
(viene de la edición anterior)
La caja se abrió con la delicada sumisión de las cosas olvidadas. Dentro había fotografías de papel, algunas de color sepia. otras en blanco y negro, y otras, en cambio, coloreadas a mano. Juan Arriaga las tomó en sus manos y empezó a mirarlas con la ayuda de unos anteojos de presbicia. En una de ellas se veía a Bilbao sentado, cubierto por su túnica blanca, totalmente maquillado y en la mano derecha sosteniendo tres esferas de acero, mientras que a su izquierda, sentado en el piso y apoyado en sus rodillas, había un joven adolescente de cabello castaño, largo, rasgos finísimos y mirada inteligente. En la ambigua belleza de ese muchacho Juan Arriaga creyó reconocer algo o alguien, como un eco que volvía desde el fondo de su mente, pero mientras más lo observaba más le escapaba el sentido de lo que veía. El joven estaba con los brazos debajo de su mejilla, apoyados en la falda de Bilbao, que como un Zeus magnífico, hierático, semejaba a una estatua de sí mismo. Ambos miraban la cámara, Bilbao con fijeza vítrea y sin expresión, el jovencito con una cierta dulzura llena de inquietud, de algo como una desazón rebelde y contenida, que sin embargo seducía.
Juan Arriaga se quedó mirando esa foto y la dejó a un lado, porque sin duda querría volver a observarla. Otra de las imágenes era de la tía Yiya, en un retrato del tipo de los que se hacían para colgar en esos cuadros ovales, con un fondo difuminado en sepia donde se adivinaban unas columnas corintias abrazadas por ramas de hiedra. Ella se veía más joven de como la había conocido en La Asunción, aunque seguía teniendo esa cara pétrea como esculpida en caliza, con el cabello, aquí oscuro, siempre recogido en un rodete alto, y el cuello de un vestido negro del que asomaban puntillas blancas. La siguiente foto mostraba un grupo de personas tan borrosas que resultaba difícil distinguirlas. Una de ellas sin duda era la tía Yiya, siempre presente en todas partes, por lo visto. A su lado había otra mujer cuyo rostro no se podía definir, y detrás un hombre que debía ser Bilbao, tocado con un extraño turbante. Junto a Bilbao se hallaba otra mujer que, aunque borrosa, Juan pudo identificar como Isabel Pereira, y en la tercera fila se veía a varios hombres, pero aparte de uno que creyó reconocer como Edelmiro Casacordero, no logró discernir la identidad de los demás.
Se levantó de la poltrona para servirse otro whisky y para buscar una lupa, que estaba seguro que había visto en un cajón del escritorio del estudio. Rebuscando entre viejos papeles, encontró una brújula, un porta documentos, un sello con unos signos indescifrables, cantidades de lápices y biromes. Por mera curiosidad Juan abrió el porta documentos y vio que contenía una cédula de identidad ajada y resquebrajada, con una foto en la que reconoció al adolescente que había visto junto a Bilbao en la primera de las imágenes de la caja-libro. Aquí se veía con el pelo corto, y la misma mirada inquietante y ambigua que le traía algo a la mente, pero no sabía distinguir qué. En el documento decía Rubén Persner, y mucho más no podía leerse; y si bien poco después encontró la lupa, pensó que sería mejor concentrarse en una sola cosa, y regresó a la poltrona de terciopelo y a la caja-libro y sus fotografías.
Puso bajo la lupa la última foto, y pudo distinguir con claridad a la tía Yiya, a Bilbao, a Isabel Pereira, a Casacordero. Pero cuando enfocó a la otra mujer, la que se hallaba junto a la vieja de La Asunción, se quedó inmóvil y contuvo la respiración. No cabía duda: era Josefina Heredia.
Se levantó, se sirvió otro whisky, fue a la cocina y le puso hielo, todo como un sonámbulo. Alguien lo estaba engañando, o todos lo estaban engañando, ¿no era acaso Josefina Heredia una de las personalidades de El Mancha, el asesino más temido del bajo mundo? Otra vez, como ya le había sucedido desde la muerte de su vecina y desde que había aceptado los términos de la herencia, tuvo la desagradable sensación de ser la pieza de un juego absurdo, o mejor sería decir cínico. ¿Acaso el amable Paco, que tan cerca de él había estado, también era parte de este rompecabezas delirante cuya finalidad más concreta hasta ahora pareciera ser reírse de él? Estuvo a punto de levantarse para servirse el tercer whisky, pero no lo hizo por dos razones, aún tenía gran parte del que acababa de servirse, y porque recordó que al tercer vaso en sus conversaciones con Isabel Pereira, inevitablemente perdía el control sobre su memoria. Volvió a mirar la foto con la lupa y corroboró la identidad de la mujer junto a la tía Yiya. Desplazando la lente hacia arriba, le pareció que los hombres que se encontraban en la última fila eran los peones del carneo de La Asunción, pero de eso ya no estuvo tan seguro. Tomó aire y cerró los ojos un segundo. Los abrió y miró otra foto. En ésta se hallaban Rubí Morales y un hombre de una flacura que sólo podía competir con Casacordero, de rasgos afilados, pelo negro y un aire de mafioso de película, aunque a diferencia del abogado, el hombre de la foto tenía unos grandes ojos negros y una boca ancha y sensual. Rubí se veía radiante, muy joven, casi adolescente.
Juan Arriaga se sacó los anteojos y recostó la cabeza contra el alto respaldar de la poltrona, otra vez tomó una gran bocanada de aire y cerró los ojos. Si todo lo que estaba viviendo era un sueño, ¿en qué momento había abandonado el mundo que le era cotidiano?, y sobre todo, ¿en qué momento iba a despertar, si todo se trataba de una alucinación onírica? No supo cuándo se adormeció. Había apoyado el vaso en la mesita junto a la poltrona, y lo despertó el ruido de la caja-libro al golpear el piso de parquet. Se quedó mirándola, con las fotos desparramadas que sobresalían de la tapa boca abajo, y le pareció rara la posición, o la abertura de la caja; algo lo llevó a levantarla y al hacerlo comprobó que la base interna del falso libro de madera se había desplazado, y había dejado al descubierto un doble fondo. Debajo de una tapa pintada de colorado había otro compartimiento, y dentro de él un sobre lacrado.
Otro enigma, pensó Juan Arriaga tomándose el último trago del vaso, y decidió servirse el tercero. Si por efecto del alcohol no se pudiera acordar de lo que pasara después, las fotos y el sobre se encargarían de devolverle la memoria.
Apoyó la caja-libro con las fotos dentro y el sobre lacrado, todo encima de la mesita, y al dirigirse a buscar otra medida de whisky le pareció escuchar voces a través de las ventanas. Sin mover las cortinas para no ser visto desde abajo, miró la calle, ya iluminada raquíticamente por los faroles del alumbrado público, y vio sombras escurridizas que se movían como sanguijuelas por la vereda de enfrente. No podía distinguir si eran hombres o mujeres, si hablaban entre ellos o sencillamente se trataba de un grupo de personas que se habían encontrado por azar en ese punto. Juan Arriaga se pasó la mano por la frente y se alejó de la ventana, se sirvió una medida doble y fue a la cocina a colocarle hielo. Cuando regresaba a su poltrona con el vaso en la mano, le pareció escuchar una voz que decía “encontró el sobre”. Inmediatamente se volvió a la ventana y esta vez apartó las cortinas, pero la calle estaba perfectamente desierta, hasta donde le alcanzaba la vista no había un alma, ni se escuchaba más que el silencio en los alrededores.
Un poco desalentado, con una sensación de irrealidad que le nacía en el estómago y subía por su pecho hasta alcanzar la mente, volvió a sentarse, y con el vaso en la mano pensó si sería mejor abrir el sobre estando solo o buscar a alguien con quien develar ese secreto. Pensó también que tal vez estaba fantaseando demasiado, y que era probable que el sobre contuviera algún documento de Isabel Pereira, ya obsoleto y sin ningún sin valor, o que fuera una copia del testamento que estaba en manos de Casacordero. Era un sobre de papel madera, de ésos acolchados por dentro con bolitas llenas de aire, hechos para contener algo frágil. Sin embargo era relativamente liviano, y si bien Juan Arriaga no se atrevía a manipularlo demasiado, no parecía contener nada contundente.
Tomó un trago largo de su tercer vaso de whisky, lo apoyó en la mesita junto a la poltrona, y abrió el sello de lacre del sobre. Dentro sólo había una cosa: una llave.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












