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(viene de la edición anterior)
¿Cornalitos fritos? Juan Arriaga imaginó que sólo una mujer con la personalidad de Rubí podía permitirse esos antojos. No era champagne, no era caviar, ni siquiera salmón. Cornalitos. Recordó otra vez su infancia, y el pescadero que pasaba por el medio de la calle con un carrito y gritaba “pescado fresquito señora… merlucita pescadilla cornalitos señora…”. ¿Realmente Rubí pensaba que en esa minúscula ciudad de pueblo iban a tener cornalitos?
La moza que los atendió en un restaurante inusitadamente amplio, limpio y luminoso, totalmente vacío, escuchó el pedido de Rubí sin quitar los ojos admirados del personaje despampanante que se lo hacía, y con una sonrisa de triunfo respondió: -Sí, ¡tenemos cornalitos!-. Juan Arriaga pensó entonces que era la misma avasallante personalidad de Rubí la que hacía posibles las cosas, y comió absorto, junto con Melchor y Paco, los famosos cornalitos, acompañados por un Chardonnay helado.
El camino hacia La Asunción era de tierra apisonada, y cuando se acercaban a un desmoronado caserío de adobe mimetizado entre jarillas y piquillines, escucharon unos gritos desgarradores, lamentos tan lacerantes que el campo mismo parecía conmovido y a punto de incinerarse en un terremoto de polvo y espinas. La camioneta entró por una huella bordeada de taperas semiderruidas, y se detuvo junto a un rancho grande, sombreado por una amplia galería de paja brava debajo de la cual una mujer viejísima, sentada en una silla de madera y totora y totalmente vestida de negro, repasaba un rosario entre los dedos pedregosos, mientras miraba impasible cómo dos hombres fuertes salpicados de sangre carneaban una cerda descomunal. Con un cuchillo enorme, uno de los hombres cortaba la garganta de la marrana, mientras el otro ponía debajo una palangana enlozada en la que caían chorros de sangre negra y pastosa. Juan Arriaga sintió que los cornalitos fritos y el Chardonnay le subían y bajaban por el esófago, y se preguntó si los gritos que habían escuchado provendrían de esa cerda que ahora yacía inerme sobre el mesón de madera, cuando la mujer del rosario vio a Rubí y con una voz polvorienta pero estentórea le dijo: -¡Rubí querida! ¡Viniste a visitarme!-. Rubí se acercó y abrazó a la mujer, que la besó en ambas mejillas con una efusión inesperada y le dijo: -No hagás caso de estos brutos, han hecho gritar a la marrana que parecía que salían los mismos diablos del infierno-. Los dos hombres habían detenido sus faenas para mirar con embeleso a Rubí, que ayudaba a la vieja a levantarse y entraban juntas en el caserón de adobe, mientras Paco y Juan Arriaga llevaban el baúl detrás de ellas. Melchor Montoya, en tanto, se puso a conversar con los dos peones, que liberados del estupor que les había causado la presencia de Rubí Morales, regresaban a sus tareas en la carnicería de la marrana.
-Vení querida que te doy un matecito- le dijo la vieja de negro a Rubí, mientras atizaba el fuego en una cocina de hierro y apoyaba una gran pava abollada y negra de hollín sobre uno de los quemadores. Rubí se sentó a la basta mesa de madera cubierta por un hule con flores y cangrejos. Juan Arriaga, que junto con Paco acababa de dejar el baúl en el interior de la gran cocina, se preguntaba qué pensarían los cangrejos en ese paisaje de adobes y sequedad, cuando la voz imperativa de la vieja los hizo sentarse también a ellos.
-¿Cómo anda tía Yiya?- le preguntó Rubí a la vieja, mientras ésta se sentaba a la mesa donde ya había apoyado el mate y una bandeja con salame y pan casero, y ponía la gran pava sobre una tablita que debía haber llegado allí tras atravesar las dos guerras mundiales.
-Arrastrando los huesos mi querida, pero es lo que dios me manda- respondió la vieja, mientras preparaba el mate y con un gesto imposible de desobedecer les indicaba a Juan y a Paco que se sirvieran salame y pan.
-Aquí le manda Giordano unos pesitos- dijo Rubí sacando un abultado sobre de un bolsillo de su camisa de expedicionaria. -Para que la vaya pasando nomás.
-Ay este muchacho siempre tan acomedido. Nunca se ha olvidado de su tía, como buen cristiano que debe ser. Te agradezco tanto mi querida, un poco irá a la capilla, vos sabés que se acerca la fiesta de la Virgen y algo hay que llevarle, una vez al año nomás la sacan a la pobre, y para dar una vueltita a la capilla y basta. Ahí todos aprovechan para pedirle, sabés mijita, hay tanta necesidad. Los tiempos están cada vez peores para la gente de los campos, sequías e impuestos se han llevado todito. Pero con la ayuda de la virgencita vamos a salir adelante. Los gobiernos pasan mi querida, y la plata no salva a nadie de la muerte, hasta donde yo sé-. Mientras circulaba el mate en ronda, la tía Yiya prosiguió su monólogo: -Ahora quédense un ratito a tenerme compañía, así alcanzan a llevarse algo del carneo y me dan conversación, aquellos dos no sirven más que para achurar bestias, y no se puede hablar de religión ni de nada con ellos.
-Tía -agregó Rubí- aquí Giordano le manda esos encajes que usted quería, los ha hecho traer de Buenos Aires- y señalaba con el mate en la mano el baúl que habían entrado al caserón Paco y Juan Arriaga.
-A ver, ustedes muchachos que se ven tan educados, ¿me acercarían el baúl? Yo estoy a la miseria con los reumatismos -dijo la vieja, e inmediatamente y empujados por la mirada indiscutible de Rubí, ambos pusieron el baúl a los pies de la tía Yiya, y lo abrieron. Ante las pupilas de los tres visitantes, empezaron a salir de ese cofre de madera exquisitos encajes de Bruselas, guipures, chantilly, blondas, cada uno más magnífico y suntuoso que el anterior.
-¡Qué belleza! decía la vieja mientras desplegaba los encajes. -Lo que se habrá gastado este hombre, ¡para colmo de Buenos Aires los ha hecho traer! Esto no es para mí, te imaginás mijita -agregó dirigiéndose a Rubí- que yo no estoy en edad de andar vistiéndome de princesa. Es para renovarle el vestuario a la Virgen, porque todos vienen a pedir, dejan los vestidos de novia y qué sé yo cuántas estupideces, pero nadie se acuerda de que la imagen también necesita ropa nueva, y no cualquier ropa claro está. Por supuesto yo ya no puedo coser como antes, pero viene una chinita que la estoy medio criando porque en el rancho de los padres se muere de hambre la pobrecita, y vieras lo bien que cose y borda, prolija y diligente. La tengo que andar cuidando de estos dos matarifes de acá afuera, que si se las dejo cerca me la desgracian a la muchachita. Acá hasta que no vengan con la papeleta de casamiento ni me entran a la casa. En fin, pero qué preciosuras me ha mandado Giordano, lo contenta que va a estar la Virgen, a ver si se acuerda de los pobres. Pero sírvase mijita, y ustedes dos, no se hagan los cumplidos, que este salame es casero, y el pan igual, naturalmente, gracias a dios todavía puedo amasar algo.
Rubí respondió a la invitación -Por mí no se moleste tía, que antes de venir para acá nos paramos en la villa cabecera a comer algo, no era cuestión de llegar…- pero no alcanzó a terminar la frase que la vieja enseguida la cortó: -No te digo yo, pero qué desatino, irse a comer vaya a saber qué porquerías…
-Comimos cornalitos -dijo sin pensarlo Juan Arriaga, que vinculó como en un relámpago los cornalitos con los cangrejos del mantel.
-¿Qué cosa? -interrogó a todos la vieja- ¿eso que es, un pescado? Ganas de tirar la plata y de andar comiendo porquerías, vaya a saber de dónde se traen esos coralitos o como se llamen, y de cuándo serán. Aquí en la casa hay de todo, y casero, que uno nunca sabe con qué manos han estado cocinando en esos lugares.
-No quisimos incomodar -agregó Rubí con dulzura, escuchando la perorata de la vieja.
-A mí no me vengan con cumplidos, que no hace falta que me estén salamereando. De mi casa nadie va a salir con hambre-.Y mirando nuevamente el cofre los encajes, que seguía a sus pies como una aparición de Las mil y una noches, agregó: -¿Qué es eso que está en el fondo? Y agachándose sobre el baúl, tiró de una punta una cuerda que se encontraba debajo de las telas, y que tenía el nudo de una horca.
-La cuerda de Isabel Pereira -dijo Rubí, y en ese momento, en medio de un lago de silencio, Juan Arriaga cayó al piso, totalmente privado de conocimiento.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












