El teléfono puede iluminar una habitación entera y, aun así, no alcanzar para alumbrar una sola soledad.
A veces lo miro sobre la mesa, encendido de noticias, fotografías, saludos, cumpleaños, recuerdos que aparecen sin que nadie los haya llamado.
Hay nombres queridos. Hay rostros que me acompañan desde hace media vida. Hay amigos con quienes compartí días difíciles, risas que todavía vuelven solas, caminos que en aquel tiempo parecían imposibles de atravesar.

Y, sin embargo, de pronto me pregunto: ¿Hace cuánto que no nos sentamos frente a frente? ¿Hace cuánto que no nos miramos sin una pantalla en el medio? ¿Hace cuánto que no nos damos un abrazo de esos que no tienen apuro?
No lo digo como reproche. Lo digo porque también yo he aprendido, como tantos, a dejar para mañana una llamada que el corazón me estaba pidiendo hacer hoy.
Y el mañana, para los afectos, puede ser un lugar peligroso.
Siempre parece que habrá tiempo. Tiempo para visitar, para volver a preguntar, para decir “pensé en vos”, para sentarse a tomar un café y dejar que la conversación encuentre su propio rumbo.
Pero el tiempo no firma contratos con nadie.
Y hay abrazos que no se pierden por falta de cariño. Se pierden por exceso de mañana.
Hemos aprendido a estar comunicados de mil maneras. Sabemos dónde viajan los nuestros, qué música escuchan, qué frase eligieron para decir que están felices. Pero a veces no sabemos si cenaron solos. No sabemos si detrás de un “todo bien” hay una tormenta que alguien viene sosteniendo en silencio.
Hay personas al otro lado del mundo que llegan a tiempo con una pregunta sencilla: “¿Cómo estás, de verdad?” Y hay vecinos a pocos metros a quienes saludamos todos los días sin enterarnos de que hace tiempo están peleando a solas con una tristeza.
La cercanía no se mide en kilómetros. Se mide en presencia. En la palabra que llega cuando todavía sirve. En una voz que no llama para pedir información, sino para ofrecer compañía. En esa forma humilde y profunda de decir: “No vine a arreglarte la vida. Vine a estar.”
Porque hay penas que nadie puede quitarnos. Pero alguien puede sentarse al lado. Y eso cambia la temperatura de todo.
A mí me han sostenido palabras que llegaron a tiempo. No frases bonitas para salir del paso. Palabras verdaderas, de esas que ponen una escalera contra la pared de la tristeza y dicen: “Subí. Todavía hay luz arriba.”
Por eso creo en las palabras. Pero también sé que no bastan solas. Un mensaje puede ser el primer peldaño, no toda la escalera. Hace falta volver a llamar. Hace falta tocar una puerta sin llevar una excusa en el bolsillo. Hace falta recuperar ese gesto que parecía tan natural: ir a ver a alguien porque sí. Porque lo queremos. Porque existe.
¿De qué sirve llegar lejos si no hay nadie con quien celebrar el camino? ¿De qué sirve conservar la salud si nadie conoce el idioma de nuestros latidos?
El cuerpo necesita cuidado. Pero el alma necesita pertenecer. Necesita saber que hay una silla que se corre para hacerle lugar, que su nombre no sobra en ninguna mesa, que si un día cae, alguien escuchará el golpe.
No creo que la amistad sea un adorno de la vida. Es una forma de respirar. Es pan compartido cuando no hay hambre de pan. Es aparecer cuando el otro no se atreve a llamar. Es recordar que nadie debería envejecer a solas.
Y la fe, cuando es verdadera, tiene manos. No vive solamente en las iglesias ni en las palabras grandes. Se sienta a tomar un café, escucha sin mirar el reloj, se queda.
Tal vez amar sea eso: no dejar que el otro tenga que atravesar solo la parte más oscura de su noche.
Todavía estamos a tiempo. Todavía podemos volver a la mesa, recuperar el nombre de ese amigo que aparece cada tanto en la memoria y al que siempre pensamos llamar mañana. Todavía podemos decir “pasé a verte” y quedarnos de verdad.
Porque quizá una de las frases más hermosas que puede escuchar una persona no sea una declaración extraordinaria.
Quizá sea apenas esta:
“Qué bueno que viniste.”
Dicha sin ceremonia. Dicha con alegría. Dicha como quien abre no solo una puerta, sino un lugar en el corazón.
Puede parecer poco. Pero a veces esa frase le devuelve a alguien la certeza de que todavía tiene casa en este mundo.

Columnista invitado
Mario Santos Amézqueta
Nació en Mendoza en 1946. Próximo a cumplir ochenta años, su voz sigue sembrando versos como quien riega una viña antigua. Su vida estuvo marcada por giros intensos: ingresó joven al seminario, donde la fe y las humanidades templaron su vocación de servicio. La guitarra y la palabra lo llevaron a villas de emergencia y patronatos de menores, siempre al lado de los más olvidados. Estudió periodismo, ciencias políticas y sociales y psicología, y fue docente universitario hasta que el golpe militar de 1976 lo convirtió en preso político y luego en exiliado. En Ecuador fundó agencias, publicaciones infantiles de pedagogía escolar, productoras audiovisuales y una organización de los niños por la paz. En España reinventó sus manos como artesano, mientras su pluma se abría en diarios y poemas. Hoy, después de haber vivido en tres países y atravesado tantas estaciones, continúa escribiendo con la misma vocación que lo sostuvo siempre: servir, compartir y dejar testimonio. Su obra literaria -intensa, cercana, marcada por la esperanza- es el fruto maduro de una vida que nunca se rindió.













