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(viene de la edición anterior)
-No se asuste Juan, no vengo a exigirle nada.
Juan Arriaga miró a Humberto, que se sacó el sombrero, y pudo ver que era muy joven, de piel muy morena y redondos ojos negrísimos. Tenía el cabello peinado hacia atrás, y era lacio y tan negro como sus ojos. En su cara regular, la nariz recta anticipaba una boca tímida de labios regulares que se mordía cada tanto. Este joven no le recordaba en nada a ese secuaz del desamparo que lo había hecho entrar junto a otros dos hombres de sombreros negros en esa casa vieja donde el Mancha ejercitaba una de sus personalidades, llamada Josefina Heredia.
-Imagino que está bastante confundido. No se crea que yo ando mucho mejor que usted. La vida es tan complicada, tan extraña. Pero hagamos una cosa, ¿le gustaría conversar un rato conmigo, mientras nos tomamos una cerveza?
El muchacho que se llamaba Humberto y cuya cara poco a poco se superponía con la imagen que Juan Arriaga tenía del mensajero de los secuaces del desamparo, aquella noche en la vieja casa de Josefina Heredia, lo miraba con tal mansedumbre que sólo atinó a responder: -Bueno, como quieras. ¿A dónde vamos?-.
Humberto entonces bajó la mirada y la posó en el sombrero que tenía entre las manos, como si lo avergonzara un poco lo que iba a decir.
-Hay un lugar donde podemos conversar tranquilos. Usted tiene la llave-.
Al escuchar las palabras del joven, Humberto se puso a la defensiva. ¿Otro más que quería la llave de hierro? ¿Entonces ésta era otra trampa?
El muchacho se dio cuenta de la incomodidad de Juan, y trató de tranquilizarlo. -No, no, para nada quiero quedarme con esa llave. Ya sé lo que está pensando Juan, y me imagino que ya le pidieron la llave, que debe haber estado escondida en el departamento donde usted vive ahora, y que era de Isabel Pereira. Yo no quiero esa llave. Sólo le digo que con ella puede abrir un lugar donde podríamos conversar los dos con toda tranquilidad, porque allí no existe el tiempo.
-¿No existe el tiempo? ¿Por eso están tan interesados en esa llave?- preguntó Juan, dejando de lado, aunque parcialmente, la desconfianza.
-Sí, también por eso. Es un lugar con ciertas características, ya lo va a ver usted mismo si acepta que vayamos-.
Juan Arriaga volvió a mirar a los ojos a Humberto y le pareció ver a un joven indefenso. Pensó como en un relámpago que en el fondo de qué se iba a preocupar, si todo lo que le sucedía se componía de una serie de acontecimientos delirantes, o imposibles al menos, y éste no iba mucho más allá de esa regla, si bien se trataba de la primera vez que iba a compartir algo con quien se suponía que representaba a los “enemigos” de sus nuevos amigos. En fin, había charlado tanto y tan felizmente con Josefina Heredia, sin saber que era un capo narco y un asesino, que ese joven secuaz no le parecía particularmente peligroso.
-No sé por qué tuve la impresión hoy de que esa llave abre un mausoleo abandonado en el cementerio de la capital- le dijo a Humberto.
-Es allí donde vamos a ir-.
-¿A tomar una cerveza y a charlar en un mausoleo, en plena noche?-. Juan Arriaga se acordó esa vez que Melchor Montoya lo había conducido hasta un osario debajo del altar de la iglesia del mismo cementerio. Ahora al menos la excursión incluía una cerveza.
-Exactamente, pero no es lo que usted se imagina, ese lugar tiene, cómo le podría explicar, propiedades muy especiales. O sea, no es lo que parece-.
-¿Adentro funciona un bar clandestino al que sólo pueden entrar los que tienen la llave?-.
-No, pero es cierto que se trata de un sitio al que sólo puede acceder quien tenga la llave, y la única llave es la que tiene usted-.
-¿Y se puede saber cómo vamos a entrar al cementerio en plena noche?-.
-Eso no es un problema, ya va a ver-.
-Entonces, si vamos a ir a tomar juntos una cerveza a un mausoleo, decime de vos por favor-.
-Cómo no- respondió Humberto, y sonrió por primera vez, dejando ver unos dientes parejos que por un instante iluminaron la joven cara, ya sombría bajo la noche incipiente, y a la que la luz gelatinosa de los faroles daba movimientos expresionistas.
Juan y Humberto se dirigieron hasta el departamento que había sido de Isabel Pereira, entraron por el pasillo al que daban todas las puertas, y cuando miraron el balcón por el que solía asomarse la mujer para invitarlo a tomar whisky, a Juan le pareció ver una luz huidiza dentro. Abrieron la puerta, subieron la escalera, y entraron. Todo parecía silencioso y vacío, aunque Juan tenía la inexorable impresión de que alguien hubiera estado allí, y que tal vez permanecía aún escondido en algún rincón. Las sombras que por alguna razón siempre se refugiaban en algún recoveco de esos ambientes, a pesar de las luces encendidas, parecían dar sustento a sus sospechas. Mientras Humberto lo esperaba de pie en el salón, fue directamente a la biblioteca, y sacó de la estantería el falso libro, dentro del cual había escondido la llave de hierro. Allí estaba. Se la puso en el bolsillo del saco de corderoy y salieron del departamento. Cerró la puerta con doble llave, y ambos emprendieron el camino al cementerio sin decirse una palabra.
Caminaban rumbo al norte de esa parte de la ciudad desvencijada y llena de misterios que es la Cuarta. Iban uno junto al otro como dos antiguos conocidos, Humberto con el sombrero que le oscurecía la mirada, pero ya no le provocaba desconfianza a Juan Arriaga, porque había conocido su verdadera cara de muchacho. Casi sin hablar, desandaron el camino que poco antes había llevado a Juan hasta la plaza, y llegaron a la puerta principal del cementerio, sobre una avenida achacosa y mal iluminada, donde aún el tránsito era poceado y numeroso. Humberto se apoyó en la gran reja del portón y con la mano en la boca hizo un chiflido tan agudo y penetrante que Juan pensó que habría sido capaz de llegar hasta el mismo mausoleo de la llave de hierro. Inmediatamente, surgido de la sombra como un vampiro de película, apareció un viejo enjuto, vestido con una ropa hecha jirones, con la cara gacha que en ningún momento levantó, mientras abría el portón con una de las numerosas llaves que tenía en un manojo, y los hacía entrar. Humberto tampoco dijo una sola palabra, y sin darse vuelta empezó a caminar directamente hacia el mausoleo abandonado. Juan se volvió dos veces a mirar hacia dónde iba el viejo, pero éste se había desvanecido, devorado nuevamente por las sombras de donde había surgido poco antes.
El cementerio era una ciudad desolada, donde las siluetas de las cruces y de las estatuas taraceaban de sombras inquietantes las callecitas, inmóviles y perentorias. Los erguidos cipreses parecían preguntar el porqué de esa visita a deshoras, y los dos hombres no detenían sus pasos livianos, como guiados por un viento sobrenatural que los condujese a un determinado e inevitable destino.
Después de pocos minutos llegaron frente al mausoleo abandonado, que en la penumbra funesta parecía aún más espectral. Humberto se detuvo al pie de la pequeña escalera de mármol, y con un gesto invitó a Juan a que se adelantara hacia la puerta. Cuando introdujo la llave, Juan Arriaga sintió un temblor en todo el cuerpo, algo que se podría describir como una leve electricidad, que sin embargo era agradable, pero turbadora. Hizo girar la llave, y la puerta se abrió sin rechinar. Adentro no se veían más que sombras. Sintió el cuerpo de Humberto detrás del suyo y se adelantó dos pasos. El joven lo siguió y cerró detrás de sí la puerta, lo tomó del brazo y lo invitó a seguir hacia adelante. Humberto hubiera pensado que el mausoleo terminaba allí mismo, pocos metros después de la entrada, sin embargo se encontró ante una habitación iluminada como un bar, en cuyo centro había una pequeña mesa de madera con dos sillas, y sobre la mesa una botella de cerveza y dos vasos.
(continuará)
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Columnista invitado
Daniel Fermani
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Letras y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas, diplomado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza. Ha llevado adelante una profunda investigación en el campo del arte, trabajando el concepto del tiempo, la experimentación con la escritura en teatro, novela y poesía. Ha indagado en las raíces de la Posmodernidad en busca de nuevas técnicas actorales y dancísticas y sus consecuencias en la dramaturgia y en el trabajo teatral. Publicó cuatro novelas, dos de ellas en España y Argentina; cuatro libros de poesía; y tres volúmenes de obras teatrales. Desde 1999 dirige la compañía de Teatro Experimental Los Toritos, fundada en Italia y que prosigue sus actividades tanto en su sede de Roma como en Mendoza, y con la cual lleva a delante su trabajo sobre técnicas de teatro experimental. Ha ganado dos veces el Gran Premio Literario Vendimia de Dramaturgia; el Premio Escenario por su trabajo en las Letras; la distinción del Instituto Sanmartiniano por su trabajo a favor de la cultura, y una de sus obras de teatro fue declarada de interés parlamentario nacional al cumplirse los 30 años del golpe de Estado de 1976. Fue destacado por el Honorable Senado de la Nación por su aporte a las letras y la cultura argentinas. Ha sido Jurado nacional para el Instituto Nacional del Teatro (INT).












