(viene de la edición anterior)
Juan Arriaga no se sorprendió cuando Dora trajo a la mesa el postre, que era budín de pan con dulce de leche. El champán empezó a circular, y en poco tiempo la suma del vino que había bebido tan generosamente agregado a ese espumoso y helado elixir lo llevaron a una suerte de liviana ondulación, en la que veía a sus compañeros de mesa como habitantes de un fondo marino, y a Bilbao como a una importante morsa o un calamar enjoyado que no dejaba dejaba de sonreír mientras lo observaba beber.
-Estimado, venga a charlar un rato conmigo. Deje a estos amigos un poco a sus anchas- le dijo Bilbao cuando se levantaron de la mesa para servirse café en una sala contigua, más pequeña pero no menos suntuosa.
Bilbao abrió cinematográficamente una puerta doble con vidrios que daba sobre los jardines posteriores del caserón, y respiró con placer el aire de la primera tarde. Fuera había una suerte de terraza con balaustrada, y algunas poltronas de ratán con almohadones floreados.
-Venga, siéntese aquí conmigo- dijo a Juan Arriaga mientras él mismo se arrellanaba en una de las poltronas. -Isabel era una mujer muy especial, tanto que a veces me parecía que en el fondo no la conocía completamente. Su decisión de morir la entiendo, porque lo habíamos conversado muchas veces. Nosotros no le tenemos miedo a la muerte, no porque particularmente creamos en un más allá ni en la reencarnación o lo que sea que prolongue esta existencia, aunque cada uno es libre de creer lo que quiera. No tenemos miedo de la muerte porque no tenemos miedo de la vida. En fin, para no hacérsela larga mi estimado Juan, hay algo que en cambio no termino de comprender, y es que Isabel lo haya elegido a usted como su heredero. No por lo material, como se habrá dado cuenta, no es nuestra preocupación. Hablo de una herencia, digamos ideológica, espiritual…
-Comprendo perfectamente- casi interrumpió Juan Arriaga, a quien las muchas copas de vino y las otras tantas de champagne le habían conferido una suerte de audacia. -Un ínfimo profesor de literatura, sin un perro que le ladre, que vive en un inquilinato, con un saco y un par de zapatos medianamente decentes para los actos de la escuela. Claro, qué tendría yo de especial para Isabel; ni para ninguno de ustedes, a decir verdad. Todos moviéndose entre secretos abstrusos que no llego a comprender, con misiones enigmáticas en lugares improbables, o reuniones opíparas en un palacio como éste. Qué hago yo entre ustedes, si debería estar corrigiendo pruebas de sujeto y predicado en espera de una miserable jubilación que con suerte me alcanzaría para seguir pagando el alojamiento, y con menos suerte me habría catapultado a una pieza de pensión en algún pasillo de prostitutas y maleantes. Pero claro, estoy aquí sentado con los duques del misterio, tomando vinos finos y champagne, cómo se lo podrá permitir este piojo resucitado con ese saquito de corderoy que habrá comprado en una feria americana porque todavía no se da cuenta de que es rico, tan acostumbrado a la miseria como estará. Pues sepa usted señor Bilbao que Isabel me apreciaba más allá de lo que ninguno de ustedes se imagina, porque son todos tan solidarios y tienen tantos acertijos en común, pero esa mujer estaba más sola que su gato, y si todas las tardes me invitaba a tomar no era solamente para emborracharse con alguien tan desolado como ella, sino para compartir un espacio, una palabra y un silencio con otro ser humano. Por eso me habrá elegido.
Bilbao lo miraba sin parpadear, sin ninguna expresión en su extraña cara maquillada de blanco. Cuando Juan Arriaga terminó de hablar, el personaje tomó con la mano izquierda el colgante que se apoyaba sobre su pecho y lo acarició de manera extraña.
Sin quitarle los pintados ojos de encima ni dejar de acariciar su medallón, Bilbao le dijo: -Muy bien Juan, muy bien. Ha superado usted muy airosamente otra prueba, lo felicito.
Juan sintió que la audacia que momentos antes parecía haberle puesto las palabras y el tono de su discurso en la boca, ahora se transformaba en una suerte de abatimiento que lo apesadumbraba.
-Otra prueba -dijo casi masticando las palabras-, otra más. Imagino que no van a terminar nunca, al menos hasta que puedan corroborar que soy totalmente inepto para esta suerte de Matrix incomprensible.
Bilbao lo miró esta vez de manera diferente, se inclinó hacia él y le puso una mano en la rodilla, un gesto absolutamente inesperado de parte de ese gurú solemne. -Tenés que considerar -te voy a tutear, y vos hacé lo mismo, es más, me podés llamar Giordano.
-¿Giordano?
–Sí, no es mi nombre en realidad, es el apellido de mi madre, pero suena muy bien, ¿no es cierto? Te decía que tenés que considerar que somos muy… digamos, especiales. Que trabajamos contra fuerzas oscuras que la mayor parte de las veces ni siquiera vemos, pero que actúan para robarle la felicidad a la humanidad. Vos sabés bien que no todo es estar en una mansión comiendo y tomando, que hay misiones y riesgos. Y en el fondo, mi apreciado Juan, aunque no lo creas, todos nosotros estamos tratando de que sujeto y predicado estén donde deben estar, que concuerden y que en este rincón pequeño del mundo todo sea como debiera ser.
-¿Y cómo debiera ser, Giordano?
-Hermoso, justo. Pero no te hagás más preguntas que las indispensables, y volvamos con los muchachos, estoy seguro de que esos neandertales habrán atacado las masitas de Rubí sin ni siquiera esperarnos- .Y diciendo esto, Bilbao se puso de pie e invitó a Juan Arriaga a seguirlo, tomándolo del brazo.
Cuando entraron en la sala donde todos estaban acomodados frente a una mesita ratona muy grande repleta de bandejas con masas, un servicio de café y otro de té, ambos de plata, las miradas se dirigieron directamente a la pareja, y a su manera de caminar del brazo. Juan notó que Paco sonreía, y Rubí dijo: -Bueno, ya se hicieron amigos. Ahora les sirvo café o té y vayamos a nuestras tres misiones, que me parecen bastante diferentes una de la otra.
-Así es mi querida Rubí- dijo Bilbao, sentándose en una poltrona de respaldo muy alto que evidentemente había sido dejada libre para él. -Tenemos a nuestro nuevo integrante del grupo, y por lo que he hablado con él, es de nuestra total confianza.
-Gracias Giordano- dijo Juan Arriaga, una vez que se sentó en una de las demás poltronas, todas mucho más bajas, que rodeaban a la mesa ratona.
-¿Giordano? Bueno, vamos a pasos agigantados -dijo con un poco de ironía Rubí, mientras servía las tazas de los recién llegados.
Bilbao se rió con tal arrebato que todos los demás no pudieron dejar de contagiarse. Rubí apenas si esbozó una sonrisa a medias y se sentó.
-Sabés que te adoro mi querida Rubí. No vas a ser reemplazada por nadie en mi corazón. Pero tené en cuenta que Juan hasta ahora ha sido sometido a una cantidad de pruebas y tensiones inesperadas para él, necesitará algo de afecto el muchacho- dijo Bilbao y con la taza en la mano se sirvió una masa coronada de crema pastelera.
Rubí se encogió de hombros y Juan Arriaga sintió que por fin se le daba un lugar en ese grupo tan extraordinario cuanto enigmático, y que después de todo, él tenía tanto derecho como los demás a ser tomado en consideración como miembro a pleno título, ¿de qué? todavía no lo podía definir, pero algo en él estaba contento.
-Bien, la primera cosa es enterrar en el lugar designado las cenizas de Isabel -dijo Bilbao, que ya tenía en su mano otra masa, esta vez de crema chantilly.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












