Yo era chico todavía cuando la política me cayó del cielo.
No es una frase literaria. Fue así nomás.
En Mendoza, por enero o febrero de 1961, se escuchaba de pronto el motorcito de una avioneta dando vueltas sobre la ciudad. Uno levantaba la cabeza, porque a esa edad todo lo que viene del cielo parece importante. La avioneta pasaba con altoparlantes y tiraba papelitos. Caían despacio, girando en el aire, hasta que alguno terminaba en la vereda, en una acequia o en la mano de un chico curioso.

Promovían a Francisco Cañeque para gobernador. Tres Banderas.
Y venía el cantito, simple, casi ingenuo:
“Talento, acción, sentimiento y corazón.”
Eso era todo.
No prometía la salvación nacional. No venía con estadísticas, encuestas ni consultores explicándonos cómo debíamos pensar. Prometía algo más pobre, si se quiere.
O más honesto.
Con los años me fui preguntando si esa poca cosa no era más decente que esas promesas inmensas que después no caben en ninguna mesa humilde. Porque una cosa es prometer poco y cumplir con dignidad. Y otra muy distinta es prometerle al pueblo el cielo, para después dejarlo mirando cómo se le llueve la casa.
En 1965 cerraron el Seminario de Mendoza. Yo, que no había dejado de querer servir, me inscribí en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. También en Periodismo.
El primer día de clase, el profesor Ezequiel Ander-Egg miró a los más de cien alumnos y preguntó:
“¿El que quiera ser presidente que levante la mano?”
Levantamos la mano cinco o seis.
Entonces dijo:
“Ustedes pueden quedarse. Los demás no sé para qué estudian Ciencias Políticas si no aspiran a ser presidentes de este país.”
Yo levanté la mano. Pero no la levanté soñando con sillones, bandas cruzadas, autos oficiales ni aplausos. La levanté porque todavía creía que la política, si no sirve para servir, no sirve para nada.
Después vino la vida.
Y la vida enseña con métodos que no figuran en ningún programa de estudios.
Vi pasar gobiernos, caudillos, militares, empresarios, técnicos, economistas y vendedores de futuro. Vi trabajadores aplaudir medidas contra los trabajadores. Vi jubilados escuchar que su jubilación era un gasto. Vi pobres acusados de pobres, como si la pobreza fuera una culpa y no una injusticia vieja.
Entonces vuelve la pregunta.
¿Por qué tantas veces el pueblo termina votando a quienes después gobiernan contra el pueblo?
No lo digo desde arriba. Lo digo desde donde se espera el colectivo, se estira el sueldo, se mira la boleta de la luz y se compra de a poco.
El pobre no vota contra sí mismo porque sea tonto. Muchas veces vota desde el cansancio, desde la bronca, desde una esperanza lastimada que busca una salida, aunque venga envuelta en papel barato.
El poder conoce esas heridas.
Sabe arremangarse la camisa. Sabe bajar del Mercedes dos calles antes y llegar caminando al acto como si viniera del barrio. Sabe besar chicos, abrazar viejos, gritar fuerte y decir justo lo que un pueblo cansado quiere escuchar.
También sabe fabricar enemigos.
Primero le vacía la mesa al pueblo. Después le señala al culpable equivocado: el vecino que recibe una ayuda, el maestro que reclama, el inmigrante, el jubilado, la madre que pide leche. Así el pobre deja de mirar hacia arriba y empieza a mirar de costado. Y mientras un pobre pelea con otro pobre, los verdaderos dueños de la fiesta siguen contando.
A veces ponen delante a alguien simpático, popular, reconocido, alguien que parezca de los nuestros. Detrás vienen los otros: los que financiaron, los que esperaron, los que no se ensucian en la plaza pero tienen silla reservada en la mesa donde se decide el país.
La peor trampa no es que el pobre vote al rico.
La peor trampa es que vote a uno que parece suyo, pero gobierna con la billetera de otros.
Otras veces el poder viene sin disfraz y dice:
“Yo hice empresas. Yo manejé dinero. Yo puedo manejar un país.”
Y mucha gente, cansada de políticos que prometieron y fallaron, piensa:
“Bueno, si ya tiene plata, no vendrá a robar.”
Qué ingenuidad tan cara.
Un país no puede pensarse como una empresa. Una empresa descarta lo que no rinde. Una patria no puede descartar a sus hijos.
Y entonces vuelve aquella frase que tantas veces repetimos:
“Solo el pueblo salvará al pueblo.”
Es linda. Es fuerte. Es necesaria.
Pero si queda en consigna, no alcanza ni para pagar el pan.
¿Cómo se concreta?
Se concreta cuando el pueblo deja de esperar un amo bueno.
Esa es, tal vez, la utopía más difícil: no buscar al patrón bondadoso, al millonario sensible, al gerente exitoso, al técnico iluminado ni al caudillo que promete arreglar el país a los golpes.
La utopía verdadera no es cambiar de amo.
Es dejar de necesitar amos.
Se concreta cuando una madre pregunta quién paga una campaña. Cuando un jubilado no acepta que le llamen gasto a su vejez. Cuando un trabajador no permite que le digan privilegio a tener derechos. Cuando un joven descubre que libertad no es quedarse solo frente al mercado, sino poder estudiar, trabajar, curarse, alquilar, amar y proyectar una vida sin pedirle permiso al hambre.
Se concreta en el barrio, en la escuela, en la fábrica, en la parroquia, en el club, en la cooperativa, en el sindicato limpio, en la mesa familiar donde todavía se discute porque todavía importa.
No alcanza con indignarse. La indignación prende rápido y se apaga rápido. Lo que salva es otra cosa más paciente: memoria, organización, ternura concreta, conciencia compartida.
Y una pregunta sencilla antes de aplaudir:
“¿Quién gana si yo creo esto?”
A veces pienso en aquella avioneta.
Pienso en esos papelitos cayendo sobre Mendoza. Pienso en el cantito: talento, acción, sentimiento y corazón.
Tal vez hoy habría que rescatar esas banderas. No para volver al pasado ni para perfumar una campaña vieja. Sino para recordar que la política sin corazón se vuelve administración de daños. La acción sin sentimiento se vuelve obediencia fría. El talento sin pueblo se vuelve negocio.
Pero yo no soy Cañeque.
No tengo avioneta.
No tengo altoparlante.
No tiro papelitos desde arriba.
Tengo esta columna, una memoria llena de heridas y una mesa donde todavía se comparte el pan. Desde ahí escribo. Desde abajo. Desde donde caen los papelitos y alguien tiene que agacharse para leerlos.
No vengo a prometerle al pueblo lo que después tendrá que pagar el pueblo.

Vengo a decir, apenas, que no entregue otra vez su esperanza sin mirar quién la recibe. Que no confunda grito con verdad, riqueza con sabiduría, crueldad con coraje ni ajuste con justicia. Que pregunte. Que recuerde. Que se junte. Que vuelva a mirarse como pueblo.
Porque el día que el pueblo vuelva a reconocerse en el rostro del otro, ya no va a tener que levantar la cabeza para ver quién lo salva.
Le va a alcanzar con mirar al costado.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













