Una reflexión sobre el patriarcado y las ideas que convierten el cuidado de la vida en el destino de las mujeres.
Pocos roles reciben una exaltación tan intensa como el de la madre. Se le atribuye amor sin medida, intuición, paciencia, alimento, refugio y una suerte de autoridad moral. Nada de ello es falso en la experiencia de tantas mujeres y, en efecto, muchas encarnan una o varias de esas cualidades. El problema surge cuando ese elogio deja de reconocer una experiencia y pasa a prescribir una conducta. Eso ocurre cuando la admiración se transforma en obligación y la obligación, finalmente, en destino.
La madre deja entonces de ser una persona con límites, deseos, cansancio, inteligencia, sexualidad, ambiciones y derecho a una vida propia. Se transforma en una institución destinada a sostenerlo todo. Si algo falla, alguien preguntará qué hizo o dejó de hacer. Si un hijo prospera, se celebrará el amor materno; si se extravía, también se buscará a la madre sospechando desatención.

Así se produce una trampa antigua: se honra simbólicamente el cuidado mientras se devalúa materialmente. Se lo llama amor para no llamarlo trabajo. Se lo presenta como un instinto, no como una responsabilidad compartida. Se celebra a las mujeres que sostienen la vida, pero no se les otorga necesariamente tiempo, autonomía, reconocimiento económico ni poder para decidir sobre su propia vida.
El capitalismo no inventó la función de cuidado. Pero profundizó una división decisiva entre el trabajo que recibe salario y el que sostiene a quienes trabajan. Parir, criar, cocinar, limpiar, curar, acompañar a enfermos y ancianos, educar, consolar, recomponer una casa y alimentar a una familia fueron presentados una y otra vez como deberes privados o como expresiones espontáneas de amor.
Sin ese trabajo no existe economía. Sin embargo, cuanto más indispensable resulta, más fácil es esconderlo.
En 2023, un estudio en España, elaborado por la Comisión Mujer y Empresa de PIMEC en colaboración con la Universidad de Santiago de Compostela, estimó que el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado realizado por las mujeres equivalía a unos 26 puntos del PIB. Al incorporar ese trabajo a un PIB ampliado, calculado también con variables no monetarias del hogar, el informe estimó que las mujeres aportaban el 51,88% de la riqueza nacional.
El caso argentino muestra con crudeza cómo la desprotección estatal erosiona la autonomía de las mujeres. Durante años, las moratorias previsionales permitieron que muchas amas de casa y trabajadoras de casas particulares que no habían logrado reunir los treinta años de aportes requeridos pudieran regularizar los períodos faltantes y acceder a una jubilación propia. Para muchas de ellas, no era un privilegio: era la única forma de que décadas de trabajo doméstico, cuidados y empleo precario no terminaran en la indigencia o la dependencia familiar.
Pero el vencimiento del Plan de Pago de Deuda Previsional, el 23 de marzo de 2025, cerró esa posibilidad para nuevas solicitantes. Una mujer que cumple 60 años y no reúne los aportes suficientes ya no puede recurrir a ese mismo mecanismo para obtener una jubilación contributiva.
El árbol y el cuerpo
La vida humana no empieza solo con una semilla. Requiere dos gametos, pero se desarrolla en un cuerpo capaz de gestar.
El óvulo aporta la mayor parte del contenido celular inicial; las mitocondrias, fundamentales para la producción de energía celular, se heredan normalmente por vía materna. Ese dato no demuestra que haya existido un pasado matriarcal ni establece quién debe gobernar. Una línea genética no es un programa político. Pero sí incomodan los relatos que imaginan la creación como una hazaña exclusivamente masculina, cuando una parte esencial de la herencia celular se transmite por vía materna.
No se trata de sustituir un mito por otro. Se trata de reconocer que el cuerpo y la vida son más complejos que los papeles que la cultura les asigna. Una persona puede gestar; otra puede dar leche; otra puede alimentar con leche extraída o con fórmula; muchas pueden criar, consolar, educar y proteger. El apego no pertenece a una anatomía única. El cuidado tampoco.
Sin embargo, de una capacidad corporal concreta se ha derivado, durante siglos, un mandato social gigantesco. Si una mujer puede gestar, entonces debe criar. Si puede amamantar, entonces debe estar disponible. Si es madre, debe prever cada necesidad, reparar cada herida, resolver cada dificultad y, aun muchos años después, cargar con la explicación del éxito o el fracaso de sus hijos.
Un amigo contaba que, el primer día de su terapia psicoanalítica, cuando todavía era adolescente, la primera pregunta que le hizo el terapeuta fue: “¿Cuál es el problema que tiene con su madre?
Desde todos los ámbitos, la madre es elevada al pedestal de la entrega incondicional. En los medios y en el comercio, el Día de la Madre ocupa un lugar central entre las fechas de mayor explotación publicitaria, sólo comparable con las campañas navideñas.
Pero desde ese pedestal inmaculado en el que se la entroniza, se le impide descansar, se cancela su propio deseo.
Ley, pertenencia y obediencia
Las sociedades antiguas no fueron todas iguales, y ninguna historia puede reducirse a una fecha inaugural. No hay un instante único en el que haya surgido el patriarcado ni un mecanismo idéntico que explique todas sus formas. Agricultura, acumulación de bienes, guerras, urbanización, herencia y formación de Estados siguieron ritmos distintos según el lugar y el tiempo.
Pero las leyes permiten ver algo concreto. El Código de Hammurabi y las leyes mesopotámicas regulaban el matrimonio, el adulterio, el velo, la violación, la filiación y los bienes mediante categorías que organizaban de manera desigual la vida de varones y mujeres. Algunas mujeres tenían derechos patrimoniales acotados; otras quedaban sometidas a jerarquías familiares y sociales severas. La dominación no fue una ausencia total de derechos, sino una trama de derechos desiguales, dependencias y controles.
Detrás de esas normas aparece una preocupación persistente: saber de quién son los hijos, quién hereda, qué mujer pertenece a qué familia, qué conducta merece castigo y cuál debe ser tolerada. El cuerpo femenino se vuelve entonces asunto público, familiar, religioso y económico.
Pero ninguna jerarquía se sostiene sólo mediante castigos. También necesita pertenencia. Quien abandona la creencia aceptada puede perder más que una discusión: puede perder reconocimiento, amistades, protección, posibilidades de matrimonio o un lugar en la comunidad. En ese punto, creer no es únicamente razonar. Es permanecer dentro.
Esa experiencia no pertenece sólo al mundo antiguo. Todavía conocemos la presión de una familia, de un grupo político, de una iglesia, de una red social o de una comunidad que exige adhesión.
Hay imágenes que parecen estar allí desde siempre. Las vemos tantas veces que dejan de parecernos imágenes: se vuelven naturaleza, sentido común, verdad revelada. Esto lo da a entender la imagen del Árbol de la Vida de la Cábala. Vertical, ordenado, atravesado por flujos que descienden desde lo alto, propone una arquitectura del universo: lo que emana, lo que funda, lo que recibe.
La Cábala es una tradición compleja: no cabe en un dibujo ni explica, por sí sola, el patriarcado desde la Antigüedad hasta nuestros días. En ciertas formulaciones cabalísticas, algunos elementos se asocian con la relación de Dios con los seres humanos y con imágenes masculinas de transmisión; otros se vinculan con lo receptivo, lo terrestre y la manifestación.
Quizás allí no hubiera sólo una imagen religiosa, sino también un modo de organizar lo que la imaginación de los místicos de ese momento pudo concebir. Cabría preguntar por lo que sucede cuando el principio activo, creador y ordenador se figura como masculino, mientras lo femenino queda del lado de lo que recibe, contiene, encarna o espera.
El patriarcado no siempre rebaja a las mujeres mediante el desprecio. A veces las exalta hasta volverlas cautivas de un ideal. Podemos llamar a esta tensión una inversión cósmica.
No a una conspiración que hubiera atravesado los milenios con un libreto único, sino a una operación simbólica repetida: la autoridad, la creación y el orden se representan con rasgos masculinos; el trabajo de gestar, alimentar, cuidar y sostener la vida se vuelve invisible, secundario o natural.
Diosas, brujas y trabajo
La historia de las diosas no es la de una desaparición limpia y total. Las culturas antiguas mantuvieron, transformaron y disputaron figuras femeninas divinas durante largos períodos.
Tampoco el monoteísmo israelita puede confundirse con las religiones mesopotámicas, ni la mística judía medieval con la formación de los primeros Estados.
Sin embargo, la pregunta sigue siendo válida: ¿qué efectos puede tener en la imaginación social que la figura máxima de autoridad sea nombrada Padre, Rey, Señor y Juez?
¿Qué ocurre cuando el poder se asocia con lo alto, lo activo, lo penetrante, la palabra que ordena, y la materia, la tierra, el cuerpo y el cuidado quedan del lado de lo que recibe, sirve o aguarda?
Siglos más tarde, la caza de brujas europea abrió otra escena de esa misma pregunta. No fue idéntica en todos los territorios, pero miles de víctimas fueron parteras, mujeres líderes murieron en la hoguera por el solo hecho de ejercer sus conocimientos y sabiduría.
El sentido común bajo examen
Durante las últimas décadas del siglo pasado, se invocaba el sentido común como si fuera una autoridad serena y transparente. Después aprendimos que también se fabrica: en las familias, en las escuelas, en las religiones, en los medios, en los mercados, en las leyes y en las conversaciones cotidianas.
Luego llegó el “yo tengo otra versión”. Era una frase que podía abrir una discusión legítima, pero también servía para borrar la diferencia entre una investigación, una opinión, un rumor y una mentira. Si toda versión vale lo mismo, la verdad deja de ser una búsqueda compartida y pasa a ser propiedad privada.
Una acotación necesaria: si bien esta no es una línea histórica, en la velocidad contemporánea es imposible dejar de lado el movimiento “Me too” y la campaña que comenzó otra mujer: Greta Thunberg, aunque toda esa energía fuera sepultada por la pandemia. Tenemos ahí otro punto para repensar el presente.
Ahora vivimos en sistemas de comunicación cerrados que seleccionan la información que recibimos. Los algoritmos no sólo ordenan noticias: premian las reacciones, consolidan las preferencias y nos devuelven una imagen repetida de lo que ya elegimos creer. Por eso el problema no es únicamente qué pensamos, sino quién organiza el paisaje de cosas que llegamos a ver.
Frente a ese desorden, el espíritu crítico no consiste en desconfiar de todo. Tampoco en aceptar como certeza aquello que confirma nuestra identidad. Consiste en preguntar: ¿quién lo dice?, ¿qué pruebas presenta?, ¿qué deja fuera?, ¿qué interés puede sostenerlo?, ¿qué otras fuentes lo confirman o lo contradicen?
Muchas veces no se nos pide que pensemos; se nos pide que no incomodemos.
Estamos obligados a mirar aquello que otros relatos dejan en penumbra: la relación entre la persecución, el control de la reproducción, la expropiación de los bienes comunes y la subordinación del trabajo que hace posible la vida.
Una pregunta incómoda
No se busca reemplazar una fe por otra ni sostener que todos los varones son iguales o que toda mujer encarna una esencia superior. Hablamos, más sencillamente, de la mitad de la humanidad, tantas veces situada en un lugar menor y, al mismo tiempo, cargada con la tarea de sostener el mundo.
Esta inversión cósmica no es una mirada definitiva.
La inversión cósmica es un concepto filosófico, literario y mitológico que consiste en trastocar por completo el orden establecido, reemplazando un sentido, una jerarquía o un valor por su opuesto absoluto que surge de la necesidad humana de romper con la rigidez de las normas, al entender que la luz y la oscuridad, el orden y el caos, o lo sagrado y lo profano, son dos caras de la misma moneda cósmica.

No se trata de un simple cambio superficial, sino de una alteración radical de las leyes que rigen un universo o una narrativa: lo de arriba cae, lo de abajo sube, lo sagrado se vuelve profano o el caos reemplaza al orden. Es una invitación a seguir discutiendo. A desconfiar cuando una diferencia corporal se convierte en un deber social. A preguntar por qué el poder suele imaginarse como vertical y masculino, mientras el cuidado queda abajo, dentro de la casa, sin salario, sin prestigio ni nombre.
Quizá no hallemos una explicación única. Quizá no podamos unir todos los indicios en una cadena perfecta. Pero tal vez alcance con reconocer la pregunta: ¿cuántas de las cosas que llamamos naturales son, en realidad, historias de poder que aprendimos a no mirar?
Las instituciones que supimos construir —la educación, el periodismo, la investigación, la justicia, los organismos de derechos humanos— son imperfectas, incompletas y, muchas veces, decepcionantes. Pero son faros. No garantizan la verdad definitiva; permiten que las afirmaciones sean discutidas, contrastadas y corregidas. Cuando esos faros se apagan, se favorece a quienes ya poseen más dinero, más poder, más tecnología o mayor capacidad para imponer su relato.
Toronto, 7 de octubre de 2026

Columnista invitado
Rodrigo Briones
Nació en Córdoba, Argentina en 1955 y empezó a rondar el periodismo a los quince años. Estudió Psicopedagogía y Psicología Social en los ’80. Hace 35 años dejó esa carrera para dedicarse de lleno a la producción de radio. Como locutor, productor y guionista recorrió diversas radios de la Argentina y Canadá. Sus producciones ganaron docenas de premios nacionales. Fue panelista en congresos y simposios de radio. A mediados de los ’90 realizó un postgrado de la Radio y Televisión de España. Ya en el 2000 enseñó radio y producción en escuelas de periodismo de América Central. Se radicó en Canadá hace veinte años. Allí fue uno de los fundadores de CHHA 1610 AM Radio Voces Latinas en el 2003, siendo su director por más de seis años. Desde hace diez años trabaja acompañando a las personas mayores a mejorar su calidad de vida. Como facilitador de talleres, locutor y animador sociocultural desarrolló un programa comunitario junto a Family Service de Toronto, para proteger del abuso y el aislamiento a personas mayores de diferentes comunidades culturales y lingüísticas. En la actualidad y en su escaso tiempo libre se dedica a escribir, oficio por el cual ha sido reconocido con la publicación de varios cuentos y decenas de columnas. Es padre de dos hijos, tiene ya varios nietos y vive con su pareja por los últimos 28 años, en compañía de tres gatos hermanos.

Columnista invitada
Sandra Farias
Es Licenciada en Comunicación Social, egresada de la Universidad Nacional de Cuyo. Ejerció el periodismo en Radio Nihuil de Mendoza y en Radio Cooperativa de Chile en la década del ’90. Vive en Canadá desde 2001, donde en 2004 inició la primera radio comunitaria hispanoparlante y fue corresponsal de Radio Canadá Internacional. Hace una década se dedica a la maternidad como educadora prenatal, trabaja en una clínica de parteras en Toronto y ya es abuela.
Nota: Grupo de comunicación fundado por Rodrigo Briones y Sandra Farias en 1995













