En el barrio solemos criticar a quienes, luego de tumbar al piso al violentado, encima descargan sobre el patadas de diverso calibre. La única persona viva que movió la aguja a favor de la amplia mayoría del pueblo argentino, fue tumbada una vez más por el Poder real. Padece encarcelamiento y ha sido proscripta in aeternum. Le cuesta caro seguir adelante por haberse atrevido a gobernar a favor de los más humildes. En estas condiciones, una minoría intensa -al modo corifeos- la ataca, hostiga y patea, cuando se halla en el piso. Para pensarlo.
Es increíble lo que puede lograr un cargo en algunos, como mal ejemplo, que de la noche a la mañana descubren que la querida compañera sería la causante de casi todos los problemas que nos toca enfrentar. El libreto es antiguo y volvió a ponerlo de moda ese grupúsculo que encarnó el engendro que se permitían denominar como “el albertismo”. Tal cosa no era otra que unos 100.000 rentados por el ex Presidente Alberto Fernández, quienes antes de recibirse de funcionarios tenían que jurar que comenzarían a despotricar contra la lideresa, atacándola de mil formas.
Ese traidor al pueblo argentino, que incumpliera sus promesas de campaña y hoy hocica a las puertas de un juicio por violencia de género, llevaba adelante la encomienda que se dejó imponer por una parte de la embajada yanqui, los principales poderosos con asiento en nuestro país, las trasnacionales del capitalismo concentrado y la hegemonía mediática, que hace las veces de unificadora -a la vez que garante- de la repitencia del discurso único, sonsonete que la oligarquía dispone para sus fines de expoliación de las masas populares desde mucho antes de 1880.

Las abultadas chequeras de algunas administraciones provinciales sostienen a buena parte de ese ejército de cargos, verbigracia, desde la bonaerense hasta la riojana, pasando por la de eso que denominan “cordobesismo” -conservadurismo con una deslucida páatina de algo que alguna vez presumió peronismo-, y de otros distritos de distintos rincones de la Patria. Demás está decir que los fondos frescos de que dispone el país del norte a través de la CIA para trabajar en contra de los líderes populares de la región, siempre están a pedir de boca de operadores de toda laya.
Este es el contexto en el que vemos, no sin asombro, que aquello que servía a la peor derecha -que es la ultraderecha- para estigmatizar a la principal referente política argentina, tratando que la odiaran personas que quizás no pertenecían a ninguno de los sectores de lo que conocemos como pan peronismo, hoy desarrolla con esmero el fino trabajo de esmerilarla para desagregarle simpatías y juramentados que otrora bebieran de su mano. Algunos de esos personajes son conspicuos dirigentes a cargo de altas responsabilidades en administraciones provinciales.
Mientras hacen ese trabajo sucio se sirven de frases de diverso grado de cinismo, una de las cuales oficia de rectora de las descalificaciones. Antes de atacar a quien logró la mayor redistribución de la riqueza de que tenga memoria nuestra nación, pronuncian “nadie duda del liderazgo de Cristina, pero…”. Lo que sigue es una catarata en la que, previo afirmar una cosa, se pasa automáticamente a sostener lo contrario. La oración obra de conformador, para que uno crea que habla con quienes comprenden el sentido profundo de los 12 años y medio de sus gobiernos.
En el nomenclador asoma, con el mismo desparpajo que le da contexto a toda esta operación, que buena parte de los traidores deciden jugar el papel de víctimas, cuando en realidad no son más que los victimizadores. Dicen todo tipo de barbaridades de quien gestionara sin endeudamiento externo alguno, y cuando emite un documento en el que recuerda y subraya que su propuesta de siempre fue que no de desdoblaran las elecciones, tanto los medios que trabajan al ritmo nado sincronizado como esa manga de caraduras, señalan que “atacó salvajemente a Kicillof”.
(continuará)
Marcelo Sapunar













