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(viene de la edición anterior)
Esa noche Juan Arriaga se tomó una botella de whisky.
Sentado en el salón que había sido de Isabel Pereira, con los muebles, los cuadros y los libros que habían pertenecido a esa extraordinaria mujer, pensaba: -¿Qué soy yo, además del heredero de Isabel Pereira? ¿Me dejó todo esto porque se dio cuenta de que soy un estúpido sin arreglo? Casacordero, Bilbao, Melchor, Paco y hasta la misma Rubí, ¿estarán ahora mismo riéndose de mí y celebrando la elección de Isabel Pereira?-. La luz apagada de la calle levantaba ramalazos de penumbra en la sala, como morosas caricias de arena que entraban desde las ventanas y se apoyaban sobre todas las cosas con mudo respeto. Una tristeza infinita se apoderó de Juan Arriaga, la sensación de que toda su vida había sido un capítulo escrito con tiza en la vereda mutable del tiempo, y que tanto su existencia cuanto su muerte serían sólo un nombre muy pronto olvidado. En el fondo, ¿qué había hecho de importante, además de enseñar sujeto y predicado durante años, y después seguir a un grupo de personajes estrafalarios que se consideraban los paladines de la humanidad? Ni siquiera había continuado escribiendo su novela, un manuscrito que hacía décadas avanzaba con una lentitud pasmosa, y que incluso en los últimos años se había detenido totalmente, aplastado por la rutina, la pobreza, la melancolía. Sosteniendo en la mano el vaso con lo que quedaba de whisky, se preguntó para qué el universo, la vida, la naturaleza, lo que fuera, se había gastado en construirlo a él, a Juan Arriaga, un hombre intrascendente sin nada para devolver al mundo. La luz empezaba a agrisarse en la ventana cuando le llegó la sensación de que había enseñado a cientos de adolescentes, que tal vez alguno de ellos se recordaría de él; pero una sonrisa irónica se dibujó en su boca antes de que la cabeza se le cayera sobre el respaldo de la alta poltrona y se quedara dormido.
Soñó que seguía sentado en la misma poltrona de terciopelo verde cuando Josefina Heredia se asomaba por la puerta de la cocina mientras se secaba las manos en un delantal con vuelos, como los que fabricaba su madre con retazos de telas en la vieja máquina Singer. -Ya va a estar la comida don Juan, me atrasé un poco porque la carne estaba congelada, dura como una piedra. Es que ayer me olvidé de sacarla del freezer.
Juan Arriaga abría dos ojos enormes y se enderezaba en la misma poltrona, pero no lograba ponerse de pie. -¿Cómo ha entrado? ¿Qué hace acá?- preguntaba a la mujer, que se había quedado mirándolo con dos ojos de obsidiana y no desenredaba las manos del delantal.
-Yo trabajo en su casa señor Juan, ¿no se acuerda? Desde que usted es rico tiene sirvienta.
-No es posible. Jamás tuve sirvienta. Usted es… Usted es…
En ese momento y ante las palabras de Juan, Josefina Heredia empezaba a enderezarse y a volverse más alta, y paulatinamente su figura reseca crecía y se engrosaba, extrañamente rejuvenecida, sus ropas cambiaban y se teñían de negro, mientras la cara amable y arrugada se volvía masculina, dura y amenazadora.
-Me dicen el Mancha- pronunció con una voz totalmente diferente la amenazadora figura, mientras emprendía el camino hacia la poltrona donde se encontraba Juan Arriaga.
Y al caminar su boca procaz y basta se ensanchaba en una sonrisa y dejaba escapar esta frase: -¿Por qué será? Dicen que por donde paso siempre dejo una mancha. roja.
Cuando el Mancha extendía las manos poderosas para tomar sus hombros, o su garganta, y Juan lo veía inclinado sobre su propia cara, acribillándolo con una mirada de puñales sarcásticos, su propio grito lo despertó. Jadeando, se levantó como pudo, medio doblado sobre sí mismo, caminó hasta la puerta de entrada y se aseguró de que estuviera cerrada con llave y cadena, y se dirigió a la habitación, donde cayó como un cadáver sobre la cama y se quedó dormido nuevamente, esta vez sin sueños ni recuerdos.
Lo despertó el sonido del celular, y se sorprendió cuando vio que la almohada estaba empapada donde había apoyado su cara. Respondió pensando que quería ponerse debajo de la ducha caliente el mayor tiempo que le fuera posible, cuando una voz desconocida, aunque en cierto modo parecida a la de la imagen tenebrosa de su sueño, le dijo a través del teléfono: -¿Le interesa recuperar la soga de Isabel Pereira? Está en La Asunción, en casa de la señora Yiya.
-¿En casa de la señora Yiya? ¿Y cómo…? -inútilmente Juan Arriaga intentó obtener más información de la voz misteriosa, ya había cortado la comunicación.
Mientras se duchaba recordó que una de las tareas que les había encomendado Bilbao era llevar un baúl a la “tía Yiya”, que sin duda debía ser la misma en cuya casa actualmente se encontraba la soga con la que se había ahorcado Isabel Pereira. Como ya las coincidencias no lo sorprendían, le quedaba un interrogante al cual no encontraba respuesta, pero que sin embargo debía estar sin duda relacionado con la cantidad de símbolos y misterios de esa extraña sociedad de la que ahora formaba parte. Y ese misterio era la soga con la que se había ahorcado Isabel Pereira. ¿A quién podía interesarle semejante cosa?
Salió de la ducha y recién en ese momento se dio cuenta de que estaba oscureciendo. Qué manera tan extraña de matar el tiempo, se dijo. En la última semana había pasado más horas durmiendo que despierto. Al fin había derrotado al insomnio, pensó mientras se sonreía a sí mismo.
Bilbao no se mostró sorprendido por las noticias que le comunicaba Juan Arriaga por teléfono, y le comunicó su decisión de que partieran inmediatamente a La Asunción, un lugar indefinible de los desiertos de Lavalle, para llevar el baúl a la tía Yiya y para recuperar la soga de Isabel Pereira. En un cierto modo, se cumplían dos misiones en una, a ninguna de las dos Juan le encontraba sentido, pero había otra cosa que estaba aprendiendo: el racionalismo -si así se lo podía llamar- que había regido su vida hasta el suicidio de su amiga, ya no tenía validez. El pequeño mundo en el que había crecido y había vivido casi toda su existencia, ahora era un universo tan disparatado e incoherente que se arremolinaba a su alrededor y lo arrastraba hacia un caos mirabolante despiadado, irrefrenable, pero también placentero. Estaba vivo, y desde hacía años, tal vez desde que tenía memoria, no se sentía tanto él mismo como ahora.
El viaje hacia Asunción lo hicieron en una camioneta 4×4 impecable, color berenjena, que naturalmente pertenecía a Rubí Morales. Ella iba sentada junto al conductor, que era Melchor Montoya, y estaba ataviada como para un safari por África. Un safari de película de los años 50, o sea con una elegancia que pretendía ser aventurera y campestre, y en cambio resultaba seductoramente hollywoodense. Juan Arriaga se había comprado para la ocasión unos pantalones cargo y una botas con puntera de acero, más por el hecho de que las encontró en liquidación que por una necesidad verdadera, ya que en su índole natural no existía el concepto de comprar cosas caras, y en el fondo de su corazón detestaba el lujo. Quizás en la única persona en la cual lo podía aceptar e incluso lo admiraba, era en Rubí. Mientras el paisaje junto a la camioneta se volvía color adobe, y los pastizales achaparrados parecían destilar indiferencia ante el paso de tan sorprendente comitiva, Juan Arriaga se dejaba llevar por sus imaginaciones, y entre ellas, esa mujer sentada delante suyo surgía de entre todas las cosas como la Venus de Botticelli.
Cuando llegaron a la villa cabecera, o sea a la ciudad de Lavalle, después de casi una hora de viaje,
Rubí dijo: -Pará Melchor, me ha venido un antojo de cornalitos fritos. Imagino que habrá algún restaurante por aquí.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












