Cuando el agua empezaba a correr por la acequia,
nosotros sabíamos
que la tarde ya tenía dueño.
Metíamos los pies sin pedir permiso.
El agua bajaba fresca desde la montaña
y los plátanos inclinaban sus ramas
para beber.
En Mendoza el agua no corría escondida bajo la tierra.
Pasaba junto a la vereda.
Las acequias eran las venas visibles de la ciudad.
Gracias a ellas,
en medio del desierto,
Mendoza era un jardín.

A la hora de la siesta,
cuando el sol se clavaba sobre las calles
y los mayores buscaban la sombra,
salíamos descalzos.
La acequia pasaba frente a casa,
pegada al borde de la vereda,
clara y viva
como una invitación.
Mojar los pies era una sensación hermosa.
En ese instante
la siesta dejaba de ser calor
y se volvía juego.
A veces levantábamos pequeños diques
con piedras y barro
para que el nivel subiera
y mojarnos hasta las rodillas.
Pero siempre había que mirar el fondo.
De vez en cuando el agua traía
un vidrio
o una botella rota.
Ese era el único peligro.
Después venían los barcos.
Los hacíamos de papel,
de madera,
de cualquier cosa que flotara.
Los soltábamos en el agua
y seguíamos su viaje
por la vereda.
El momento más emocionante
era la esquina.
Allí la acequia se metía bajo la calle
por un túnel oscuro.
El agua giraba en remolinos
y desaparecía
con un ruido hondo.
Nuestro mundo terminaba
en esa boca oscura.
Los barcos entraban allí
y ya no volvían.
Nunca supimos
adónde iban.
Entonces volvíamos a casa
para fabricar otro barco
y repetir la aventura.
Pero la infancia no se detenía en una esquina.
Unos años después,
cuando ya tendríamos ocho o nueve,
las expediciones
se hicieron más largas.
La acequia empezó a llevarnos
cada vez más lejos,
hasta las bodegas.
Y fue entonces
cuando aprendimos
que el túnel oscuro
solo medía el ancho de una calle.
En tiempo de vendimia
se formaban largas filas de camiones
cargados de uvas
esperando su turno
para descargar.
Quince, veinte camiones
detenidos bajo el sol lento
de la siesta.
Los camioneros buscaban la sombra
de algún árbol
para hacer más llevadera la espera.
Allí conversaban,
fumaban,
dejaban pasar el tiempo.
No sabían
que nosotros nos acercábamos
por la acequia seca
que corría detrás.
Avanzábamos agachados
dentro del canal
como pequeños exploradores.
Llevábamos cuerdas
con ganchos de alambre,
pequeños tridentes
inventados por la imaginación.
Buscábamos moscatel.
Las uvas dulces.
No las negras y duras
que iban al vino.
Cuando encontrábamos un buen racimo,
uno lanzaba el gancho
sobre la lona del camión.
Si el alambre se prendía,
tirábamos despacio
de la cuerda
hasta hacerlo caer
dentro de la acequia.
Era nuestro tesoro.
Lavábamos las uvas
en el agua
y las repartíamos
entre todos.
El jugo dulce
corría por las manos
y la risa también.
Después volvíamos a casa.
Embarrados.
Mojados.
Felices.
Hasta que aparecía mi madre.
Sus chancletas
tenían un lenguaje claro.
Nos miraba
de pies a cabeza
y entendíamos
que la aventura
había terminado.
Pero esa noche,
mientras la acequia seguía pasando
junto a la vereda
y los plátanos dormían
sobre su murmullo,
el niño que yo era
se quedaba escuchando
ese mismo sonido.
Ahora,
cuando vuelvo a escuchar
el agua correr
en cualquier parte del mundo,

ese niño
despierta un momento.
Porque sabe algo
que el viejo tardó muchos años
en comprender:
la felicidad,
en aquellos días,
corría junto a nuestra vereda.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













