sobre el pecho un abigarrado jabot de encaje blanco, sobre el cual se apoyaba una cadena de la que pendía un dije en forma de triángulo con una forma ovalada dentro. Encima de los hombros llevaba algo que debería ser una capa de seda colorada. A sus pies había un baul de madera pintado de dorado. Juan no sabía a quién saludar primero ni cómo dirigirse a semejante personaje, hasta que el mismo Paco lo condujo, tomándolo de un codo.
-Querido Bilbao, éste es Juan Arriaga, y trae las cenizas de Isabel.
Bilbao sonrió con una mueca que podría haber querido decir “que le corten la cabeza”, y antes de otro gesto de saludo extendió los brazos hacia el jarrón japonés. Juan Arriaga no sabía si saludar, replicar la sonrisa o extender el jarrón. Al fin decidió que lo más apropiado era una combinación de las tres cosas, y entregando las cenizas dijo “mucho gusto”.
El personaje, que en ese momento a Juan le pareció el Marlon Brando de La isla del doctor Moreau, abrazó con afecto el jarrón y después de un minuto interminable en que lo miraba, levantó los ojos hacia su interlocutor y esta vez con una sonrisa algo más piadosa le dijo:
-Gracias por ocuparte de Isabel, una mujer que supo morir sin hacer ruido.
Juan pensó que en efecto no se escuchó ni el caer de la silla cuando supuestamente su vecina de arriba se colgó de la araña de caireles.
-Ahora tienen por delante tres misiones- prosiguió Bilbao pasándole la urna a Melchor Montoya después de hacerle un gesto, y mientras con otro gesto le pedía el libro a Paco y lo abrazaba con igual intensidad. -Enterrar las cenizas de Isabel, encontrar la cuerda de la cual se colgó, y llevarle este baúl de regalo a la tía Yiya. Ahora vamos a disfrutar del banquete que nos ha preparado la querida Rubí.
Y con estas últimas palabras, Bilbao se puso de pie y con él todos los demás miembros de la reunión. Juan Arriaga se mantenía cerca de Paco para no equivocarse en ninguno de los pasos a seguir. Pudo comprobar que Casacordero vestía un traje de raso azul metálico cuyos brillos rebotaban en la puerta ventana que daba al jardín, llevaba gemelos que parecían de platino y una corbata de seda roja. Rubí se había puesto unos pantalones palazzo de lamé, unas sandalias de strass y una blusa de satín que parecía hecha con las escamas de un pez de oro. Melchor, mucho más sencillo, tenía unos pantalones chupines de gabardina y un chaleco de hilo a rayas.
Salieron de la biblioteca, atravesaron el hall de la escalera hollywoodense y entraron a un salón enorme, con dos arañas como la preferida de Isabel Pereira, y debajo una mesa de roble vestida con un mantel blanco y un servicio de vajilla, cubiertos y copas de cristal dignos de una película de Visconti.
Juan Arriaga se sentó junto a Paco y comprobó con alivio que el almuerzo era mucho más distendido de lo que la escenografía hacía esperar. La misma empleada que les abría la puerta, y que en ese momento supo que se llamaba Dora, trajo a la mesa una enorme bandeja con una cazuela de gallina, y otras muchas bandejas más con verduras, ensaladas y salsas. Había vinos blancos y tintos, y jarras de plata con agua.
-Propongo un brindis- dijo Bilbao. -Por la memoria de nuestra amiga Isabel Pereira, y por la herencia que nos ha dejado, este nuevo miembro de nuestra comunidad, Juan Arriaga.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).













